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Winston
Estremadoiro |
Machete, sudor y ñeque son indispensables para abrir sendas en montes engreñados. Lo aprendieron los soldados del Chaco, demasiado tarde para rivalizar la destreza paraguaya de pechear monte y rodear al adversario. Hoy los invasores de parques nacionales reclutados por mercaderes de troncas y coca, saben que la selva pone un apósito a las veredas en un santiamén, cerrando las heridas que la lluvia infectaría al denudar el hueso de árido subsuelo de greda.
Si la senda en el monte no se mejora, primero ensanchándola, luego cavando zanjas de drenaje y limpiando accesos a vados que crucen ríos y arroyos, no llegará a ser vía permanente, a egresar al ripio o a graduarse de carretera asfaltada.
Se me dio por pensar en sendas sin consolidar, luego de informarme de los logros del Servicio Nacional de Defensa Pública (SENADEP), vástago de leyes bolivianas que nos ponen a la par de Suecia, sin tener ni su cultura de respeto al ordenamiento jurídico, ni recursos para solventar normas de avanzada.
No es el único huérfano de presupuesto que termina en la Gota de Leche de limosnas de la cooperación externa. Son hijos de un sistema legislativo que engendra entes cual sátiro promiscuo, pero luego es renuente a la asistencia familiar, con la ley gringa que zafa del brete con fianza juratoria: esa de jurar con dedos de mano diestra en cruz y conejitos en la siniestra. Sus ancestros son ñustas de dura ley Inca de pena de muerte a la menor ofensa, estupradas por encomenderos hispanos de “obedezco al Rey, pero no cumplo”.
Hoy linchan infelices a título de justicia comunitaria.
Porque en Bolivia tenemos leyes de todo cuño. Desde las que propician gambeteos de honrar préstamos bancarios, hasta las que salen, apuradas, en vísperas de aniversarios departamentales. Están de moda unas plagiadas del exterior, que premian a sus gestores con cortes europeas.
Como la ley contra la violencia familiar, que tipifica y sanciona tales agresiones físicas y sicológicas, de las que se conoce la punta del témpano por miedo de la mujer vapuleada, por el orgullo magullado de varones reprimidos, cuando no por el tradicional “porque me quiere, me aporrea”. O el Código de protección de niños, niñas y mujeres, coraza permeable a la violencia sexual; a sus ofensores -como el llorón asesino de la niña Estéfani- otras leyes abren vías para zafarles de la chirola y que vuelvan a las calles a cometer más fechorías.
Para no hablar de contemporización con dizque indios, que tiene repartido un porcentaje tal de la superficie del país para Tierras Comunitarias de Origen (TCO), que sumado a los parques nacionales de vigencia solo en el papel, hace urgente la recuperación de los perdidos Litoral, Acre y Chaco Boreal para cuadrar cifras. O el nuevo YPFB, que sin plata es pulpo omnipresente solo en la gaceta oficial.
Bolivia es una jungla de leyes sin respaldo económico para que se cumplan. He aquí el meollo del asunto: es un país que pone la carreta antes del caballo.
Sobrecargado está su carretón de normas de avanzada; el equino económico que lo jalaría a feliz destino es jamelgo escuálido, sin fuerzas siquiera para halar el gasto corriente de un Estado esmirriado y pordiosero.
Pero como el chuculún que hoy pone pálido de envidia a guarango reggaetón, el baile en boga lo dan leyes gestadas con el cuchillo en la garganta de bloqueos y algazaras de la democracia de plazuela en que vivimos. Un ejemplo claro es la Ley de Hidrocarburos, propiciada por sabios de peinado de libro con especialización en desarrollo del litio de Potosí.
Que desalienta cuando no ahuyenta inversiones para sacar el gas de los bolsones. Que no incentiva etapas previas de procesar el gas húmedo para exportarlo seco o industrializar sus componentes en el país. Mientras tanto, arrecia la pelea de perros por el hueso de impuestos de un recurso natural apenas salido de las entrañas de Tarija.
Dirá alguno que las elecciones venideras ofrecerán las panaceas que necesita el país para progresar. Dudoso, digo yo.
Como apunta H.C.F. Mansilla, el boliviano es rutinario y convencional, proclive al irracionalismo y al autoritarismo, consagrado “con genuino denuedo a destruir la naturaleza y a dilapidar los recursos naturales”. Y el país carece de una élite visionaria y patriota.
Lo demuestra la oferta electoral que otra vez lleva a votar por el menor de los males. Los candidatos van al baile con máscara timorata y demagógica de centro izquierda.
Eluden el dilema central boliviano: la visión de país que tienen el sur y el oriente priorizando el trabajo y la producción, opuesta a reivindicaciones sociales ilusas sin un cristo para financiarlas, que vocifera el occidente bloqueador.
Véase la izquierda radical, sórdida y oportunista, con su penoso reestreno de película estatista y populista, plena de corruptelas de telenovela.
Protagonizada por el viejo galán de la expropiación de inversiones extranjeras, sin tener un duro para costear una empanada y un refresco a las linduras oclocráticas de la Asamblea Constituyente, que es vista como el ábrete Sésamo de la cueva de tesoros de un nuevo país.
Hacen falta planteamientos para agrandar la economía y generar empleo.
Lo más claro de los presidenciables hasta ahora es la pobreza de ideas, cocinando mejunjes de fórmulas de candidatos collas y cambas como si fueran un conjuro de nuestros males.
Tan cándido y fantasioso como el paratatula de una hija mía, abracadabra con el que de niña exorcizaba los males con su disfraz de Mujer Maravilla.
Seguirán poniendo la torta países liberales de corazón sangrante, morbosos en ver al conejillo de indias jodiéndose a sí mismo: eso es nuestro pueblo que machetea sendas que no se consolidan. Mientras otros aplauden que nuestra patria siga su penoso baile de un paso adelante y dos atrás. ¡Viva Bolivia!
winston@supernet.com.bo
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