Qué hacer con la Democracia
Al ciudadano común se le presenta un gran
dilema en los tiempos actuales que vivimos:
qué hacer y cómo respetar la democracia tan
difícilmente alcanzada por el pueblo
boliviano.
Esta dama está siendo pisoteada en el
intento de imponer ideales políticos
sostenidos en forma tozuda por el Ejecutivo,
originando un entorno macabro, enfrentando a
la sociedad boliviana, que tiene visiones
distintas de país, pero que desea encontrar
puntos de encuentro que, lamentablemente, se
alejan del juego democrático a medida que
pasan los días.
La actual administración gubernamental, el
partido gobernante y los personajes
políticos vigentes, son producto del
desencanto político (sistemas), y hartazgo
ciudadano con los pseudopolíticos (personas)
del pasado, que explotó en las pasadas
elecciones nacionales, generando una
catarsis emocional pocas veces experimentada
en nuestro país, catapultando al Palacio
Quemado a esta administración, que
programaba tiempos de cambio, que buena
falta le hacia al país. Cambios expresados
con tal firmeza y convicción, que pocos
dudaron (dentro y fuera del país), del
proceso transformador iniciado, que
permitiría cimentar una sociedad más justa y
alejada de las desigualdades producidas por
todas las anteriores experiencias políticas.
Y todo esto, en estricto cumplimiento de los
preceptos constitucionales y democráticos,
que sellaron y dirimieron, en una justa
libre y democrática, las alternativas
ciudadanas a través del voto. Y la mayoría
contenta, el saldo esperanzado.
Lamentablemente el desencanto actual, es
quizá mayor, al que experimentaba la
sociedad boliviana hace dos años y que con
grandes esperanzas apostó por un cambio real
y para bien, que no se está dando, pues hay
más de lo mucho malo de tiempos pasados que
de lo poco bueno vivido antes. El nuevo
orden institucionalizado en el país,
conlleva violencia, odio e intolerancia.
Presenta un enfrentamiento entre regiones,
peligrosamente confrontadas, no solo en
visiones diferentes de país, sino
lamentablemente, en rechazos raciales y
humanos, que proyectan una barbarie
colectiva. Y es que, efectivamente los
cambios se están dando…pero más para mal que
para bien.
Hoy estamos lamentando el resquebrajamiento
de una esperanza lo que está produciendo
una herida profunda en nuestro optimismo.
Señalamos como un error histórico la
intención de fundar un Estado social -
indigenista y comunitario con hegemonía
racial y cultural aimara - quechua, en un
país multicultural y multiétnico, que no
acepta imposición racial de ninguna
naturaleza y menos imposiciones de tipo
regional o departamental sobre otros, peor
idolatrando iconos externos, que nada tienen
que ver con nuestra realidad.
Una alternativa sustentada por buena parte
del país, y con la que nos identificamos
plenamente, impulsa a consolidar un país
autonómico, proceso iniciado, para sorpresa
de muchos, hace ya medio siglo, con la
conquista social - regional de las regalías
petroleras, luego con la instauración de las
Corporaciones de Desarrollo, siguiendo con
la promulgación de la Ley de Participación
Popular, la elección directa de los
Prefectos y finalmente con el registro de
firmas y el referéndum del 2 de Julio de
2006, expresando el anhelo ciudadano, de
poder definir y proyectar, por si mismo y en
forma totalmente autónoma, su propio
destino.
Esta carrera debe realizarse y terminar en
total democracia. No hay alternativas para
que un proceso de esta naturaleza perdure en
el tiempo. A pesar de las dudas, a pesar de
los riesgos, a pesar del tiempo en contra,
debemos cuidar a esta Dama.
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