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>> Por: Ing. José Kreidler G.
pepe@kreidlergroup.com
El problema de desabastecimiento de
combustible, merced a los desastres
naturales y los bloqueos que,
anecdóticamente, los vimos estos días por la
televisión -que los padecieron nuestros
compatriotas tarijeños, mañana los
agropecuarios y pasado mañana el resto de
los bolivianos-, es de extrema importancia.
En el mundo entero, asegurar las fuentes y
los canales de suministro de hidrocarburos
tiene una importancia estratégica de primer
nivel, lo cual se puede constatar a través
de los motivos de las últimas guerras en
todo el sentido de la palabra, que han sido
ocasionadas por el control de estos vitales
elementos.
En nuestro país, sin embargo, ante la falta
de una política de Estado de carácter
permanente y estratégica en materia
energética, en otras palabras, una doctrina
nacional, debemos asistir impávidos a la
situación real del 'sálvese quien pueda'
para solucionar los problemas de
desabastecimiento de combustible.
La precariedad de las vías de comunicación,
los bloqueos periódicos de los caminos, los
cierres de válvulas (sin causa relacionada
con el sector) y la subvención de los
hidrocarburos, que alienta el uso irracional
y distorsiona el mercado, son parte de los
elementos del marco referencial adecuado
para darnos cuenta del verdadero y trágico
costo de la falta de seguridad energética.
Por otra parte, es bien conocido que nuestro
petróleo es rico en hidrocarburos livianos y
pobre en pesados, lo que le confiere
intrínsecamente un precio mayor en el
mercado internacional, pero la realidad del
mercado boliviano es que hay un severo
déficit de diésel oil y aceites lubricantes.
Al margen de ello, en la periferia económica
del país, cercana o alejada de los centros
urbanos, no siempre es posible contar con
gas licuado y gasolina.
El axioma que se difunde ampliamente por su
acierto es que la energía más cara es
aquélla que no se tiene. Claramente, por lo
tanto, nos damos cuenta de que, como país,
no saldremos jamás de ese estado, llamado
eufemísticamente de subdesarrollo - cuando
mejor sería llamarlo por su nombre: pobreza-
si no contamos con la disponibilidad, cuando
se la requiera y de forma oportuna, de
energía. Y en eso hay que hacer una
diferenciación obligatoria: no es lo mismo
que le falte diésel oil a una mina o a una
fábrica metalmecánica, que al productor del
agro, puesto que, por un lado, estamos
tratando con productos imperecederos,
mientras que, por el otro, al ser productos
perecederos, no retirar la cosecha o no
transportarla derivará en su degradación o
putrefacción. Obviamente, todos los actores
sociales, sin excepción, se perjudican
cuando no producen por no contar con la
energía para mover el aparato productivo.
En los últimos años se ha centrado la
discusión en cuánto y cómo cobrar las
regalías y los impuestos que generan la
industria de los hidrocarburos, y en quiénes
tienen que controlar la producción, el
transporte, la comercialización y la
exportación del petróleo y el gas natural,
con lo que se descuida supinamente el tema
del abastecimiento del mercado interno hasta
que se presentan problemas como en el
presente. Hemos convertido un problema de
fondo en temas meramente coyunturales. En
otros términos, somos una sociedad reactiva.
Se requiere, por lo tanto, con carácter
perentorio, esa política energética que nos
alumbre el camino que deberemos transitar
para continuar en la lucha por el progreso.
Mientras no entendamos esta urgencia,
seguiremos lamentando nuestro atraso y
pobreza, y mirando cómo nuestros vecinos de
alejan cada vez más de nuestro 'espléndido
aislamiento'.
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