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Protestas vs. necesidades
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Editorial 331
12/02/2007
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A medida que sube el tono en la crítica por la forma de
protestar de algunos sectores, estos agudizan el ingenio
y perfeccionan sus métodos para hacer escuchar sus
demandas. La semana pasada en Camiri, un grupo de
ciudadanos, obedeciendo instrucciones de la dirigencia
cívica y de un Comité de Huelga de esa ciudad,
procedieron a bloquear la carretera Santa Cruz - Yacuiba
en primera instancia y luego ocuparon las instalaciones
de Transredes, obligando al cierre de las válvulas en la
estación Choreti, vecina de esta ciudad, cortando el
transporte de líquidos desde el centro productor a las
refinerías del interior del país. El daño al transporte
y a los productores de la región fue enorme, y el riesgo
de graves accidentes producto de la toma de estaciones
petroleras, como en este caso, es alarmante.
En la sede de gobierno,
unos 20 mil mineros desfilaron por las calles paceñas
haciendo estallar cachorros de dinamita, creando caos
generalizado en la población. Los cooperativistas
mineros se abrieron paso por las atiborradas calles
paceñas a dinamitazo limpio, aterrorizando a la gente
con su proceder.
En ambos casos, los
protagonistas de estas acciones lograron sus propósitos
y obligaron a que el Gobierno atienda sus demandas. La
prensa nacional registra comentarios de ambos hechos por
parte del Gobierno. En el primer caso, el propio
Presidente culpa a Transredes por realizar un acto de
boicot en el cierre de las válvulas (¿?), y en el
segundo, un parlamentario del oficialismo solicita la
comprensión de la ciudadanía hacia los cooperativistas,
pues esta es la forma tradicional de protesta de los
mineros (¿?).
Estos hechos hacen que
reflote la necesidad de participar del análisis y
consecuencias de esta practica, que se esta convirtiendo
en parte de nuestra forma natural de actuar, originando
comentarios como el que esta forma de protestar es muy a
”la boliviana”. Nadie puede afirmar seriamente, que la
ciudadanía no tiene derecho a la protesta. Esta, como
tal, es una conquista que otorga la democracia. No
existe autoridad que pueda prohibir este tipo de
manifestaciones como marchas, huelgas, etc., que
obliguen a las autoridades a que se escuchen los
planteamientos de los que protestan.
Lo que no es
permisible, es la protesta que viola las leyes, que
amenaza la seguridad de personas inocentes, que
contraviene los derechos de los demás, que atente contra
las personas y que intimide a la población en general.
Nos sumamos al termino de “criminal” vertido por
algunos medios de comunicación, al bloqueo irresponsable
de carreteras que ocasionan millonarias perdidas
económicas y enfrentamientos con heridos, al acto
provocador de lanzar dinamitazos en las calles de la
ciudad, o al cierre de válvulas que cortan las
operaciones de suministro de gas o líquidos que atienden
necesidades internas o compromisos de exportación.
Pero tan irresponsable
como los hechos detallados, es la incapacidad de los
Gobiernos de atender las necesidades de las grandes
mayorías, sumidas en la desesperación de vivir, década
tras década, su inalterable miseria y pobreza. Se
preveía que esta administración, juntando habilidad
política con apoyo ciudadano, podría dar vuelta a esta
realidad. Hoy son más dudas que certezas, que esta
apreciación pueda cumplirse.
En esta entrega nos
limitaremos a insistir, que el Gobierno debe anticiparse
a este tipo de protesta, que tanto daño hacen al país en
su conjunto, dado que tiene gente de su confianza dentro
de todos los movimientos sociales del país, quienes
deben y pueden, encontrar los mecanismos pacíficos de
protesta, para que sus voces y necesidades sean
escuchadas por el Gobierno. Lo contrario implicará, más
temprano que tarde, que se tenga que vivir una
ingobernabilidad que nos puede perjudicar mucho.
Dentro del sector, la
“Cumbre Energética” que se llevó a cabo en Villa Montes
y cuyos resultados desconocemos al momento de cierre de
la presente edición, es un buen ejemplo de como las
regiones o ciertos sectores, pueden plantear sus
requerimientos, y el Gobierno, despejar las demandas
planteadas, atendiendo a estas, en función del bien
común.
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