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Un repaso a la historia económica nos señala
como un factor clave en todo proceso de
desarrollo el impulso dado por la energía y
los cambios producidos en las materias
utilizadas a tal fin.
Nuestro progreso científico, facilidad de
comunicación, mayor movilidad, riqueza de
conocimientos o mejor acceso a la cultura,
bienestar o sanidad, dependen de un uso
creciente de energía y de mayor calidad.
Son fundamentales la investigación y
desarrollo de nuevas fuentes energéticas y
el buen uso y desarrollo de las existentes.
Pero todo eso tiene un costo. No podemos
cerrar los ojos e imponer trabas a
determinadas fuentes de energía y creer que
ello no tiene consecuencias. Y, sobre todo,
no podemos propugnar como objetivos
políticos deseables el progreso o la
modernidad y no querer afrontar los costos.
Bolivia puede encontrar en los
biocombustibles una solución valedera para
frenar la escasez de ciertos combustibles en
determinadas épocas del año. Si bien existe
una Ley sobre la materia, aparece como una
barrera infranqueable las declaraciones del
Presidente Evo Morales, quien sostiene que
la producción de biocombustibles puede
ahondar el hambre en la región y en el
mundo.
Difícil la tendremos con ese pensamiento,
más aún ahora que esta fuente de energía
surge como una avalancha en Latinoamérica.
Así quedó expresado en diferentes foros
realizados en nuestro país. ¿Deberemos nadar
contra la corriente?, esperemos que no,
porque ahora la premisa debe ser Desarrollo
con energía.
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