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En 1999, la revista "Foreign Policy" publicó
un artículo de Juan Enríquez, investigador
del Centro D. Rockefeller para Estudios
Latinoamericanos de la Universidad de
Harvard, cuya tesis central era que no debía
darse por sentado que América Latina seguirá
siendo indefinidamente inmune a la tendencia
mundial a la fragmentación de los países en
naciones más pequeñas.
Poco antes -observaba el analista Andrés
Oppenheimer-, la revista "The Economist"
recordaba que el mundo tenía 62 países en
1914, 74 en 1946, y 193 en 1999 -cifras que,
por cierto, reflejan no sólo casos de
partición, sino también la descolonización y
la desintegración de imperios en el siglo XX.
Ocho años después, la situación de Bolivia
da pie para temer que, a su respecto, esas
aprensiones puedan hacerse realidad. En la
profunda división que existe en ella, lo
político se entremezcla con insalvables
incompatibilidades de intereses económicos y
regionalistas.
Hace pocos días, una paralización convocada
por organizaciones civiles de los
departamentos de Santa Cruz, Beni, Pando,
Tarija, Chuquisaca y Cochabamba contra el
Presidente Morales, por no aceptar éste el
traslado de la sede del gobierno de La Paz a
Sucre, entre otras causas, originó violentos
choques entre manifestantes oficialistas y
opositores. Similares enfrentamientos se
habían producido a comienzos de este año.
Las poderosas regiones del oriente del país
vienen exigiendo mayor autonomía hace mucho,
pero esta vez se manifestaron derechamente
por la secesión. Sindicatos, federaciones y
comunidades representados por el Comité
Cívico declararon que el paro fue sólo el
prólogo de nuevas movilizaciones. El
opositor gobernador de Cochabamba, Manfred
Reyes, teme una guerra civil y estima que lo
allí ocurrido "es el inicio".
En Sucre, un estallido de violencia
promovido por universitarios paralizó a la
Asamblea Constituyente, que poco antes había
recibido un ultimátum si no anula el retiro
de la capitalidad plena para esa región.
Esta crisis ha alcanzado al partido
oficialista: el prefecto del departamento de
Chuquisaca, militante del MAS, pero que
apoyaba las demandas de Sucre, renunció a su
cargo por desacuerdos con el Gobierno,
motivados por los enfrentamientos en su
región y por el anuncio del Vicepresidente
Linera de que enviaría 100 mil campesinos
para someter a la población.
Analistas y cancillerías miran este
desenvolvimiento con inquietud. Ante la
aparente imposibilidad de un diálogo
pacífico entre los grupos y etnias, algunos
llegan incluso a temer una eventual
"explosión" de Bolivia, lo que alteraría los
equilibrios continentales que se mantuvieron
más o menos inmodificados durante el siglo
XX.
Interesa a Chile la más pronta recuperación
de la normalidad en Bolivia, pero las
perspectivas se ven complejas y difíciles.
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