El presidente Evo Morales llevó finalmente el charango boliviano como regalo por parte del pueblo de Bolivia, a la presidente electa de Chile Michelle Bachelet. Con la foto que encabeza las portadas de los diarios de Bolivia y Chile, se selló la falsa controversia sobre el origen del instrumento boliviano.
Recordemos, que el charango se gestó (en base a Vihuelas de España e
Italia) y se uso ampliamente durante el mestizaje de la Villa
Imperial de Potosí, cuna junto a La Plata (hoy Sucre), de la Escuela
de Música Barroca de la Real Audiencia de Charcas, cuyos mayores
exponentes fueron los compositores del barroco de Bolivia, Juan de
Araujo, Antonio Durán de la Motta y Roque Cerruti (finales del XVII
a mediados del siglo XVIII). Instrumento indo-mestizo como Bolivia,
está representado en las sirenas que lo interpretan y que coronan lo
que Carlos Fuentes, llama en su obra “El Espejo Enterrado”, la obra
cumbre del barroco latinoamericano: la portada de la Iglesia de San
Lorenzo en Potosí, edificada por el Maestro potosino Luis Niño en
los años 1723 a 1744. El charango conoció proyección mundial gracias
a las giras del grupo boliviano Los Jairas (Cavour, Jofré, Favre y
luego el tupiceño Domínguez) quienes presentaron el instrumento a
Violeta Parra en los 60, según cuenta el propio Coco Manto, en la
mítica Peña Naira.
Fue de allí que se popularizó con los conjuntos de la “Nueva Canción
Chilena”, en particular con el grupo Inti-Illimani (1967), quien de
la mano de Jorge Coulon y del antofagastino Horacio Durán (amigo de
Cavour) tomó como nombre para el grupo el coloso paceño (hecho por
el que fueron altamente criticados en Chile). Fue Horacio Durán
quien hace unos días, entregó al presidente Lagos el charango para
Bono de U2, reconociendo hidalgamente en una nota del diario Las
Ultimas Noticias de Santiago que el instrumento es boliviano. (Para
mayor referencia leer las obras escritas por el Maestro Ernesto
Cavour disponibles en el museo de la Calle Jaén).
El encuentro de músicos bolivianos
y chilenos, que crearon sobre la base del charango boliviano, un
rico patrimonio musical latinoamericano, puede ser una buena base
para resolver el diferendo entre Bolivia y Chile.
La reintegración marítima boliviana
es la prioridad número uno de la política exterior boliviana. Del
otro lado, aunque no lo digan abiertamente, es posible que también
lo sea. A juzgar al menos por el número de veces al año en que
Bolivia, nuestro país, hace las primeras planas de los medios
chilenos. Desde el 2001, año en que se comenzó a discutir la salida
del malhadado proyecto Pacific LNG por Chile (que nos costó un
muerto por TCF de reservas de gas), Bolivia ha tomado mucha
importancia en las discusiones políticas, sociales y empresariales
en Chile. Máxime que desde marzo del 2005, Argentina cortó en seco
el gas barato para la minería e industrias de Chile. Bolivia,
verdadero “Señor de los Anillos” del gas y la energía, es la clave
del suministro energético de Argentina, Brasil y Chile, afectando
colateralmente a Paraguay, el sur del Perú y Uruguay. No se debe
desaprovechar esta posición negociadora tan fuerte.
