Uno de los principales problemas de la economía
boliviana para lo que resta de este ejercicio 2006 y los
sucesivos radica en la dependencia de la sociedad del
consumo de petróleo, algo paradójico en un país rico en
gas natural, dueño de las segundas mayores reservas de
Sudamérica, después de Venezuela.
Actualmente, nadie duda
de que el petróleo es la fuente de energía más
importante. Si nos pusiéramos a pensar qué pasaría si se
agotara repentinamente, enseguida nos daríamos cuenta de
la inutilidad de los aviones, los automóviles, gran
parte de los trenes y centrales eléctricas.
Advertiríamos la carencia de infraestructuras acordes al
desarrollo urbanístico de las grandes urbes y de muchos
de los productos de consumo habitual derivados del
petróleo. Este escenario provocaría una crisis a gran
escala. Sinceramente creo que la sociedad en su conjunto
y sus líderes políticos y empresariales hacen muy poco
por sacar a los países de esta espiral especulativa en
que se mueven los precios del petróleo, situación ya
vivida en las crisis económicas mundiales, recientemente
con los desastres naturales y conflictos geopolíticos y
que continuaremos vislumbrando en el futuro.
Dado que la gente llana
no tenemos el poder ni las herramientas para inducir en
los hábitos. de consumo de la sociedad o en que los
empresarios inviertan en proyectos que promuevan el uso
de energías alternativas, debemos ejercer presión ante
las autoridades para evitar que los precios energéticos
no suban cada año o que el precio del crudo pueda
incrementar los costos laborales afectando
potencialmente a nuestros futuros empleos o al precio de
nuestras hipotecas.
Ante estos posibles
escenarios, se me ocurren numerosas preguntas sobre la
evolución de los precios del crudo: ¿Tiene la OPEP el
suficiente poder como para que sus decisiones influyan
tanto en el devenir de los precios? ¿Se conoce
diariamente en los mercados mundiales de materias primas
el número total de barriles de petróleo que componen la
oferta y la demanda? ¿Son las compañías petroleras
socialmente responsables con la sociedad que les
legitima e informan con exactitud de los recursos
existentes?
En primer lugar, decir
que la producción de la OPEP satisface aproximadamente
al 35% de la demanda global de crudo y que su nivel de
oferta actual carece de posibilidades de crecimiento.
Pero, ante este panorama, ¿no debería el 65% de la
oferta mundial restante incrementar las inversiones en
exploración y extracción de crudo? La oferta petrolera
de los países que no están en el cartel de la OPEP no
contribuye a vislumbrar expectativas de mejora. En
efecto, Rusia, Estados Unidos y China se encuentran
entre los países que más producen pero también entre los
que más consumen. Excepto Rusia, que produce más crudo
del que consume, el resto de países son los que
desequilibran la demanda y, por lo tanto, determinan el
alza en el nivel de precios.
En segundo lugar, todos
debemos conocer que en un mercado de materias primas
dominado por traders con visiones demasiado
cortoplacistas, es difícil que el precio del crudo no se
mueva por el afán especulativo de colocar el barril al
mejor postor. Es cierto que es la mano invisible del
mercado la que opera en estos casos, pero, en
situaciones tan críticas como las que se avecinan, las
autoridades reguladoras deberían intervenir en los
mercados para asignar los precios de una forma
eficiente, y sobre todo equitativa.
En tercer lugar, las
compañías petroleras no presentan con exactitud en sus
memorias anuales la situación de sus reservas, así como
su capacidad para regenerar crudo en sus yacimientos.
Todos entendemos que son las primeras beneficiadas del
alza en los precios, y sus estrategias se centran cada
vez más en incrementar a corto plazo la rentabilidad por
dividendo de sus accionistas, pero creo que están
obviando al resto de stakeholders empresariales. Además,
las numerosas fusiones y absorciones del mercado
petrolífero deben hacemos pensar que los recursos se
están agotando y que estas sinergias no tienen otro fin
que el máximo beneficio al menor coste o inversión.
En definitiva, queda
constancia de que la situación es claramente mejorable,
jugando la sociedad un papel clave en manifestar a las
autoridades su preocupación por la enorme dependencia
del petróleo. Mientras tanto, ha quedado constancia de
que sí es crudo todo lo que reluce.