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Eficiencia energética, cambio
climático y desarrollo social
La coyuntura actual nos revela, que sin
acceso seguro a energía es básicamente
imposible desarrollar políticas alimentarias,
de salud, educación y otras áreas que
contribuyen al bienestar social del ser
humano. De la misma manera, sin acceso a
energía continua y eficiente, es básicamente
imposible lograr competitividad y por ende
desarrollo económico, elemento fundamental
para lograr también el bienestar social del
ser humano. Todo esto, en un planeta librado
a la globalización comercial y económica,
pero desafortunadamente, en infancia de
estar políticamente globalizado.
En este orden de cosas, es igualmente
importante comprender que en las próximas
tres a cuatro décadas, el planeta requerirá
cada vez mas energía (2 a 3% por año) debido
al elevado crecimiento vegetativo y
crecimiento económico, principalmente de los
países en vías de desarrollo, que con justa
razón requieren mas energía para
desarrollarse y disminuir en algo la brecha
que los separa de los países desarrollados.
Así mismo, comprender que en el periodo de
tiempo señalado, de una manera u otra, los
combustibles fósiles seguirán dominando la
estructura primaria de fuentes de energía
(75 a 80%), y que las energías renovables
(con todo el esfuerzo que se está
impulsando) solo contribuirán con el 20 a
25%. Dentro de este escenario de alta
demanda de energía y alta dependencia a los
combustibles fósiles, surge infortunadamente
una nueva variable: la responsabilidad por
el calentamiento global, fruto de las
emisiones de gases invernadero de la
combustión de los combustibles fósiles,
principalmente el CO2.
Sin duda que es un escenario complicado y un
dilema para el ser humano, que como hemos
visto, no podrá dejar de lado la dependencia
a la energía, ni a los combustibles fósiles
en las próximas tres a cuatro décadas, pero
paralelamente, tampoco puede descuidar el
entorno en el que mora. En este laberinto
energético, sin duda que el uso eficiente y
racional de la energía, con desarrollo
tecnológico y conciencia sobre su uso, son
por ahora uno de los mejores escenarios que
debemos perseguir.
La concentración de CO2 en la atmósfera,
puede ser manejada en cierta manera por una
serie de medidas tecnológicas en las
próximas tres a cuatro décadas. La
eficiencia energética, es la que más puede
contribuir al difícil escenario planteado
(40%). El uso de biocombustibles en el
segmento transporte, la mezcla de
combustibles en industrias y edificios, la
transformación de carbón a gas, la energía
nuclear, la hidroelectricidad, la biomasa y
otras energías renovables son también
elementos muy contributivos (40%).
Finalmente, la tecnología para capturar,
transportar y almacenar CO2 en la generación
eléctrica, en la industria y en la
transformación de los combustibles será otro
factor muy contributivo (20%).
La eficiencia energética es por lo tanto una
significativa área de trabajo a futuro. A
medida que la economía global crezca, lo
hará la demanda de energía como lo hemos
señalado anteriormente. Empero, los
escenarios mundiales nos sellan que habrá
significativas contribuciones tecnológicas
para bajar el consumo total y por ende la
intensidad de consumo en más eficientes
casas, automóviles, electrodomésticos y
oficinas. Estos escenarios demuestran que en
los próximos tres a cuatro decenios se puede
reducir la demanda de 40 a 45% por este
efecto tecnológico.
Sin embargo, estos escenarios, no toman en
cuenta los ahorros que se pueden lograr
generando una conciencia en el uso racional
e inteligente de la energía. Es decir, no
dejar de desarrollarse, pero evitar el
desperdicio de energía, que consecuentemente
traerá una serie de beneficios económicos,
sociales y ambientales y que no
necesariamente tienen que ver con un mayor
desarrollo tecnológico.
Estas dos contribuciones, tanto del lado de
la utilización de tecnología más eficiente
en equipos y artefactos, como en un uso
energético más racional e inteligente, son
dos medidas que los países de Latinoamérica
y el Caribe deben tratar de apropiar en sus
políticas. No cabe titubeos, que la primera
es una medida de mucho más largo plazo, que
requiere mucha regulación y reglamentación y
que solo con voluntad política e inversión
cuantiosa de recursos económicos y humanos
se puede implementar. La segunda, de corto
plazo, es mucho más fácil de desarrollar,
con menores recursos, donde es posible logar
resultados efectivos y concretos, con
campañas de concienciación sobre el uso
eficiente de la energía dirigidas a
ciudadanos, empresas e instituciones.
En el reciente estudio de OLADE de
“Prospectiva Energética al 2018”, el tema de
eficiencia energética arroja sumas
trascendentales de ahorro en caso de
implementarse Planes Nacionales de
Eficiencia de corto y largo plazo en los
países de Latinoamérica y el Caribe. Se
estima ahorros en 109.5 billones de dólares
entre el 2003 y el 2018 (7.20 billones en
Centroamérica, 0.40 billones en el Caribe y
101.9 billones en Suramérica)
Lo significativo es que existe interés y
voluntad por diseñar y ejecutar programas
Nacionales de Eficiencia Energética de largo
plazo en casi toda la Región, siguiendo las
experiencias de países como Brasil,
Colombia, Cuba, México, que en mayor o menor
grado ya han adoptado, desde algún tiempo
atrás, Planes Nacionales de Eficiencia
Energética
Creemos que importantes recursos de la
comunidad internacional podrían destinarse a
esta voluntad política existente en la gran
mayoría de los países de Latinoamérica y el
Caribe para instalar Programas Regionales de
Eficiencia Energética de largo término. Lo
anterior, redundaría en contribución
regional al cuidado de nuestro hábitat, así
como a las economías nacionales que pueden
destinar este ahorro a áreas sociales.
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