Por ello, la propuesta del ministro
Solíz Rada de estudiar la exportación de electrones en vez de
moléculas de gas al norte minero de Chile (territorio boliviano
perdido en 1879 que contiene las empresas mineras y las reservas de
cobre y molibdeno más importantes del mundo y que representan dos
tercios de las exportaciones de Chile) puede ser otro paso
interesante. Técnicamente el Sistema Integrado del Norte Grande (“SING”)
posee una sobre-capacidad de producción eléctrica : unos 3,500MW
frente a 1,600MW de demanda de la industria minera (fuente :
Comisión Nacional de Energía de Chile). El problema es que de esos
3,500MW nominales, un tercio es de plantas contaminantes y
obsoletas, un tercio son plantas termoeléctricas a carbón, y el otro
tercio son plantas eficientes de gas natural en Chile o en el norte
de Argentina. Hoy por hoy, a pesar de tener dos gasoductos que
conectan las plantas del SING con Argentina (el Norandino de Suez y
el Gas Atacama de Endesa/CMS), son las plantas carboníferas que dan
seguridad al SING y evitan que la industria minera chilena entre en
los temidos cortes de electricidad. Adicionalmente el SING tiene una
limitación técnica en líneas de transmisión y sólo puede despachar
un máximo de 250MW por planta instalada en las horas de mayor
demanda. Una planta termoeléctrica boliviana a gas (ciclo abierto o
ciclo combinado con eficiencia del 65%) tendría que entrar a
competir con los contratos a largo plazo firmados entre las
principales mineras (la
estatal Codelco, Minera Escondida, Collahuasi y las minas del Grupo
Antogasta) con la Suez, Endesa y el grupo AES. Desde una lógica
puramente financiera, si Bolivia cierra uno o varios contratos de
electricidad en el SING por 250MW podría vender unos 70 millones de
dólares al año (cubriendo 40% del déficit comercial con Chile),
multiplicando por 6 ó 7 veces el valor del gas a boca de pozo, eso
tomando una hipótesis conservadora de 40USD por MW. El arbitraje
entre exportar electricidad o ir al rescate de los gasoductos y las
plantas eléctricas a gas de Norandino o Gas Atacama es obvio a favor
de los electrones de Bolivia. Es probable que entremos en conflicto
de interés o debamos sentarnos a negociar con los nuevos dueños de
Suez y Endesa, una vez que se aclaren las aguas en las
fusiones-adquisiciones en Europa.
Como se vio el 10 de marzo en
Chilevisión (el canal del candidato y empresario Sebastián Piñera)
en una entrevista exclusiva del periodista Fernando Paulsen (de
lejos el mejor de Chile a quien deberíamos invitar a nuestro país)
en su programa “Ultima Mirada” al presidente, Morales estaría
plenamente consciente de los desafíos y riesgos de lo que llamo la
“diplomacia boliviana del charango y la energía”. El tema del mar
es una arena movediza que ha costado el cargo a varios mandatarios
bolivianos. En el “court” central del Estadio Nacional, 6,000
chilenos gritaron con nuestro Presidente “Mar para Bolivia”. Paulsen
hacía notar oportunamente que la mayor parte de los chilenos todavía
no estén preparados para aceptar reparar la herida histórica hacia
Bolivia.
A ese respecto, apunta el
periodista Humberto Vacaflor, se ha cometido un error al aceptar la
invitaciones al desminado de campos fronterizos por parte de Chile
Bolivia envió nada menos que a su ministro de defensa, mientras que
la Argentina apenas envió a un vice-ministro, a pesar de que el
campo estaba en la frontera con ese país. Encima este retiro de
estas armas prohibidas, es solamente dar cumplimiento formal a la
Convención de Ottawa, firmada por más de 100 países. Por lo tanto sí
habían razones de peso para declinar muy gentilmente la invitación,
quizás para festejar en el futuro un acercamiento más global. Si se
está negociando discretamente el tema marítimo como parece, hay que
tener mucho cuidado con estas señales. No tenemos porque exagerar la
apertura, Bolivia no mantiene relaciones diplomáticas formales por
algo. Lo mejor es ir paso a paso como manda en cualquier
negociación. Queda además en el camino otro punto no menos espinoso,
que es el del uso de los recursos hídricos bolivianos que nacen en
los manantiales del Quetena en el Sud Lípez (conocido como Silala en
Chile). Una vez más, impactan la factibilidad a largo plazo del
norte minero de Chile. Sin hablar del contrabando vía la zona franca
de Iquique, ropavejeros industriales de nuestro país incluidos, que
han causado la debacle de parte de la industria de Bolivia.
Decían muchos que “otra cosa es con
guitarra”. Por el momento, a parte de algunas notas falsas, la
ejecución del charango boliviano por nuestro presidente ha sido
buena. Roguemos en este “mes del mar” en Bolivia, que los maestros
tutelares de Bolivia, como son Ernesto Cavour, William Centellas,
Luzmila Carpio y Donato Espinoza acompañen a nuestro mandatario
cuando haya que afinar el charango para el “temple diablo” y con
Chile, en una negociación de igual a igual, la reintegración
marítima y los demás temas de
la agenda. Incluso, por qué no imaginar un nuevo tratado de amistad,
que remplace para siempre el leonino documento de 1904 que el pueblo
boliviano jamás aceptó.