El siglo del pulso energético
Mientras Rusia consigue clavar su bandera a
cuatro mil metros por debajo del casquete
polar, donde se estiman reservas
astronómicas de hidrocarburos, y en tanto el
régimen iraní dice que nada de nada a la
versión de diplomáticos occidentales en
Viena de que los ayatolás han puesto el
freno a su programa nuclear, se votaba en
Washington, por la Cámara de Representantes
(241 votos frente a 172) otra política
energética destinada a combatir el efecto
invernadero.
El objetivo no es otro que reducir en 500
millones de toneladas las emisiones a la
atmósfera de CO2, causantes del efecto
invernadero y que según la izquierda
climática es el origen del cambio térmico
actual. La resolución aprobada es más
beligerante contra las energías fósiles que
la obtenida a principios del verano en el
Senado. Objetivo propuesto en ella es la
incorporación progresiva de las energías
renovables -solar y eólica- al combinado de
consumos federales. Hasta llegar en el 2020
hasta el 15 por ciento del total.
Tenido en cuenta que un tercio de las
emisiones norteamericanas de CO2 procede de
las térmicas convencionales, se advierte la
importancia de la resolución aprobada,
aunque la misma deba armonizarse con los
propósitos más modestos, en este sentido,
definidos en la referida resolución
senatorial. Ésta es más próxima a los
criterios de la Casa Blanca, por lo que su
desestimación supondría la práctica
seguridad de que chocaría con el veto
presidencial.
Del todo relacionado con esta postura se
encuentra, como no podía ser de otra forma,
la resistencia de la Casa Blanca a la
ratificación del Protocolo de Kioto, basada
en la consideración de que éste penalizaría
los consumos energéticos norteamericanos,
puesto que las tasas de emisión de gases
concedidas a China y la India, e incluso
Alemania, dan para ellas una ecuación de
ventaja relativa dentro del Protocolo.
Por otra parte, el aliento demócrata que ha
empujado las velas de esta resolución de la
Cámara de Representantes es el mismo del
discurso de Gore, el ex vicepresidente con
Bill Clinton, que suscribe y propaga la
relación causal entre el efecto invernadero
y el cambio climático. Hipótesis a la que se
oponen quienes niegan tal relación causal,
basándose tanto en datos de Historia y
Palentología del clima y en mediciones,
realizadas por sondas espaciales, por la que
se advierte que el ascenso de las
temperaturas es común a todo el sistema
solar, como fenómeno asociado a fases de
actividad más alta en la corteza de nuestra
estrella.
El debate sobre el clima y las disputas
sobre los consumos energéticos, se inscriben
a su vez dentro de la evidencia de que este
siglo XXI va a tener en esta materia, la del
dominio de los recursos energéticos, uno de
sus temas fundamentales.
La Rusia de Putin, volcada en la
instrumentación estratégica de sus recursos
energéticos, parece una muestra, adelantada
y nítida, de por dónde se van a encarrilar
ambiciones y disputas de las naciones en
esta centuria, porticada por los atentados
del 11 de septiembre del 2001.
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