Winston Estremadoiro

Sangrando gentes  

Mayo 2005     

 

Winston Estremadoiro

No iba a escribir esta semana, aquejado de una gripe que me atacó como a guarayo, decimos, ilustrando que en contacto con los europeos, aquellos se morían de tan exótico virus. Rumiaba una apología del rebuscamiento en el lenguaje, en respuesta a una lectora que me censuró la ataraxia y el paroxismo de mi nota anterior. Buena cochabambina, aduló mi cultura verbal, luego me pegó un batacazo con el argumento de que la gente común no domina tan raros vocablos: ergo, no me estoy haciendo entender.

 

Pues sostengo que enriquecer el vocabulario no es mochila que pese, ni tatuaje que marque. Para mí sería un logro si alguien abre un diccionario y se entera de que ataraxia significa impasibilidad; paroxismo, la exaltación extrema de afectos y pasiones. Ambos opuestos describen a los aymaras que tienen al país al borde del abismo sitiando la sede de gobierno, hoy como en 1781.   

 

En eso, sacudió a mi musa como una bofetada un titular de La Razón: seis de cada 10 bolivianos quieren marcharse del país: 5.7 millones de compatriotas se irían si tuvieran los medios económicos; ya se marcharon 3 millones; falta de oportunidades, pobreza y desempleo son las causas.

 

Una primera reflexión es que no se trata de Colombia, país con similar superficie pero 40 millones de habitantes. Los bolivianos quieren irse a España y Francia, cuyos territorios sumados no llegan al 1.098.581 km2 de Bolivia, pero cuya población conjunta supera 80 millones. Arriesgan vidas y ahorros para ingresar por senderos de coyotes a Texas y California, estados de la Unión de extensión apenas mayor que nuestro país, pero con más de 50 millones de gentes. Bolivia requiere de una política que favorezca la inmigración, para encarar el serio contrasentido de ser un país que necesita gentes, pero las exporta.  

 

Una segunda lucubración enfoca aspectos sociológicos de la migración. La emigración es selectiva por naturaleza, es decir, emigran los fuertes, los audaces, los jóvenes, los más capacitados. Se quedan los débiles, los timoratos, los viejos, los menos capaces. Ya se han ido 3 millones y miles hacen cola para obtener pasaportes. El éxodo ocurre en una despoblada Bolivia de 9.4 millones de seres, cuyo 61%, imagínense, quiere mandarse a mudar a otra parte. Fantasmagórica perspectiva: un país abandonado, sin un último tipo que apague la luz al salir.

 

El 32% de los bolivianos radica en el exterior, cifra importante en lo cuantitativo y lacerante en lo cualitativo. Subrayo el lacerante, por la deformación de la pirámide demográfica y porque siendo un país de analfabetos –reales, funcionales y digitales- exportamos a los que más saben. Corroboren mi acierto preguntándose si conocen parientes y amigos afuera: operarios textiles en Italia, maestros albañiles en Argentina o médicos en los Estados Unidos.

 

La situación refleja una vergüenza existencial: los que mandan en Bolivia solo han hecho poco más que llenarse los bolsillos, algo reflejado en otro tipo de emigrante: el de condominio de lujo en Miami, jubilado de sus latrocinios. Por el mal gobierno no se han creado las condiciones para que tan escasa población encuentre un venturoso destino en su patria de origen.   

 

La gran mayoría de los emigrados bolivianos son apreciados por ser gente laboriosa y obediente de las leyes en los países que los acogen, cualidad esta última que pareciera diluirse cuando retornan a Bolivia. Ningún agua de borraja, se estima que las remesas de los emigrados suman un 4% del Producto Nacional Bruto. Tal significativo aporte no es recompensado, cuando menos, con reconocerles el derecho al voto ausente en las elecciones nacionales. ¿O será que la mediocre clase política prefiere arrear a su ignorante gleba hacia el voto consigna –puka papeleta, puka papeleta, comentaba con sorna mi padre del voto campesino de los 50- en vez de arriesgarse a un voto calificado de gente superada con la emigración?

 

Con esa impronta de cultura light deformada que es rasgo del gobierno de Carlos Mesa, su Canciller echa la culpa del éxodo a los medios: la imagen de Bolivia es transmitida no solo hacia afuera sino hacia adentro, dando paso a la desesperanza. Podía haber sido más profundo: reflexionar sobre la llaga de este país donde se levantan  castillos de naipes de leyes de avanzada, cuando no hay recursos, cultura y moral para su puesta en práctica; pensar en la falta de ética del trabajo en sus dirigentes políticos y sindicales, que cancelan con sus bloqueos los puestos de empleo de las escasas industrias donde más se necesitan, que migran, mírelo ahí, a esa Santa Cruz dizque oligárquica y chupa sangre; lamentar esas formas tan indignas de la condición humana –el desempleo abierto y el oculto, y su primo hermano, el subempleo- que hambrean a los bolivianos, mientras sus gobernantes les tienen a dieta de promesas de miles de puestos de trabajo.    

 

El Canciller Siles dice que las personas que quieren dejar el país buscan paz y tranquilidad para trabajar. Acoto que quizá hoy también están cansados de señoritos de buena labia, que desgobiernan con sus melindres para imponer el orden con la ley en la mano, en una Bolivia que pareciera convulsionada de vocación. Comentario sabio de una amiga, dan ganas que de una buena vez se muera alguien en las bataholas del sitio de La Paz, para endilgárselo a Carlos Mesa y que deje sus remilgos de gobernar usando los medios que la Constitución y las leyes le otorgan. Como dictar un estado de sitio y despachar a mil alboroteros a sembrar yuca en el monte para las cárceles y los orfanatos. Poner orden en el país, lo que no es sinónimo de ganar concursos de popularidad.

 

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