Editorial

 Edición 388 - 24/03/2008

 

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Europa necesita un mercado energético común

 

Es hora de que la Unión Europea (UE) deje de intentar defender la ficción institucional. En la UE no existe libre movimiento de capitales: las barreras proteccionistas de Francia, Alemania e Italia dan fe de ello. Y, dado que las empresas no pueden invertir libremente en el resto de las economías, no contamos con un mercado energético común, algo que Europa necesita ahora más que nunca.

 

Para que Europa goce de un mercado energético global y de grupos energéticos paneuropeos, es necesaria una formativa paneuropea que controle las adquisiciones entre distintos países. Sin embargo, queda mucho camino para conseguir este objetivo.


No todos los países han jugado las mismas bazas. Ante la ausencia de una normativa común, los defensores del libre mercado son vulnerables a las acciones contraproducentes de los proteccionistas.


Reino Unido ha adoptado una actitud de amplias miras con respecto a la liberalización de sus mercados y sus políticas y decisiones han mantenido la coherencia de un régimen liberalizado, Francia y Alemania, sin embargo, no ponen en práctica lo que predican.


Cuando la italiana Enel mostró su interés por Suez, Patrick Devedjian, secretario general de la UMP-el partido del actual Gobierno francés-declaró: “nuestro país no puede permitirse dejar ese patrimonio en manos de competidores que sólo velarían por sus intereses”. ¿Mantendrá Devedjian la misma opinión si la eléctrica francesa EDF, propiedad del estado, intentara hacerse con el control de Iberdrola?


Al igual que Reino Unido, España ha liberalizado su mercado energético, pero su compromiso con la liberalización no es inamovible. De hecho, podría verse obligada a cambiar las políticas adoptadas durante la última década si decidiera manifestarse en contra de que grupos estatales extranjeros controlen la mayor parte de sus compañías energéticas.
Gracias a sus reservas energéticas, Latinoamérica es un área de interés estratégico para Europa. Esta región no sólo ayuda a Europa a diversificar sus fuentes de suministro e inversiones en energía, sino que además contribuye a consolidad una alianza con una región que está estrechando sus lazos con Asia. Para España, una posición de fortaleza en Latinoamérica es fundamental para mantener su lugar dentro de los escenarios europeo e internacional. Nadie puede negar los fuertes lazos históricos y culturales que comparte con la región. Pero los vínculos políticos no bastan.


La importancia de las estrategias económica y tecnológica en la consolidación de las relaciones es cada vez mayor. El sector energético, en especial el de las energías renovables, podría ofrecer a España la posibilidad de ejercer una fuerte influencia en Latinoamérica, ya que las compañías energéticas españolas están ayudando a las empresas de los sectores productivos de Latinoamérica a modernizarse.


Ahora que EEUU, China y Rusia compiten por los recursos energéticos, la debilidad inherente de Europa es evidente. Esta pérdida de fuerza se ve agravada por la incapacidad de la UE para hablar como un solo interlocutor en sus relaciones con Rusia.


Europa tiene que escoger entre optar por un mercado común liberalizado o por un mercado proteccionista. Este es el debate real, y no se puede posponer por más tiempo.