Gas por mar y mar por gas     

 

Noviembre de 2005     

 

Ing. Carlos Miranda

Por: Ing. Carlos Miranda Pacheco

 

Las huellas y heridas de la Guerra del Pacífico, todavía no se borran o cicatrizan totalmente. En las relaciones entre Bolivia, Chile y Perú, continúan existiendo sospechas, recelos y temores.

 

El gas natural no podía estar ausente de ese clima de suspicacia y desconfianza, y en efecto está presente desde hace 10 años. El 1995, Bolivia intentó concretar la aspiración de convertirse en el centro de distribución de gas del Cono Sur, y trató de construir un gasoducto de Bolivia al norte de Chile.

 

El estudio de factibilidad fue encomendado por los estados a las empresas petroleras estatales de ambos países (YPFB y ENAP). Los resultados no fueron satisfactorios fundamentalmente por plazos perentorios que planteaban los compradores y que el estado boliviano no podía asumirlos responsablemente.

 

Casi al mismo tiempo se realizaron consultas con Perú para abastecer al Brasil conjuntamente con la construcción de un gasoducto de Camisea a Santa Cruz, para conectar con el gasoducto Santa Cruz-Sao Paulo, y así dar uso a las reservas de ese campo que en ese tiempo no tenían ningún destino cierto.

 

No se tuvo respuestas claras y más bien Perú intentó, sin éxito, ingresar al mercado brasileño del gas independientemente con un gasoducto directo de Camisea a San Pablo. La atención boliviana se volcó a la concreción del actual gasoducto Santa Cruz-San Pablo-Porto Alegre.

 

Paralelamente, Argentina construyó cuatro gasoductos, de su territorio hacia el área central y norte de Chile, con los correspondientes contratos de suministro. Con esa configuración de ductos y compromisos de abastecimiento de gas, la situación se estabilizó por unos años. Bolivia abastecía al Brasil y Argentina a Chile y el destino del gas de Camisea continuaba en discusión en el Perú.

 

Los cambios de política económica iniciados el 2002 en Argentina, “pesificando” precios del gas, que es totalmente producido por las empresas petroleras en ese país, provocó un enfrentamiento estado-empresas, que aducen que sus ingresos habían sido reducidos a una tercera parte de los que percibían antes de la “pesificación”.

 

Ese enfrentamiento ha ocasionado que las inversiones en búsqueda y producción de gas prácticamente se paralicen. El resultado neto es que la producción argentina no abastece su demanda interna y esa escasez ocasiona serios cortes a las exportaciones de gas de ese país a Chile.

 

Por esos motivos, Argentina solicitó provisión boliviana que fue aceptada y está en ejecución con la condicionalidad de “ni una molécula para Chile”.

 

El estado argentino y las empresas petroleras todavía no han llegado a un arreglo satisfactorio para ambas partes, por tanto, el cumplimiento de los contratos de abastecimiento a Chile, todavía está bajo un signo de interrogación. Pero Chile difícilmente puede prescindir del gas natural.

 

A la posición boliviana de “gas por mar”, Chile optó, desde el año pasado, por tratar de lograr un arreglo para provisión peruana de Camisea para el norte de su territorio. Mientras ese proceso se desenvolvía, desde hace un par de años, el desarrollo de la industria petrolera nacional ingresó a un período de incertidumbre, en el cual continúa.

 

La crisis argentina de producción de gas, la incertidumbre boliviana y el inicio de tratativas Chile-Perú, fueron elementos fundamentales que gestaron el proyecto del Anillo Energético para movilizar las reservas de Camisea hacia Chile, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.

 

Ese proyecto tiene que estar sustentado por un gran convenio internacional de integración energética entre los países firmantes. Ese convenio y otros aspectos relevantes, están siendo acordados con una premura y diligencia inusitada. Desde el pasado Junio hasta la fecha, se han realizado cinco reuniones ministeriales y se anticipaba que sería concluido y firmado el mes de Diciembre en Santiago. Bolivia ha estado participando en calidad de observador.

 

Estando en puertas el gran acuerdo, con inusitada contundencia, se hace público el planteamiento peruano de la extensión de su mar territorial que, como es de conocimiento público, afectaría directamente la zona fronteriza entre Chile y Perú, y por donde se menciona, se podría dar un corredor de salida al Pacífico a Bolivia. Si bien aguas del mar y gas son cosas diferentes, uno no deja de sentir un tufillo a gas, sobre todo cuando se está por concluir el tratado del Anillo Energético.

 

Casi suena como mar por gas. ¿Compleja la situación, verdad? Tratando de lograr luces sobre el tema, he consultado con gente joven nuestra, que está desprovista de criterios preconcebidos. Con esa visión tan clara que tiene la juventud a la explicación del problema, ellos lo han resumido como sigue: “Chile tiene mucho mar, no tiene gas y lo necesita”. “Bolivia tiene mucho gas, no tiene mar y lo necesita”.

 

Perú tiene algo de gas, harto mar y quiere más mar”. La solución ha sido cristalinamente sencilla: “Que Bolivia le de gas a Chile, que Chile le de mar a Bolivia y que el Perú, como buen vecino y amigo de los dos, bendiga la solución”.
 

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