Edición 362 - 17/09/2007

 

Editorial

Hacia el cartel del gas

Los gobiernos de algunos países árabes utilizaron el petróleo como arma política hace 35 años; sus enormes reservas de crudo les permitieron poner la mano en el grifo del suministro y reclamar, primero dólares y luego poder. El resultado de esa estrategia es desigual, el espectacular aumento de precios produjo un desplazamiento de recursos financieros (los petrodólares) que enriquecieron algunos clanes familiares, más que a los pueblos en cuyo nombre se utilizó semejante arma económica. Luego, otros países productores y exportadores como Venezuela, Nigeria, Bolivia, Rusia... también han utilizado el petróleo (y ahora el gas) como instrumento de poder y enriquecimiento.

Hoy más de la mitad del negocio energético está en manos de compañías nacionalizadas, dominadas por los gobiernos, que llaman a la puerta de los países consumidores para jugar a la competencia global, también en la distribución, pero con las espaldas bien cubiertas.

El reciente acuerdo entre Argentina, Bolivia y Venezuela para crear la Organización de Países Productores y Exportadores de Gas de Sudamérica (Opegasur), marca el fin del Gasoducto del Sur, en cuanto instrumento de integración de productores y consumidores de la sub-región. De plasmarse, estaría al servicio de un trust de dos grandes exportadores y un productor para autoconsumo, en distintos niveles de lucha con “el imperio”.

También es una manera de agonizar, para el momento mágico de los años '90. Ese que surgió cuando, con el mayor elenco de regímenes democráticos que se hubiera establecido en América Latina, volvimos a abrir los expedientes de la integración “sesentera”.

Bien polvorientos estaban. Un primer balance mostró que su énfasis estuvo en un alineamiento neobolivariano, desde México City a Punta Arenas, subestimando diferencias macrosistémicas. Para contrapesar tanta poesía se diseñó una red burocrática, dedicada a abrir los mercados internos. Se suponía que, mientras mejor comerciáramos entre nosotros, más rápido llegaría la utopía.

La verdad, revelada desde la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, lucía por contradicción. Retroactivamente entendimos que, en plena guerra fría, jamás pudieron integrarse países con orientación antagónica. Fidel Castro, con mucha lógica, decía “primero revolución, después integración”.

Asumimos, además, la crítica de la institucionalidad integracionista, con su gran paradoja en la nomenclatura: mientras la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) nació con filosofía integracionista, su sucesora, la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) se estacionó en la simple negociación comercial.

Paralelamente, comprendimos la necesidad de integrar a la baja, partiendo de una agrupación menor y con objetivo acotado. Muchos entendieron que ese rol debía cumplirlo el Mercosur, con Brasil y Argentina como locomotoras. En resumen, ni tanto ni tan poco ni con cualquiera.

 Con esto, la relativa homogeneidad del Mercosur entró en liquidación. Venezuela no puede desplazar a Brasil como locomotora, pero si puede bloquear su avance. 

Lula recién comenzó a diseñar una estrategia de contención, al convocar a México a la integración sudamericana. La movida era lógica, pues el gigante hermano del norte no puede dejarse encerrar como dependencia geopolítica de los Estados Unidos.

Si queda tiempo, habrá que rediseñar el grupo reducido y ver cual locomotora tira más.

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