Ing. Alvaro Ríos R.

Fue Secretario Ejecutivo de OLADE y Ministro de Hidrocarburos de Bolivia

Eficiencia energética, cambio climático y desarrollo social

 

La coyuntura actual nos revela, que sin acceso seguro a energía es básicamente imposible desarrollar políticas alimentarias, de salud, educación y otras áreas que contribuyen al bienestar social del ser humano. De la misma manera, sin acceso a energía continua y eficiente, es básicamente imposible lograr competitividad y por ende desarrollo económico, elemento fundamental para lograr también el bienestar social del ser humano. Todo esto, en un planeta librado a la globalización comercial y económica, pero desafortunadamente, en infancia de estar políticamente globalizado.

 

En este orden de cosas, es igualmente importante comprender que en las próximas tres a cuatro décadas, el planeta requerirá cada vez mas energía (2 a 3% por año) debido al elevado crecimiento vegetativo y crecimiento económico, principalmente de los países en vías de desarrollo, que con justa razón requieren mas energía para desarrollarse y disminuir en algo la brecha que los separa de los países desarrollados.

 

Así mismo, comprender que en el periodo de tiempo señalado, de una manera u otra, los combustibles fósiles seguirán dominando la estructura primaria de fuentes de energía (75 a 80%), y que las energías renovables (con todo el esfuerzo que se está impulsando) solo contribuirán con el 20 a 25%. Dentro de este escenario de alta demanda de energía y alta dependencia a los combustibles fósiles, surge infortunadamente una nueva variable: la responsabilidad por el calentamiento global, fruto de las emisiones de gases invernadero de la combustión de los combustibles fósiles, principalmente el CO2.

 

Sin duda que es un escenario complicado y un dilema para el ser humano, que como hemos visto, no podrá dejar de lado la dependencia a la energía, ni a los combustibles fósiles en las próximas tres a cuatro décadas, pero paralelamente, tampoco puede descuidar el entorno en el que mora. En este laberinto energético, sin duda que  el uso eficiente y racional de la energía, con desarrollo tecnológico y conciencia sobre su uso, son por ahora uno de los mejores escenarios que debemos perseguir.

 

La concentración de CO2 en la atmósfera, puede ser manejada en cierta manera por una serie de medidas tecnológicas en las próximas tres a cuatro décadas. La eficiencia energética, es la que más puede contribuir al difícil escenario planteado (40%). El uso de biocombustibles en el segmento transporte, la mezcla de combustibles en industrias y edificios, la transformación de carbón a gas, la energía nuclear, la hidroelectricidad, la biomasa y otras energías renovables son también elementos muy contributivos (40%). Finalmente,  la tecnología para capturar, transportar y almacenar CO2 en la generación eléctrica, en la industria y en la transformación de los combustibles será otro factor muy contributivo (20%).

 

La eficiencia energética es por lo tanto una significativa área de trabajo a futuro. A medida que la economía global crezca, lo hará la demanda de energía como lo hemos señalado anteriormente. Empero, los escenarios mundiales nos sellan que habrá significativas contribuciones tecnológicas para bajar el consumo total y por ende la intensidad de consumo en más eficientes casas, automóviles, electrodomésticos y oficinas. Estos escenarios demuestran que en los próximos tres a cuatro decenios se puede reducir la demanda de 40 a 45% por este efecto tecnológico.

Sin embargo, estos escenarios, no toman en cuenta los ahorros que se pueden lograr generando una conciencia en el uso racional e inteligente de la energía. Es decir, no dejar de desarrollarse, pero evitar el desperdicio de energía, que consecuentemente traerá una serie de beneficios económicos, sociales y ambientales y que no necesariamente tienen que ver con un mayor desarrollo tecnológico.

Estas dos contribuciones, tanto del lado de la utilización de tecnología más eficiente en equipos y artefactos, como en un uso energético más racional e inteligente, son dos medidas que los países de Latinoamérica y el Caribe deben tratar de apropiar en sus políticas. No cabe titubeos, que la primera es una medida de mucho más largo plazo, que requiere mucha regulación y reglamentación y que solo con voluntad política e inversión cuantiosa de recursos económicos y humanos se puede implementar. La segunda, de corto plazo, es mucho más fácil de desarrollar, con menores recursos, donde es posible logar resultados efectivos y concretos, con campañas de concienciación sobre el uso eficiente de la energía dirigidas a ciudadanos, empresas e instituciones.

 

En el reciente estudio de OLADE de “Prospectiva Energética al 2018”, el tema de eficiencia energética arroja sumas trascendentales de ahorro en caso de implementarse Planes Nacionales de Eficiencia de corto y largo plazo en los países de Latinoamérica y el Caribe. Se estima ahorros en 109.5 billones de dólares entre el 2003 y el 2018 (7.20 billones en Centroamérica, 0.40 billones en el Caribe y 101.9 billones en Suramérica)

 

Lo significativo es que existe interés y voluntad por diseñar y ejecutar programas Nacionales de Eficiencia Energética de largo plazo en casi toda la Región, siguiendo las experiencias de países como Brasil, Colombia, Cuba, México, que en mayor o menor grado ya han adoptado, desde algún tiempo atrás, Planes Nacionales de Eficiencia Energética

 

Creemos que importantes recursos de la comunidad internacional podrían destinarse a esta voluntad política existente en la gran mayoría de los países de Latinoamérica y el Caribe para instalar Programas Regionales de Eficiencia Energética de largo término. Lo anterior, redundaría en contribución regional al cuidado de nuestro hábitat, así como a las economías nacionales que pueden destinar este ahorro a áreas sociales.

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