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Ing. Carlos Miranda |
Estimado lector, con su perdón, va a leer verdades que
son casi de Perogrullo: Primero, que el gas natural es
el combustible fósil del Siglo XXI, que a mediados de
este siglo será más importante que el petróleo, que
servirá de combustible de transición al hidrógeno y que
el mundo tiene al presente reservas de gas probadas para
el consumo de los próximos 60 años, tiempo suficiente
para que se transite con confianza el camino antes
delineado. Segundo, que el potencial de producción de
gas en Bolivia recién estaba siendo desarrollado (uso el
verbo estar en tiempo pasado porque desde hace 3 años la
exploración en el país se ha detenido). El área donde se
tiene producción, a duras penas alcanza a un 20% del
área potencialmente productora y en ella se han
descubierto grandes reservas de gas, que no obstante el
inexplicable silencio de YPFB sobre la cantidad exacta,
deben seguir siendo de tal magnitud que sin titubear
estamos dispuestos prácticamente a duplicar los
volúmenes que van al Brasil, esta vez a la Argentina.
Por consiguiente, es razonable esperar que en el
subsuelo tengamos muchísimo más gas. Si mal no me
equivoco, amigos colegas tarijeños ya han formado el
Club de los 100 TCF's, al cual me adhiero. Tercero y
último: Todo lo que sigue se aplica al norte de Chile.
Ese país ha resuelto su problema de abastecimiento de
gas en el resto de su territorio con la importación de
LNG de ultramar.
Las informaciones de La
Tercera de Santiago, atribuidas a declaraciones del
Presidente Morales y las del Canciller Choquehuanca,
indicando que la política de Gas por Mar está siendo
dejada de lado, más las declaraciones de satisfacción de
la Presidente Bachelet por este giro, son de fundamental
importancia para el futuro de la industria petrolera
nacional.
Como soy un eterno
optimista sobre el futuro de la industria petrolera
nacional, abrigo la esperanza que el giro de nuestro
relacionamiento energético con Chile, antes mencionado,
sea el inicio de una gran política petrolera acorde con
nuestros recursos actuales y futuros, y nuestra posición
geográfica.
Gas por Mar,
estridentemente enunciada como “ni una molécula de gas
boliviano a Chile”, ha sido un garrafal error de
cálculo. Hemos tenido tan mal gusto que inclusive
comisiones bolivianas han viajado a la Argentina para
cerciorarse que ninguna “molécula” se equivoque de
camino. Que dicho sea de paso era una exigencia sin
sentido y en el mejor de los casos el gas boliviano
reemplazaba a gas argentino que era exportado a Chile.
Evidentemente, Chile
está desesperado por gas, pero no solo por gas
boliviano, por cualquier gas y hay muchos otros
proveedores en el mundo.
Chile, con las fallas
argentinas de abastecimiento y el condicionamiento
boliviano, discretamente empezó a buscar un arreglo de
importación de gas de Camisea, para el norte de su
territorio. Al tomar conocimiento de esas tratativas,
Argentina impulsó un proyecto mayor, llamado Anillo
Energético, que bajo el manto de la integración está
diseñado para que la producción de Camisea, en el Perú,
sirva a los mercados del Cono Sur. Hasta ahí, todo
parece inocente. Lo grave, y razón para las discretas
tratativas chileno-peruanas iniciales, es que el primer
paso sería la construcción de un gasoducto de Pisco a
Tocopilla. Es decir, ligando la producción peruana con
el mercado del norte chileno, justamente atravesando de
norte a sur el área por la cual (“Las Cautivas”) Bolivia
podía obtener un corredor de oeste a este. En palabras
más sencillas, ese proyectado gasoducto peruano-chileno,
añadiría una complejidad enorme a cualquier negociación
para un corredor de salida al mar, al norte de Arica, y
prácticamente eliminaría la posibilidad de presencia
boliviana de gas en el Pacífico. Más sencillo aún, un
acuerdo para poner gas peruano al norte chileno, en
nuestro imaginario popular sería asimilado como: “el que
nos puso el candado al Pacífico y el dueño de la llave
hubieran decidido echarla al mar”.
Los cambios de gobierno
en Bolivia, Chile y Perú han dejado el Anillo en
suspenso, pero no lo han descartado. Más aún, el
gasoducto Pisco-Tocopilla podría tranquilamente ser
resultado de un acuerdo bilateral previo o paralelo al
Anillo.
Por lo anterior, si el
propuesto viraje a la política de gas por mar es una
medida para evitar el posible naufragio de los
hidrocarburos bolivianos en el Pacífico, santo y bueno.
Pero no lo suficiente. Debería ser parte de una política
para lograr nuevos mercados de gas en ultramar y así no
resignarse a ser cautivos de los mercados de Argentina y
Brasil. No olvidemos que nuestras reservas de gas pueden
ser muchísimo mayores que las actuales y más aún, los
hidrocarburos bolivianos pueden servir para montar una
gran zona industrial para beneficio de Bolivia, Chile y
Perú. Cambiar la política de gas por mar no es fácil,
pero si se intenta hacerlo, los actuales gobernantes
serían los más indicados. Al fin y al cabo, han llegado
al poder con el 54% del voto ciudadano y ese porcentaje
incluía la mayor parte del 55% que votó en el Referéndum
condicionando gas por mar. Finalmente, como diría un
escéptico amigo, si el cambio de política con Chile no
es tal, sino meras declaraciones circunstanciales, el
efecto será peor porque nuevamente se pone en el tapete
“Gas por Mar”, tema que las cancillerías han estado
tratando de dejar a un lado, como quien barre el polvo
bajo la alfombra.
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