Edición 373 - 03/13/2007

 

Opinión

El costo de la energía

 

>> Por: Ing. José Kreidler G.

     pepe@kreidlergroup.com

 

El problema de desabastecimiento de combustible, merced a los desastres naturales y los bloqueos que, anecdóticamente, los vimos estos días por la televisión -que los padecieron nuestros compatriotas tarijeños, mañana los agropecuarios y pasado mañana el resto de los bolivianos-, es de extrema importancia. En el mundo entero, asegurar las fuentes y los canales de suministro de hidrocarburos tiene una importancia estratégica de primer nivel, lo cual se puede constatar a través de los motivos de las últimas guerras en todo el sentido de la palabra, que han sido ocasionadas por el control de estos vitales elementos.

 

En nuestro país, sin embargo, ante la falta de una política de Estado de carácter permanente y estratégica en materia energética, en otras palabras, una doctrina nacional, debemos asistir impávidos a la situación real del 'sálvese quien pueda' para solucionar los problemas de desabastecimiento de combustible.

 

La precariedad de las vías de comunicación, los bloqueos periódicos de los caminos, los cierres de válvulas (sin causa relacionada con el sector) y la subvención de los hidrocarburos, que alienta el uso irracional y distorsiona el mercado, son parte de los elementos del marco referencial adecuado para darnos cuenta del verdadero y trágico costo de la falta de seguridad energética. Por otra parte, es bien conocido que nuestro petróleo es rico en hidrocarburos livianos y pobre en pesados, lo que le confiere intrínsecamente un precio mayor en el mercado internacional, pero la realidad del mercado boliviano es que hay un severo déficit de diésel oil y aceites lubricantes. Al margen de ello, en la periferia económica del país, cercana o alejada de los centros urbanos, no siempre es posible contar con gas licuado y gasolina.

El axioma que se difunde ampliamente por su acierto es que la energía más cara es aquélla que no se tiene. Claramente, por lo tanto, nos damos cuenta de que, como país, no saldremos jamás de ese estado, llamado eufemísticamente de subdesarrollo - cuando mejor sería llamarlo por su nombre: pobreza- si no contamos con la disponibilidad, cuando se la requiera y de forma oportuna, de energía. Y en eso hay que hacer una diferenciación obligatoria: no es lo mismo que le falte diésel oil a una mina o a una fábrica metalmecánica, que al productor del agro, puesto que, por un lado, estamos tratando con productos imperecederos, mientras que, por el otro, al ser productos perecederos, no retirar la cosecha o no transportarla derivará en su degradación o putrefacción. Obviamente, todos los actores sociales, sin excepción, se perjudican cuando no producen por no contar con la energía para mover el aparato productivo.

 

En los últimos años se ha centrado la discusión en cuánto y cómo cobrar las regalías y los impuestos que generan la industria de los hidrocarburos, y en quiénes tienen que controlar la producción, el transporte, la comercialización y la exportación del petróleo y el gas natural, con lo que se descuida supinamente el tema del abastecimiento del mercado interno hasta que se presentan problemas como en el presente. Hemos convertido un problema de fondo en temas meramente coyunturales. En otros términos, somos una sociedad reactiva.

 

Se requiere, por lo tanto, con carácter perentorio, esa política energética que nos alumbre el camino que deberemos transitar para continuar en la lucha por el progreso. Mientras no entendamos esta urgencia, seguiremos lamentando nuestro atraso y pobreza, y mirando cómo nuestros vecinos de alejan cada vez más de nuestro 'espléndido aislamiento'.

 

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