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¿Se ha cerrado el círculo?
Por: Ing. Carlos Miranda Pacheco
La Ley de
Hidrocarburos 3058 estipulaba el retorno de
YPFB en todas las fases de la cadena
productiva de la industria petrolera.
Recogiendo el mandato de la ley, el D. S.
Nacionalizador Nº 28701 parecía haber
adoptado una lógica prudente para el
desarrollo del sector. La actividad más cara
y riesgosa de exploración quedaba
encomendada fundamentalmente al capital
privado por medio de los contratos por los
próximos 30 años. Lo anterior no impedía a
YPFB, que mediante su participación
accionaria en Chaco y Andina, también
incursione en estas actividades. La
comercialización de la producción en el
mercado interno y la exportación está
reservada para YPFB.
La participación de YPFB en la refinación y
transporte asociado debía ser en asociación
con la inversión privada, mostrando
nuevamente una lógica cauta.
Todo lo anterior parecía indicar que el
gobierno estaba consciente que YPFB no
estaba en condiciones de asumir operaciones
de campo. La capitalización dejó la empresa
estatal como una administradora de contratos
de riesgo compartido y de la exportación de
gas al Brasil.
Ese accionar prudente y cuidadoso fue
modificado al recuperar el control de las
refinerías. Las refinerías fueron compradas
en su totalidad. Igualmente, la Compañía
Logística de Hidrocarburos (CLHB).
El haber ido más allá de lo que indicaba el
Decreto Nacionalizador al haber adquirido el
total de las refinerías, fue justificado,
indicando que el negocio generaba suficiente
utilidad para que en un año se compense el
monto pagado. La compra del total de las
acciones de la CLHB fue justificado por su
bajo monto.
En el caso de Transredes, el seguir el D. S.
28701 tenía sus peculiaridades. Los fondos
de pensiones tan solo controlaban el 33% de
las acciones que fueron transferidas sin
costo a YPFB. Accionistas individuales
tenían el 13%, YPFB adquirió de esos
pequeños accionistas el 10% de acciones. El
50% restante era propiedad de Shell y
Ashmore. Esta última sucesora de Prisma, que
a su vez fue sucesora de Enron.
De ese grupo, YPFB debía adquirir el 2% de
acciones para contar con el 50% más uno que
requería. Por los antecedentes de Ashmore,
que no es una empresa petrolera, sino una
inversora en países en desarrollo,
especialista en comprar barato y vender
caro, hacía anticipar que cualquier
negociación sería difícil (Ashmore, La
Razón, 5 de julio 2007).
Así fue efectivamente, llegó el 30 de Mayo
sin que Ashmore acepte la oferta del
gobierno. De ese modo, con el D. S. 29586,
el 2 de Junio se nacionaliza el total de las
acciones del grupo Shell-Ashmore. Este giro
inesperado inclusive va acompañado de
declaraciones que la empresa conspiraba
contra el Gobierno. Sea como fuere, lo
concreto es que YPFB tiene ahora la
responsabilidad del manejo del sistema de
transporte de hidrocarburos por ductos en
todo el país, además de la refinación y la
distribución de productos también en todo el
país.
Por lo anterior, parecería que nos estamos
apartando del curso fijado en el D. S.
28701, en el que además de definir la
exploración a contrato, establecemos la
participación de YPFB en la refinación y
transporte asociado con la inversión
privada.
Lo anterior daría que pensar que se siente
que YPFB ha recuperado su prestancia
técnico-administrativa y financiera, y que
puede acometer esas actividades sin la
intervención del capital privado. Ese
sentimiento de suficiencia probablemente
deviene del manejo de las refinerías y de la
CLHB sin la empresa privada, pero con el
personal de la empresa capitalizadora
desplazada. Ojo, personal heredado puede ser
un personal transciente. Sus salarios están
por encima de las normas estatales y esas
diferencias anticipan serios problemas
laborales.
Lo más peligroso es que ese falso sentido de
suficiencia genere la tentación de continuar
con las “nacionalizaciones”, para que YPFB
intervenga en toda la cadena productiva.
Para cerrar el círculo nacionalizador, solo
faltaría la “nacionalización” de las
estaciones de servicio. Esa tentación puede
ser hábilmente reforzada por las actuales
estaciones que YPFB ha rehabilitado para su
administración.
Si se planea cerrar el círculo con esa
actividad, anticipo serios problemas. Las
casi 400 estaciones de servicio son
propiedad privada de pequeños empresarios
nacionales, con una inversión que supera los
100 millones de dólares. Acá el mal uso del
término nacionalización en vez de
estatización, sería dramáticamente evidente.
Todos los propietarios de las estaciones de
servicio son bolivianos. Al “nacionalizar”
esas instalaciones se estaría
expropiándolas, para recrear la mayor fuente
de corrupción que existió en YPFB, que tomó
la decisión de privatizarlas antes que
entrara en boga el término ”neoliberal”, que
ahora es un estigma.
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