|
Los gobiernos de algunos países árabes
utilizaron el petróleo como arma política
hace 35 años; sus enormes reservas de crudo
les permitieron poner la mano en el grifo
del suministro y reclamar, primero dólares y
luego poder. El resultado de esa estrategia
es desigual, el espectacular aumento de
precios produjo un desplazamiento de
recursos financieros (los petrodólares) que
enriquecieron algunos clanes familiares, más
que a los pueblos en cuyo nombre se utilizó
semejante arma económica. Luego, otros
países productores y exportadores como
Venezuela, Nigeria, Bolivia, Rusia...
también han utilizado el petróleo (y ahora
el gas) como instrumento de poder y
enriquecimiento.
Hoy más de la mitad del negocio energético
está en manos de compañías nacionalizadas,
dominadas por los gobiernos, que llaman a la
puerta de los países consumidores para jugar
a la competencia global, también en la
distribución, pero con las espaldas bien
cubiertas.
El reciente acuerdo entre Argentina, Bolivia
y Venezuela para crear la Organización de
Países Productores y Exportadores de Gas de
Sudamérica (Opegasur), marca el fin del
Gasoducto del Sur, en cuanto instrumento de
integración de productores y consumidores de
la sub-región. De plasmarse, estaría al
servicio de un trust de dos grandes
exportadores y un productor para
autoconsumo, en distintos niveles de lucha
con “el imperio”.
También es una manera de agonizar, para el
momento mágico de los años '90. Ese que
surgió cuando, con el mayor elenco de
regímenes democráticos que se hubiera
establecido en América Latina, volvimos a
abrir los expedientes de la integración “sesentera”.
Bien polvorientos estaban. Un primer balance
mostró que su énfasis estuvo en un
alineamiento neobolivariano, desde México
City a Punta Arenas, subestimando
diferencias macrosistémicas. Para
contrapesar tanta poesía se diseñó una red
burocrática, dedicada a abrir los mercados
internos. Se suponía que, mientras mejor
comerciáramos entre nosotros, más rápido
llegaría la utopía.
La verdad, revelada desde la Comunidad
Europea del Carbón y del Acero, lucía por
contradicción. Retroactivamente entendimos
que, en plena guerra fría, jamás pudieron
integrarse países con orientación
antagónica. Fidel Castro, con mucha lógica,
decía “primero revolución, después
integración”.
Asumimos, además, la crítica de la
institucionalidad integracionista, con su
gran paradoja en la nomenclatura: mientras
la Asociación Latinoamericana de Libre
Comercio (ALALC) nació con filosofía
integracionista, su sucesora, la Asociación
Latinoamericana de Integración (ALADI) se
estacionó en la simple negociación
comercial.
Paralelamente, comprendimos la necesidad de
integrar a la baja, partiendo de una
agrupación menor y con objetivo acotado.
Muchos entendieron que ese rol debía
cumplirlo el Mercosur, con Brasil y
Argentina como locomotoras. En resumen, ni
tanto ni tan poco ni con cualquiera.
Con esto, la relativa homogeneidad del
Mercosur entró en liquidación. Venezuela no
puede desplazar a Brasil como locomotora,
pero si puede bloquear su avance.
Lula recién comenzó a diseñar una estrategia
de contención, al convocar a México a la
integración sudamericana. La movida era
lógica, pues el gigante hermano del norte no
puede dejarse encerrar como dependencia
geopolítica de los Estados Unidos.
Si queda tiempo, habrá que rediseñar el
grupo reducido y ver cual locomotora tira
más.
Cerrar Ventana
|