Edición 371 - 19/11/2007

 

Editorial

Impuestos a la energía para Europa

 

La desastrosa guerra de George W. Bush en Irak ha puesto a Europa en apuros. Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo el protector de Europa. Ahora, debido a una guerra en la que no buscaba nada, Europa ve minada su seguridad.

 

El caos en Irak le dio poder a Irán -un país mucho más peligroso para Europa de lo que pueda haber sido Irak-. Y con Estados Unidos empantanado en Irak, el presidente ruso, Vladimir Putin, resucitó las tácticas de provocación al estilo soviético. De no ser así ¿Rusia se habría atrevido a amenazar con redireccionar sus misiles nucleares hacia ciudades europeas? No sólo Bush destrozó al enemigo más importante de Irán y sumergió a las tropas estadounidenses en una causa perdida, sino que también enriqueció a Irán y a Rusia, dos países con recursos energéticos abundantes, al perseguir una guerra que aumentó dramáticamente los precios de la energía. Los elevados precios del crudo hacen que a Irán le resulte más fácil construir armas nucleares y que Rusia utilice el chantaje energético para amenazar a Europa. Pero Europa puede contraatacar. Al imponer un duro impuesto al consumo de energía, los europeos reducirían tanto el consumo de energía como su precio en los mercados mundiales, recortando a su vez el flujo de fondos a Rusia e Irán. Dado que el crudo se cotiza en dólares estadounidenses, y que el dólar se depreció frente al euro, los consumidores europeos lograron sortear con relativa facilidad los crecientes precios energéticos. De manera que un impuesto a la energía aproximadamente equivalente a la apreciación del 33% del euro en los últimos años sería bastante apropiado.

 

A los europeos se les podría perdonar pensar que los norteamericanos, que fueron los primeros en hacer subir los precios del petróleo con su desventura militar en Irak, deberían ser los que lo hagan bajar con un impuesto a la energía. Pero, con un petrolero de Texas en la Casa Blanca, esto no sucederá. Tal vez después de 2008 la política en Estados Unidos cambie a favor de un impuesto a la energía, pero este tipo de impuesto se necesita ahora.

 

Por otra parte, dada la fuerza del ambientalismo en Europa, la cuestión está hecha a la medida para que los europeos tomen la delantera. Es más, los europeos no igualan minuciosamente seguridad nacional con gasto militar. Ellos saben que, si se confiscaran las chequeras de Rusia e Irán, probablemente el mundo sería mucho más seguro que si se construyera otro submarino o portaaviones. De hecho, un impuesto a la energía no sólo se opondría de manera efectiva al argumento de que los europeos son gorrones cuando se trata de defensa; también sería equivalente a un liderazgo de defensa.

 

Aun así como la cantidad de recursos reales transferidos a sus gobiernos ya es elevada, los europeos podrían negarse a un mayor incremento. Ésta es la razón por la cual el impuesto a la energía debe imponerse como una sustitución impositiva, con una reducción simultánea del impuesto a los ingresos o a la masa salarial.

 

Los críticos a los que les preocupa el costo del impuesto a la energía no han pensado en sustituciones tributarias. Tampoco parecen darse cuenta de que un impuesto a la energía es una manera mucho más económica de que Europa se proteja de Irán y Rusia que otros medios alternativos, como un fortalecimiento de la defensa.

 

En resumen, los europeos no permitirán que la guerra de Irak de Bush se convierta en una guerra contra su estado benefactor. Lo que torna particularmente atractivo como medida de defensa un impuesto energético como sustitución tributaria es que deja al Estado benefactor intacto al mismo tiempo que hace que Europa sea más segura, más verde y más rica.

 

¿Por qué esperar?

 

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