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Winston
Estremadoiro |
No iba a escribir esta semana, aquejado de una gripe que
me atacó como a guarayo, decimos, ilustrando que en
contacto con los europeos, aquellos se morían de tan
exótico virus. Rumiaba una apología del rebuscamiento en
el lenguaje, en respuesta a una lectora que me censuró
la ataraxia y el paroxismo de mi nota anterior. Buena
cochabambina, aduló mi cultura verbal, luego me pegó un
batacazo con el argumento de que la gente común no
domina tan raros vocablos: ergo, no me estoy haciendo
entender.
Pues sostengo que enriquecer el vocabulario no es
mochila que pese, ni tatuaje que marque. Para mí sería
un logro si alguien abre un diccionario y se entera de
que ataraxia significa impasibilidad; paroxismo, la
exaltación extrema de afectos y pasiones. Ambos opuestos
describen a los aymaras que tienen al país al borde del
abismo sitiando la sede de gobierno, hoy como en
1781.
En eso, sacudió a mi musa como una bofetada un titular
de
La
Razón:
seis de cada 10 bolivianos quieren marcharse del país:
5.7 millones de compatriotas se irían si tuvieran los
medios económicos; ya se marcharon 3 millones; falta de
oportunidades, pobreza y desempleo son las causas.
Una primera reflexión es que no se trata de Colombia,
país con similar superficie pero 40 millones de
habitantes. Los bolivianos quieren irse a España y
Francia, cuyos territorios sumados no llegan al
1.098.581 km2 de Bolivia, pero cuya población conjunta
supera 80 millones. Arriesgan vidas y ahorros para
ingresar por senderos de coyotes a Texas y California,
estados de la Unión de extensión apenas mayor que
nuestro país, pero con más de 50 millones de gentes.
Bolivia requiere de una política que favorezca la
inmigración, para encarar el serio contrasentido de ser
un país que necesita gentes, pero las exporta.
Una
segunda lucubración enfoca aspectos sociológicos de la
migración. La emigración es selectiva por naturaleza, es
decir, emigran los fuertes, los audaces, los jóvenes,
los más capacitados. Se quedan los débiles, los
timoratos, los viejos, los menos capaces. Ya se han ido
3 millones y miles hacen cola para obtener pasaportes.
El éxodo ocurre en una despoblada Bolivia de 9.4
millones de seres, cuyo 61%, imagínense, quiere mandarse
a mudar a otra parte. Fantasmagórica perspectiva: un
país abandonado, sin un último tipo que apague la luz al
salir.
El 32%
de los bolivianos radica en el exterior, cifra
importante en lo cuantitativo y lacerante en lo
cualitativo. Subrayo el lacerante, por la deformación de
la pirámide demográfica y porque siendo un país de
analfabetos –reales, funcionales y digitales- exportamos
a los que más saben. Corroboren mi acierto preguntándose
si conocen parientes y amigos afuera: operarios textiles
en Italia, maestros albañiles en Argentina o médicos en
los Estados Unidos.
La
situación refleja una vergüenza existencial: los que
mandan en Bolivia solo han hecho poco más que llenarse
los bolsillos, algo reflejado en otro tipo de emigrante:
el de condominio de lujo en Miami, jubilado de sus
latrocinios. Por el mal gobierno no se han creado las
condiciones para que tan escasa población encuentre un
venturoso destino en su patria de origen.
La gran
mayoría de los emigrados bolivianos son apreciados por
ser gente laboriosa y obediente de las leyes en los
países que los acogen, cualidad esta última que
pareciera diluirse cuando retornan a Bolivia. Ningún
agua de borraja, se estima que las remesas de los
emigrados suman un 4% del Producto Nacional Bruto. Tal
significativo aporte no es recompensado, cuando menos,
con reconocerles el derecho al voto ausente en las
elecciones nacionales. ¿O será que la mediocre clase
política prefiere arrear a su ignorante gleba hacia el
voto consigna –puka
papeleta, puka
papeleta, comentaba con sorna mi padre del voto
campesino de los 50- en vez de arriesgarse a un voto
calificado de gente superada con la emigración?
Con esa
impronta de cultura
light
deformada que es rasgo del gobierno de Carlos Mesa, su
Canciller echa la culpa del éxodo a los medios: la
imagen de Bolivia es transmitida no solo hacia afuera
sino hacia adentro, dando paso a la desesperanza. Podía
haber sido más profundo: reflexionar sobre la llaga de
este país donde se levantan castillos de naipes de
leyes de avanzada, cuando no hay recursos, cultura y
moral para su puesta en práctica; pensar en la falta de
ética del trabajo en sus dirigentes políticos y
sindicales, que cancelan con sus bloqueos los puestos de
empleo de las escasas industrias donde más se necesitan,
que migran, mírelo ahí, a esa Santa Cruz dizque
oligárquica y chupa sangre; lamentar esas formas tan
indignas de la condición humana –el desempleo abierto y
el oculto, y su primo hermano, el subempleo- que
hambrean a los bolivianos, mientras sus gobernantes les
tienen a dieta de promesas de miles de puestos de
trabajo.
El
Canciller Siles dice que las personas que quieren dejar
el país buscan paz y tranquilidad para trabajar. Acoto
que quizá hoy también están cansados de señoritos de
buena labia, que desgobiernan con sus melindres para
imponer el orden con la ley en la mano, en una Bolivia
que pareciera convulsionada de vocación. Comentario
sabio de una amiga, dan ganas que de una buena vez se
muera alguien en las bataholas del sitio de La Paz, para
endilgárselo a Carlos Mesa y que deje sus remilgos de
gobernar usando los medios que la Constitución y las
leyes le otorgan. Como dictar un estado de sitio y
despachar a mil alboroteros a sembrar yuca en el monte
para las cárceles y los orfanatos. Poner orden en el
país, lo que no es sinónimo de ganar concursos de
popularidad.
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