Nuestro gas, el G-8 Y The Economist     

 

Febrero de 2006     

 

Ing. Carlos Miranda

Por: Ing. Carlos Miranda Pacheco

 

El fin de semana, en Moscú, se inició una serie de reuniones de los ministros de economía y finanzas del grupo G-8, compuesto por los países más industrializados del mundo (EE.UU. de N.A., Canadá, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia y Rusia).  El tema central de la reunión es la consideración de los problemas energéticos mundiales, sus ramificaciones geopolíticas y macro económicas. Este encuentro se realiza por las incertidumbres en el abastecimiento de energía, ocasionadas por la insistencia iraní de continuar su programa de desarrollo nuclear y sus posibles efectos en el suministro de petróleo de ese país, el enfrentamiento entre Washington y Venezuela y el conflicto entre Rusia y Ucrania.

Los políticos y economistas que asisten a la reunión manifiestan que los precios altos del petróleo, y en consecuencia del gas natural, no son temas centrales por el comportamiento mundial de la economía, que ha resistido en forma sorprendente esos precios por dos años, manteniendo un ritmo ascendente y sostenido  de sus economías, que consideran continuará siendo vigoroso con un estimado del 4% de crecimiento para el 2006.  Parecería que se está gestando un escenario tipo Irak con relación a Irán, bajo una certidumbre de precios altos de petróleo y gas.  Esta especulación se ve reforzada porque en forma desusada, a la reunión de Moscú se ha invitado adicionalmente a una reunión especial, a los ministros de economía de Brasil, China, India y África del Sur.

Esas noticias son duras para algunos países de la región.  En el caso argentino, el enfrentamiento con las empresas petroleras que operan en ese país ha representado una disminución de inversiones en exploración que ha colocado a la Argentina en la necesidad de cortar exportaciones de gas a Chile e importar gas de Bolivia, así como cortar todas sus exportaciones de petróleo.

El fantasma de a corto plazo no ser autosuficientes, con precios internacionales altos de gas y petróleo, es un tema que está creando gran inquietud en ese país.

En el caso de Chile, el panorama es muy serio, porque las reuniones de Moscú coinciden con la adjudicación de la construcción de las facilidades de recepción y abastecimiento de gas natural liquificado (LNG).  Proyecto nacional liderizado por ENAP para la importación de gas de ultramar y así liberarse de la dependencia del suministro argentino.  Todo hace esperar que el precio del LNG importado puesto en Chile estará entre $US 8 a 12 por millón de BTU, con el agravante que las facilidades recién podrían entrar en funcionamiento el 2010.

Por todo lo anterior, no debe sorprendernos el análisis que efectúa The Economist del pasado 11 de Febrero, bajo el título de “La Explosiva naturaleza del gas en Sud América1”   Entre las muchas consideraciones de esa prestigiosa publicación, desecha la posible construcción del gasoducto Venezuela-Argentina y califica a nuestro país como: “la esperanza y el dolor de cabeza de energía para la región”, vaticinando que el presidente Morales podría definir el panorama energético de la región para los próximos años, en los próximos meses, añadiendo que: “el Sr. Morales tiene la oportunidad histórica de utilizar el gas boliviano para superar el atraso del país, dependiendo de dos arreglos ambiciosos.  El primero podría ser un acuerdo para proveer gas a Chile a cambio de un acceso boliviano al mar” y el segundo “que existe campo para llegar a un acuerdo con las empresas transnacionales, a las cuales les ha prometido una nacionalización sin expropiación, invitándolos a convertirse en socios de YPFB”.

Por lo anterior, se puede apreciar que el futuro desarrollo de nuestra industria petrolera está inscrito en un clima muy favorable.  Por un lado, no se vislumbra la posibilidad de precios bajos del petróleo y por tanto del gas natural. Por otro, las necesidades imperiosas de abastecimiento de gas de nuestros países vecinos tienen como mejor alternativa la producción boliviana.  Será cuestión que, como lo señala The Economist, las pasiones políticas no se impongan a los razonamientos económicos.

1 Las citas en comillas son traducción libre del autor de esta nota.
 


 

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