Edición 373 - 03/12/2007

 

Editorial

Qué hacer con la Democracia

 

Al ciudadano común se le presenta un gran dilema en los tiempos actuales que vivimos: qué hacer y cómo respetar la democracia tan difícilmente alcanzada por el pueblo boliviano.

 

Esta dama está siendo pisoteada en el intento de imponer ideales políticos sostenidos en forma tozuda por el Ejecutivo, originando un entorno macabro, enfrentando a la sociedad boliviana, que tiene visiones distintas de país, pero que desea encontrar puntos de encuentro que, lamentablemente, se alejan del juego democrático a medida que pasan los días.  

 

La actual administración gubernamental, el partido gobernante y los personajes políticos vigentes, son producto del desencanto político (sistemas), y hartazgo ciudadano con los pseudopolíticos (personas) del pasado, que explotó en las pasadas elecciones nacionales, generando una catarsis emocional pocas veces experimentada en nuestro país, catapultando al Palacio Quemado a esta administración, que programaba tiempos de cambio, que buena falta le hacia al país. Cambios expresados con tal firmeza y convicción, que pocos dudaron (dentro y fuera del país),  del proceso transformador iniciado,  que permitiría cimentar una sociedad más justa y alejada de las desigualdades producidas por todas las anteriores experiencias políticas.

 

Y todo esto, en estricto cumplimiento de los preceptos constitucionales y democráticos, que sellaron y dirimieron, en una justa libre y democrática, las alternativas ciudadanas a través del voto. Y la mayoría contenta, el saldo esperanzado.

 

Lamentablemente el desencanto actual, es quizá mayor, al que experimentaba la sociedad boliviana hace dos años y que con grandes esperanzas apostó por un cambio real y para bien, que no se está dando, pues hay más de lo mucho malo de tiempos pasados que de lo poco bueno vivido antes. El nuevo orden institucionalizado en el país, conlleva violencia, odio e intolerancia. Presenta un enfrentamiento entre regiones, peligrosamente confrontadas, no solo en visiones diferentes de país, sino lamentablemente, en rechazos raciales y humanos, que proyectan una barbarie colectiva. Y es que, efectivamente los cambios se están dando…pero más para mal que para bien.

 

Hoy estamos lamentando el resquebrajamiento de una esperanza lo que está  produciendo  una herida profunda en nuestro optimismo.

 

Señalamos como un error histórico la intención de fundar un Estado social - indigenista y comunitario con hegemonía racial y cultural aimara - quechua, en un país multicultural y multiétnico, que no acepta imposición racial de ninguna naturaleza y menos imposiciones de tipo regional o departamental sobre otros, peor idolatrando iconos externos, que nada tienen que ver con nuestra realidad.

 

Una alternativa sustentada por buena parte del país, y con la que nos identificamos plenamente, impulsa a consolidar un país autonómico, proceso iniciado, para sorpresa de muchos, hace ya medio siglo, con la conquista social - regional de las regalías petroleras, luego con la instauración de las Corporaciones de Desarrollo, siguiendo con la promulgación de la Ley de Participación Popular, la elección directa de los Prefectos y finalmente con el registro de firmas y el referéndum del 2 de Julio de 2006, expresando el anhelo ciudadano, de poder definir y proyectar, por si mismo y en forma totalmente autónoma, su propio destino.

 

Esta carrera debe realizarse y terminar en total democracia. No hay alternativas para que un proceso de esta naturaleza perdure en el tiempo. A pesar de las dudas, a pesar de los riesgos,  a pesar del tiempo en contra, debemos cuidar a esta Dama.

 

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