Christian Inchauste Sandoval

 

Bolivia, Día 1  

Mayo 2006     

 

Irving Alcaraz creó la expresión “Bolivia hora cero”. En medio del entusiasmo de la “Capitalización”, el ensayista ligaba el destino económico boliviano al gas natural. Eran aquellos días de una pequeña época de “plata dulce”, en la que dos gobiernos (Sánchez de Lozada y Bánzer) desbarataron la industria petrolera, algo que pocas naciones del mundo han hecho (Argentina con Menem). Treinta años antes, otro ensayista, Sergio Almaraz, concluía su magnífico “El Poder y la Caída” con una frase premonitoria: “ahora se trata de salvar el gas”.

Este primero de mayo, el Presidente Evo Morales, firmó el decreto de nacionalización de la segunda reserva de gas más grande de Sudamérica. Se dio así cumplimiento al Referéndum de julio del 2004 en el cual el pueblo boliviano decidió en las urnas “salvar el gas”. Desde el Referéndum, Bolivia mandó señales a la región y al mundo avisando que el poder de negociación que antes no tenía, sería esta vez empleado para desarrollar al país. Luego del Referéndum las negociaciones con los inversores, para adecuar los contratos se entramparon, aunque en las postrimerías del gobierno de Carlos Mesa, se aprobó la Ley 3058, primer resultado del sacrificio de 57 ciudadanos en octubre del 2003.

Hoy, al devolver el control del más estratégico de los sectores industriales al Estado, lo único que está haciendo es ser coherente. Y probablemente se entre en conflicto con intereses contrapuestos. El hecho es que sin gas, petróleo y electricidad nuestra civilización deja simplemente de funcionar y hoy en día, hay más inversores en hidrocarburos que nunca en todo el mundo. De hecho, muchos de ellos están en contratos de asociación parecidos a los que el decreto 28701 y la Ley 3058 proponen.

Bolivia tiene la llave para asegurar el equilibrio energético del Cono Sur, en medio de una escalada sin precedentes de precios de gas y petróleo, al punto que por ese motivo, la Comisión de Energía de la Unión Europea (por las empresas que invierten en toda la región) empezó a seguir de cerca el proceso boliviano desde ayer. Las circunvalaciones de los países vecinos para escapar al espectro de los apagones pasan casi todos por el gas y la electricidad de Bolivia, o como alternativa, por soluciones más costosas  y complejas (GNL, Gasoducto Sudamericano).

Al nacionalizar el gas y petróleo, el pueblo de Bolivia tiene el derecho de exigir que la nueva YPFB no sea más una empresa secuestrada por militantes de los partidos políticos, como lo fue en los años previos a la Capitalización. Afortunadamente, YPFB fue más que una simple caja registradora de excedentes del Estado y botín de piratas políticos. Fue uno de los instrumentos con los que se integró el Oriente al Occidente del país (mediante transferencia de recursos de la minera estatal Comibol), convirtió al país en una de las primeras naciones de exportación de gas natural del planeta (casi a la par de la estatal argelina Sonatrach a fines de los 60) y realizó un extenso y valioso trabajo de prospección geológica, servido en “bandeja de plata” al momento de la Capitalización.

Partiendo de sus logros, la empresa estatal debe cumplir el rol de acumuladora de capital para la economía boliviana y generar proyectos (GTL, urea) y empleos. El sector de hidrocarburos es intensivo en capital, aunque Shell apunte que por cada dólar invertido en industrialización de gas y petróleo, se generan ocho dólares adicionales y por lo tanto más empleos. El gas debe industrializar a Bolivia con una matriz energética accesible a todos los ciudadanos y empresas del país, asegurando su seguridad energética (electricidad, GLP, diesel). Como corolario, permitirá que se realicen proyectos estratégicos como la industrialización del hierro del Mutún en Santa Cruz donde el gas y la electricidad permiten llegar al acero. Luego habrá que sembrar los excedentes en toda la economía.

Es por ello que existe esperanza entre los bolivianos. Eso sí, con los pies sobre la tierra ya que además de hacer la tarea en casa, volverán los “negros presagios” y otras presiones como las que se vieron estos años. Es el precio que se asumiría por esta nacionalización, la tercera en Bolivia (1937, 1969), y la primera en el mundo en el siglo XXI. Finalmente, es el punto de partida para que los dramas de la opulencia y caída de Potosí, el asalto al salitre y al cobre del Litoral Boliviano, o los pulmones de los mineros del estaño socavados por la copagira, sólo se encuentren en libros de historia como recordatorio permanente.


• Christian Inchauste Sandoval es representante Adjunto del BNP Paribas para el Cono Sur. Sus notas reflejan su opinión personal.

 

Cerrar Ventana