El panorama geopolítico regional, con el gas como centro
de atención, los vaivenes de la política nacional con
respecto a nuestro principal energético, la creciente
necesidad de nuestros vecinos de nivelar sus necesidades
energéticas con las ofertas - externas o internas -
disponibles y la indiscutible necesidad de los
gobernantes de usar el gas y las negociaciones sobre el
particular como factor político en beneficio de mejorar
su imagen, hacen que se genere un complejo rompecabezas
que no permite visualizar, cual el desenlace a mediano
plazo, de una estable y duradera política energética
nacional.
La situación cambia
permanentemente y además de forma radical. Cuando la
situación, al interior del país, parece que va a
explotar, tres o cuatro acciones que encaran las
autoridades nacionales al filo de la navaja, producen
“milagros” que acomodan la situación y tranquilizan las
aguas permitiendo que el sector se oxigene y renueve
energías para seguir operando. Lamentablemente estas
acciones son circunstanciales que no definen
completamente el contexto de actuación entre los actores
del drama. Tal el caso de la firma de los nuevos
contratos con las petroleras, que por errores de forma,
aún no fueron protocolizados, por lo tanto, aún no están
vigentes. Y este hecho, la vigencia o no, de estos
contratos, marca el compás de todo el presente andamiaje
energético nacional. Mientras tanto, el tiempo pasa.
Paralelamente, se
intenta definir un marco adecuado en la relación con
Brasil. La pretensión de Bolivia de incrementar el
precio de exportación del gas, no tuvo eco en nuestro
vecino, pero finalmente se consiguió corregir las
distorsiones que mantenían los contratos de exportación.
Y de repente, también
como por arte de magia, basada en estos dos últimos
hechos, vuelven los titulares en la prensa nacional,
anunciando nuevas e importantes inversiones en el
sector, cambiando la tendencia, que sobre el
particular, mantenían las empresas, manejándose cifras
del orden de los 3.000 millones de dólares, en términos
de inversiones frescas para el sector.
En este sentido,
Petrobrás anuncia su intensión de invertir en proyectos
como GTL, una planta de biodiesel y plantea su interés
de participar junto a Braskem, de la construcción de una
planta petroquímica en Puerto Suárez. El gigante
petrolero ruso, Gazpron, firma una carta de intensiones
manifestando su interés de invertir en Bolivia, asociada
con YPFB, en proyectos de producción y transporte de gas
natural. Se suman en esta intensión, la argentina Enarsa
y la venezolana PDVSA. Completa el cuadro optimista de
promesas para invertir en el sector, el anuncio ya
realizado por las empresas que suscribieron los nuevos
contratos con el Estado.
Pero el tiempo pasa y
hasta ahora todo está en planes, mientras la capacidad
de producción de gas llegó al límite para satisfacer
las necesidades actuales, además de que la capacidad de
transporte y almacenamiento de todo el sistema ya fue
rebasado por la demanda en permanente crecimiento.
Las inversiones
previstas son fundamentales, y para que estas se
materialicen debe existir el clima social y político
adecuado. Esta, la tarea pendiente del actual gobierno.
Este, el panorama de confrontación e intriga
geopolítica, que lo escribe el día a día que vivimos y
lo matizan, con increíble habilidad artística, los
propios jefes de estado que participan de este drama.