Por: Daniela Cid Mayorga, Luciano Alarcón
AméricaEconomía
Las cifras son elocuentes. Petróleos Mexicanos, Pemex
(Nº 1 en el ranking de AméricaEconomía), Petróleos de
Venezuela, PDVSA (Nº2) y Petróleos de Brasil, Petrobras
(Nº3) -las tres compañías que desde hace quince años
vienen liderando ininterrumpidamente el Ranking de las
500 Mayores Empresas de AméricaEconomía- sumaron el año
pasado ventas por nada menos que $US 230.142 millones,
más que los PIB de Argentina y Chile, por ejemplo.
No sólo eso. La
facturación de las tres gigantes sumadas superó en $US
54.798 la registrada en 2004, un fiel reflejo de los
altos precios del petróleo en el mercado internacional.
Sin embargo, estos números están lejos de quitar a Pemex,
PDVSA y -algo menos- Petrobras del centro de los
debates. ¿La razón? Por un lado, para algunos analistas
las grandes petroleras de la región siguen escondiendo
ineficiencias que les harán difícil la tarea de seguir
creciendo en el mediano y largo plazo en un negocio cada
vez más limitado a los peces grandes. Por el otro, hay
cada vez más voces que se alzan pidiendo meter mano en
la llamada renta petrolera como forma de paliar las
dramáticas condiciones sociales en las que viven
millones de brasileños, mexicanos y venezolanos.
Ambos -los que piden
mayor autonomía para las empresas y quienes abogan por
mayor intervención estatal- deberán seguir esperando.
Mientras las grandes petroleras de la región sigan
beneficiándose de los altos precios del petróleo como lo
hicieron durante 2005, lo más probable es que las
empresas no realicen grandes cambios a sus modelos de
gestión y hagan caso omiso a las presiones en uno y otro
sentido.
México es un ejemplo
paradigmático. Con una de las tasas de recaudación
impositiva más bajas del mundo y una demorada reforma
tributaria durmiendo en los cajones del Parlamento
mexicano, Pemex sigue aportando buena parte de los
ingresos fiscales. “Los ingresos petroleros del Fisco
mexicano representan aproximadamente el 38,5% de las
entradas totales del gobierno”, dice José Antonio Cerro,
profesor e investigador del Departamento de Estudios
Empresariales de la Universidad Iberoamericana (UIA), en
Ciudad de México.
CARGA PESADA
Guillermo Ortiz,
gobernador del Banco Central de México, expuso hace unos
meses el problema con cifras contundentes: de cada 100
pesos mexicanos que aporta Pemex al Fisco, sólo 10 se
invierten en obras de infraestructura y los 90 restantes
son utilizados para financiar gasto corriente federal.
La falta de inversiones termina, como siempre, pasando
la factura. Durante 2005 México exportó petróleo crudo
por casi $US 31.900 millones, pero debió importar
gasolina por $US 4.430 millones. Sin un caudal de
inversiones que aseguren una suficiente capacidad de
refinación, el país está obligado a importar derivados
del petróleo a un precio más alto que el que muestran
sus exportaciones de crudo.
Con esa carga sobre sus
espaldas, no sorprende que durante el año pasado Pemex
haya multiplicado sus pérdidas a $US 7.077,8 millones,
cinco veces más que en 2004.
Al menos un paliativo a
esa pesada carga podría provenir de otro proyecto que
duerme en el Congreso mexicano y que busca que Pemex
comience a pagar impuestos sobre la base de sus
ganancias en lugar de hacerlo sobre la base de su gasto
corriente, como lo hace en la actualidad, lo que le
obliga a endeudarse para financiar su carga tributaria.