Winston Estremadoiro

Repartir la torta grande sin tenerla  

Agosto 2005     

 

Winston Estremadoiro

Se equivoca quien dice que el ocio no paga. A veces sí, como cuando salí a dar una vuelta, frustrado por la pantalla en blanco de mi computadora. Evitando atentados a mis derechos por marchistas que me ponen bilioso si voy en vehículo propio, tomé uno público hacia el centro. En una pared leí un grafito que me amistó con esos vejámenes al ornato público: “¿dónde se cobra el ingreso per cápita?”

 

Escuché de soslayo la conversación de dos matuteros de autos chutos, confesándose mutuamente que el uno tenía dos, el otro tres; buscaban noticias sobre su pulseta para que la aduana los deje libres de pagar aranceles, sin siquiera comprar un diario de a peso, ante la bronca del canillita. El vende periódicos, a su vez, es pequeño empresario de primoroso quiosco construido por la alcaldía para pintar la cara de una ciudad invadida de vendedores ambulantes.

 

Como muchos, burla al municipio cediendo a parientes los mamotretos a ser reemplazados. O los vende a paceñas que huyen de El Alto, abanderadas a las que luego se unen hijos y maridos en cinturones de emigrantes que sitian Cochabamba y Santa Cruz. Pasé por la oficina de Migración, siempre repleta de solicitantes de pasaportes, esos que justifican decenas de nuevas agencias de viaje con destinos tan sorprendentes como Bérgamo y Copenhague, Estocolmo y Buenos Aires, Washington y Madrid, donde engrosan la penosa estadística de 2 millones de bolivianos bregando en mil oficios en ciudades extrañas.

 

Luego me topé con una amiga a la que le va bien en su Apart Hotel, lleno de parejas belgas, francesas y españolas que vienen a adoptar niños: una obra de caridad para tantos expósitos abandonados, dijo. Para mis adentros, pensé que hasta los infantes se mandan a mudar del país para encontrar mejor destino. Se volvió loco este columnista, dirá alguno: ¿qué relación hay entre autos chutos, vendedores ambulantes, gentes huyendo de El Alto, bolivianos rajando de su país y párvulos adoptados por extranjeros?

 

Una palabra lo dice todo: empleo. Porque los chutos son manera indolente de que un desocupado revolee las calles en un taxi. Los vendedores ambulantes pugnan por trepar la escalera gremial que tiene en la cúspide a potentados contrabandistas que no pagan impuestos. Los fenicios altiplánicos son laboriosa respuesta a un referendo al que no se presta atención: ¿los bolivianos quieren bloquear o trabajar?

 

Que cuenten el voto de tantos compatriotas que nutren nostalgias en talleres de sudor en el exterior y alimentan sus familias con remesas de dinero. Que hieran nuestra sensibilidad los niños que se van a mejor futuro: sus madres, desamparadas, han perdido la dignidad y la conciencia responsables al traerlos al mundo. Ya en solitaria atalaya de saetero, con el cántaro de la inspiración lleno de agua fresca, recordé a ese gran Presidente estadounidense que fue F. D. Roosevelt, que se impuso la labor fundamental más grande: poner a las gentes a trabajar, mediante el reclutamiento por el propio gobierno, como planteó en su discurso inaugural a un país postrado por la Gran Depresión en 1933.

 

Contrasté nuestra Bolivia alucinante, donde el triste entramado del desempleo se matiza hoy en los titulares con la estulticia del tira y afloja por pedazos de la torta grande de los ingresos del gas. Y candidatos a Presidente eluden hablar sobre la economía y el desempleo. Como uno del neo-mirismo que solingo ha conseguido $200 millones, que con el apoyo de todos serán mil millones: la vaina es pagarlos. Otro que gana adeptos por quedarse callado, quizá por lo cansados que están los bolivianos de pajpakus de feria. Uno último más, coca-populista que coquetea con quien no es neo-liberal, pero tiene poses de intelectual adulado por la tele para ser inefectivo neo-Carlos Mesa; no le quita el sueño la economía y el desempleo, sino contemporizar en encumbrar a un indígena.

 

Los pedigüeños del gas suman y siguen. Ahí están los municipios, que ni han perfeccionado medios de control social para evitar despilfarros o desfalcos, pero ya cuentan los dólares de su tajada. Las universidades estatales, en su trinchera de autonomías obsoletas que encubren malgasto y parición desenfrenada de licenciados de una mano de barniz en ramas que tenemos en exceso, mandan a sus tontilocos a vociferar en las calles por un pedazo de torta.

 

Las Fuerzas Armadas quieren su porcentaje para adquirir, diga usted, capacidad disuasiva ante países cuyos ejércitos gastan anualmente el doble de los ingresos impositivos del gas de la paralizante Ley de Hidrocarburos. Quizá el más sensato de los voraces polluelos de dineros del gas, es un Servicio de Caminos clamando por $500 millones al año para encarar la vertebración de Bolivia: por lo menos las carreteras gestan el desarrollo. No sé si calificar la estupidez boliviana como rayana en lo cósmico o en lo cómico.

 

Cósmica por su dimensión y cómica por lo ridícula, es la pretensión de sacar tajadas a una torta del gas que apenas se ha amasado. Tan iluso como exigir los morlacos del millonario que será un hijo cuando crezca, estando la madre con dilatación cinco en la labor de parto de su nacimiento. Porque la inversión en el sector de hidrocarburos se ha reducido a migajas, ante una ley que pone más de 70% de cargas a las petroleras, entre regalías e impuestos.

 

Vuelcan su dinero a Perú, Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia, Trinidad y Tobago o Venezuela, donde el promedio entre regalías e impuestos raya entre 42.3% y 51.1%, y nadie osa cerrar válvulas de gas. Ni la Shengli invertirá en Bolivia: será china pero no cojuda. Pensé con tristeza si el compatriota que preguntó dónde se cobra el ingreso per cápita es un desempleado, un subempleado o uno de talento desperdiciado por ganarse el pan en lo que no es su fuerte. Es cuestión irónica, cuando no desgarradora.

 

winston@supernet.com.bo

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