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Editorial 319
13/11/2006
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Varias personas nos preguntaron la razón de nuestro
entusiasmo (Editorial 318) por la firma de los contratos
entre el Estado y las empresas petroleras el pasado 28
de Octubre, cuando en virtud de estos contratos, las
empresas van a recibir más que nunca antes, en términos
monetarios, por cada MM de BTU exportados, lo que
“convierte a este Gobierno en mayor protector de las
transnacionales que los anteriores.”
Triste es comprobar las
limitaciones para el análisis de algunos, que razonan
solo desde un ángulo y no pueden contemplar el panorama
desde una perspectiva completa, racional, justa y con
visión de futuro, al nublarse su razonamiento y no ver
que el Estado también recibirá más que nunca antes, por
cada MM de BTU producidos.
Y es justamente este
equilibrio, el que permitió el resultado que condujo a
la firma de estos contratos, que permiten que ambas
partes logren satisfacer sus expectativas y necesidades,
brindando al Gobierno un importante triunfo político, a
las empresas un escenario de seguridad jurídica
largamente esperado y al Estado, una proyección de
ingresos, como nunca se pensó antes.
Y si de aclarar
posiciones se trata, enfatizaremos que no estamos
hablando del éxito de la llamada “nacionalización”,
sino simplemente de los recursos que este proceso está
proyectando para el Estado. Luego, con el tiempo, si
estos recursos permiten un crecimiento del 5% o 6%
anual, inducen la reactivación de otros sectores de la
economía, permiten la generación de empleos, motivan
inversiones de importancia en el país y ayudan a
combatir la extrema pobreza, podremos decir que este
proceso fue exitoso. Mientras tanto, enunciamos tan solo
el comienzo de una nueva etapa, superando uno de los
periodos de mayor inseguridad jurídica e inestabilidad
política de nuestra vida republicana. Esto no es poca
cosa. Este, el motivo de nuestro entusiasmo.
Y también para aclarar
posiciones, esta situación no se dio sólo por
condicionamientos internos, sino también externos, pues
si el precio del barril de petróleo hubiera permanecido
en la franja de los $us 22 a 26 por barril y el gas
natural mantenía su promedio de 2.5 $us por MM de BTU en
el mercado norteamericano, nada de lo logrado hubiera
sido posible.
Esto nos lleva a la
reflexión, que cada situación debe ser analizada en el
contexto de las condiciones de contorno imperantes en el
momento de su aplicación. Si estas cambian, cambia el
alcance de su aplicación. Entonces para combatir la ya
derogada Ley 1689 de 1966 y los contratos basados en
esta Ley, hay que ver las condiciones imperantes en el
país en esos años. Como resultado de esa Ley, se originó
el ingreso al país de importantes inversiones, las que
permitieron comprobar las inmensas reservas de gas que
hoy ostentamos, en circunstancias que nadie apostaba por
nosotros, iniciándose la construcción de una
infraestructura de campo y transporte que cambió
completamente al sector, viabilizando un proceso de
exportación de importancia regional. En vez de atacar
esta Ley, quizá fuese más provechoso analizar la
ineficiente fiscalización ejercida por el Estado,
permitiendo en muchos casos desvirtuar, en complicidad,
las bondades que esta ofrecía.
En esas circunstancias
apareció Petrobrás, que apostó y abrió el mercado en
Brasil. De ese accionar llegaron las otras empresas y se
desarrolló la industria con los aciertos y las falencias
presentadas. La aplicación de los impuestos al sector,
mostraron las limitaciones conocidas, pero no es cierto
afirmar que el modelo aplicado impedía que el Estado,
tomara las medidas correctivas necesarias para revisar y
ordenar estos impuestos. No fue necesaria la llamada
guerra del gas ni los muertos que esta produjo. Las
medidas correctivas, se pudieron haber logrado con una
acción honesta por parte del Gobierno, actuando en
función de los intereses de la nación, si la clase
política hubiese actuado con total transparencia y las
empresas comprendido la desproporción creada.
Como fuera, después de
abrogar la Ley 1689 y superar los hechos de Octubre de
2003, se introdujo el IDH del 32 por ciento de la Ley
3058 de junio de 2005 y, luego, el impuesto del 32 por
ciento adicional del DS 28701 de mayo del presente año,
a los mega campos operados por Petrobrás que responden a
la exportación al Brasil. Estos impuestos, sumados al 18
por ciento inicialmente contemplado, elevan
desproporsionalmente la carga impositiva a las empresas
volcando la torta, reservando un 18 por ciento a estas,
y un 82 por ciento para el Estado, generando de esta
manera, una situación de inviabilidad para realizar
nuevas inversiones, además de forjarse un sentimiento de
total inseguridad e incertidumbre en el sector.
Nivela la situación el
alza constante de los precios del petróleo, la
creciente demanda de gas tanto en Brasil como en
Argentina que compromete su seriedad por los compromisos
incumplidos con Chile, dando al actual Gobierno
Nacional, el espacio adecuado para proponer salomónicas
decisiones, ya en la recta final de las negociaciones de
Octubre, proponiendo una nivelación impositiva de 70
por ciento para el Estado y 30 por ciento para las
Empresas, que con los precios actuales del gas de
exportación, entregan a ambas partes, un rendimiento
como nunca antes visto.
Y, justamente, este es
el gran merito del Gobierno, al haber flexibilizado su
posición, creando el marco legal esperado, viabilizando
un importante incremento de la participación del Estado
en el negocio del gas y dejando a las empresas, una
participación importante, que les permitirá seguir
realizando las inversiones necesarias para desarrollar
el nuevo horizonte trazado para el sector. Crea además
las condiciones para que YPFB pueda contar con los
recursos para su crecimiento.
Hoy contamos con nuevos
contratos en vías de ser ratificados por el Congreso
Nacional, completando de esta manera, un contexto
extraordinario de desarrollo y crecimiento del sector,
que aportará en forma decisiva al desarrollo nacional.
Esperemos que las futuras condicionantes políticas
ahuyenten nuevos nubarrones en el horizonte.
En estas condiciones,
pierde importancia determinar si lo iniciado por este
Gobierno es un cliché mediático o una nacionalización a
la boliviana. Mejor es concentrarse en determinar el
alcance de lo logrado y esperar que las inversiones
requeridas en el sector se materialicen pronto y
definir, cuanto antes, el destino de estos recursos.
Se puede estar a favor
o en contra del Gobierno, pero no se puede negar que la
percepción de alivio y esperanza de la población en su
conjunto, se incrementó a partir de la firma de los
contratos con las empresas petroleras. Esperamos se sepa
administrar este buen momento.
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