No se necesita ser versado en política ni en estrategias
energéticas para entender esa viveza criolla - en el
mejor sentido de la palabra - que ha sabido imprimir la
Argentina en el negocio del gas con Bolivia.
Desde el precio
solidario de Carlos D. Mesa, buscando una retribución de
nuestro país al apoyo de Argentina en los 70 y 80, país
hermano que sin necesidad de precisar el energético, lo
compró a Bolivia para apoyar su endeble economía,
particularmente a mediados de los 80 con la recordada
hiperinflación que debió ser frenada en seco con el
vapuleado DS 21060 de Víctor Paz Estensoro, hasta la
firma del acuerdo de los 20 millones de metros cúbicos
diarios, entre Evo Morales y Néstor Kirchner, medida que
en vísperas de la firma de 44 contratos con 12
petroleras fue gravitante para acelerar el mismo y
convencer a las operadoras que Bolivia seguía siendo
atractiva para sus inversiones, el apoyo argentino, muy
inteligente por cierto, ha sido favorable para los dos
países.
Pero faltaba la puntada
final al millonario negocio, la firma del acuerdo entre
los ministros Julio De Vido y Carlos Villegas,
anunciando la construcción del Gasoducto del Nordeste
Argentino (GNA), obra que demandará una inversión de
1.520 millones de dólares para los 1.500 kilómetros de
tubería en territorio argentino y 20 millones de la
misma moneda para los 20 kilómetros en suelo boliviano,
amen de una Planta de Extracción de Licuables cuyo costo
bordea los 420 millones de dólares y estará ubicada en
nuestro país.
Si la cifra es
elocuente, un total de 1.940 millones de dólares, lo es
también la magnitud del negocio que significará, a
partir de diciembre de 2009, el despacho de 27,7
millones de metros cúbicos diarios (MMmcd) de gas para
satisfacer las necesidades de siete provincias
argentinas. Aunque, cabe recordar que para el consumo
anual de nuestro vecino del sur, los 27,7 MMmcd son una
cifra pequeña, en virtud a que la matriz energética
argentina se ancla en un sólido consumo de gas natural,
al punto de ubicar a esta Nación entre las que más
consumen el energético a nivel mundial.
El acuerdo de Santa
Cruz de la Sierra es, a todas luces, el impulso final a
nuestro país para, de una vez por todas, acelerar la
protocolización de los 44 Contratos de Operación, medida
que asegurará las inversiones que hoy son tan necesarias
para poder desarrollar las reservas que a posteriori
permitan cumplir con el mercado argentino, punta de
lanza de futuros mercados, como el paraguayo, el
uruguayo y, porque no, el chileno.
Ahora sólo resta
esperar que prime la cordura y que se encuentren quienes
sepan entender que está de por medio no solo nuestra
sostenibilidad financiera, sino la palabra empeñada por
el país, palabra que nos compromete a todos en un
negocio que debe y tiene que traer mejores días para las
presentes y futuras generaciones. Creemos que lo
merecemos.