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Ing. Carlos Miranda |
En estas últimas semanas se han puesto en marcha tres
procesos importantes que están siendo objeto de dos
noticias nacionales y una extranjera.
Por un lado, se cumplió
el plazo que ha otorgado YPFB a las compañías petroleras
privadas que trabajan en el país para que manifiesten en
qué proporción están dispuestas a participar en la
provisión de gas a la Argentina. El contrato que en
forma escalonada requiere volúmenes hasta llegar el 2026
a 27.7 MMm3/d se ha iniciado el 1° de Enero pasado. A su
vez nos llegan noticias de la Argentina que en unos días
más el gobierno de ese país pondrá en efecto un aumento
espectacular de tarifas de transporte por gasoducto (se
menciona de 200 a 500%) para crear un fondo destinado a
la expansión de sus sistemas de transporte. Se nota que
de ambos lados, vendedor y comprador están tomando los
pasos para la ejecución del contrato de compra venta.
La otra noticia
nacional es el anuncio de YPFB, que frente a la escasez
de jet fuel en el país, ha decidido importar a razón de
2.000 metros cúbicos mensuales de este producto, dando
así una solución coyuntural al problema, en vez de la
peregrina idea de limitar los vuelos de las aeronaves en
territorio nacional, para evitar el consumo de este
combustible.
Estas novedades,
parecerían ser hechos aislados, pero analizándolas
dentro del contexto actual de la industria petrolera
nacional, están totalmente ligadas y relacionadas entre
sí.
Desde hacen tres años,
estamos incesantemente abrumados por el discurso de la
conveniencia del control “absoluto y total de la
industria por el Estado, a través de YPFB”. A esa
situación parecería que hemos llegado con la Ley 3058 de
Hidrocarburos y el D.S. 28701, Decreto Nacionalizador.
Pero ese control “total y absoluto” implica dos grandes
responsabilidades para la empresa estatal con el país:
cumplir con los compromisos de exportación y mantener el
suministro interno de carburantes en condiciones
aceptables para nuestra economía interna.
Con los contratos
firmados con las compañías petroleras, el cumplir con
los compromisos de exportación de gas no debería ser un
tema que nos quite el sueño. Al fin y al cabo, las
compañías se quedaron para vender gas a la Argentina,
además del Brasil, y así monetizar las reservas ya
descubiertas. La fórmula de precios para las entregas
de gas, más la coyuntura internacional, permiten señalar
que no obstante la carga tributaria nacional, el negocio
todavía es atractivamente rentable. En palabras algo
crudas pero verdaderas, los que necesitan vender harán
todo el trabajo requerido para tener la producción lista
para ser vendida.
El problema está en el
abastecimiento interno de carburantes. Como las
refinerías están operando al máximo de su capacidad, la
importación de jet fuel es la admisión oficial que hemos
llegado al final del camino, y que de aquí en adelante,
tendremos que continuar importando cantidades crecientes
como sucede con el diesel. Naturalmente que el mantener
precios por debajo de los internacionales de esos
productos importados implica cada día subvenciones
mayores.
El problema se torna
serio y complejo, porque la exportación adicional de gas
a Argentina se entrelaza con la provisión interna de
carburantes. Las exportaciones a nuestro vecino del sur
representarán mayores producciones de condensado
(petróleo liviano), que acompañan la producción de gas.
Cuando lleguemos el 2010 a los 27.7 MMm3/d
comprometidos, tendremos una producción paralela de
aproximadamente 50.000 bpd de condensado. Estos
volúmenes, sumados a los que se producen para la
exportación a Brasil, significan que en 3 a 4 años
podríamos estar produciendo el doble de petróleo que
ahora. Sería impensable que también estemos importando
carburantes.
El cansador discurso
que YPFB “puede ahora participar en toda la cadena
productiva”, tiene que ser más específico y una de las
prioridades debería ser que YPFB tome el camino de
lograr el autoabastecimiento de carburantes. Las
declaraciones oficiales para lograr el control de las
refinerías en ningún momento menciona este tema.
Sin entrar en los
detalles técnicos de la naturaleza de nuestro condensado
y que el diseño de las refinerías actuales no es el
apropiado para el tipo de líquidos que produciremos por
los próximos 20 años, un aspecto está claro, hemos
llegado al límite de las refinerías instaladas. Qué se
debe hacer presenta variadas alternativas: modificar y
amplias las existentes, construir una nueva refinería de
unos 100 a 150.000 bpd, ingresar a procesos de convertir
gas a líquidos, etc.
El adoptar cualquiera
de esas medidas u otras que pueden sugerirse, deben ser
cuidadosamente estudiadas para no repetir la
equivocación de los años 70, cuando duplicamos las
refinerías y las diseñamos para un petróleo crudo que no
tenemos. Esos estudios toman su tiempo, a eso debemos
añadir la construcción de las instalaciones necesarias,
que tomarán unos 3 a 4 años más. En lenguaje simple, si
no nos apuramos, de acá al 2010 puede que nos
encontremos exportando más de 2.000 millones de pies
cúbicos de gas por día, produciendo alrededor de 100.000
bpd de condensado (petróleo liviano) e importando
diesel, jet fuel e inclusive gasolinas si demoramos
mucho! El tiempo nos está quedando corto.
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