Edición 363 - 24/09/2007

 

Opinión

Es hora de tomar en serio a Bolivia

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Las convulsiones de Bolivia son inquietantes. No es indiferente lo que sucede allí, especialmente cuando el vecino puede dividirse y quedar contigua a nosotros su parte más radicalizada.

Evo Morales fue elegido con la más alta votación que se recuerde en Bolivia. Su promisoria situación, favorecida por valiosos hidrocarburos, ha cambiado drásticamente.

Una gestión desordenada, autoritaria e ideologizada desencadenó violencia, mayor producción de coca, expropiaciones, intromisiones de Chávez, de Cuba y ahora de Irán; fracturas políticas y divisiones geográficas internas por demandas autonómicas de sus provincias.

Sucre, sede de la Asamblea Constituyente, testigo del fracaso de los acuerdos para una constitución, reclama el derecho a ser la capital, viéndose amenazada de ocupación por campesinos armados bajo la mirada impotente (¿?) de fuerzas armadas con abiertos financiamientos venezolanos.

El pueblo boliviano recuerda a su presidente que no lo eligió para que impusiera ideologías y menos para hacerlo vitalicio, una de las tentaciones mayores del socialismo caribeño que lo inspira.

Chile puede ayudar mucho a Bolivia con soluciones distintas de ceder soberanía. La mejor cooperación es invertir en buenos caminos y puertos chilenos que la conecten eficazmente al Pacífico. Para ello, no hay que ceder soberanía ni pedir permiso a Perú y se puede hacer "aquí y ahora".

Tales obras, aunque no satisfacen la demanda histórica boliviana, son más útiles para su pueblo y su desarrollo que otras promesas incumplibles. No será posible acoger una demanda boliviana que solo se satisface transfiriendo territorios chilenos, sin canje.

Los únicos viables de negociar --de los otros depende nuestra continuidad territorial-- están en la frontera con el Perú que, también con ambigüedad, no está dispuesto a dejar de ser nuestro vecino y tiene derecho a vetar.

¿Quién podría entregar simplemente soberanía y revisar tratados que afectan a parte considerable de la población y del territorio nacional? ¿Qué acuerdo duradero se podría alcanzar en medio de turbulencias altiplánicas de su propia responsabilidad? Bolivia quiere soberanía, y no menos. Lo demás es música y eso lo deberían tener claro nuestros diplomáticos, políticos y uniformados que, a veces, crean expectativas frustrantes.

La eterna discusión sobre una cesión territorial con soberanía continúa postergando la construcción de infraestructura y la prestación de servicios que beneficiarán a chilenos y bolivianos. Ese camino constructivo es, además, muestra de seriedad y sensibilidad ante nuestro vecino y la comunidad internacional.

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