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Winston
Estremadoiro |
Junto a Daniel Moreno Morales y Vivian Schwarz Blum,
bolivianos, el Dr. Michael Seligson, de la Universidad
Vanderbilt de Estados Unidos, es autor del primoroso
estudio
Auditoría de la democracia: Informe Bolivia 2004
(La Paz: Universidad Católica Boliviana, 2005). A Daniel
me une la amistad de su familia y la suya con mi hija;
con Vivian Schwarz y Gal Costa cantamos
Pedaço
de Mim,
hermosa canción de Chico Buarque, una noche en que fui
partícipe de una tenida de jóvenes en mi casa, creo que
más para atizar el fuego de la chimenea. No pude asistir
a la presentación del libro, pero hojeándolo arañé una
veta de datos sobre cambiantes valores y actitudes de
los bolivianos en el contexto de su democracia, que bien
harían en estudiar los candidatos de las elecciones.
Una entrevista al Dr. Seligson me agradó por sincera.
Dijo que Bolivia es el país que más ha avanzado en
cambios institucionales, pero dichos cambios no han
llevado al objetivo deseado de forjar una nación más
democrática y estable. Él es tímido en afirmar que ya no
es momento de seguir pensando en cambiar las reglas del
juego cada rato y más bien vivir por un tiempo con las
reglas dadas hasta ahora: es insensato cambiar el
sistema -las reglas del juego- cada dos o tres años. Yo
voy más allá.
Un proverbio árabe sentencia algo como que cuando se
termina de construir y vestir la casa, se está listo
para morir. Quizá por miedo a la parca es la infatuación
de los bolivianos con tantas reformas institucionales,
que sin basamento económico para su puesta en práctica,
quedan en enunciados solamente. Siempre construyendo: de
arriba para abajo y sin cimientos económicos. Siempre
vistiendo la casa: cambiando cortinas multicolores en
ventanas sin vidrios de este país pordiosero. No acaba
de secar la tinta de leyes señalando nuevos derroteros,
que los padres de la patria son digitados o se inspiran
con más innovaciones, sin consolidar la vigencia de las
previas, y menos, asentar su cumplimiento en la psiquis
social de un pueblo diverso, impulsivo y sabio, aunque
de escasas luces.
En los políticos, semejante sinrazón las más de las
veces no es un rasgo creativo, sino más bien cíclico por
lo repetitivo. Bordea en la ciclotimia: tal psicosis
maniaco-depresiva describe bien la propensión a repetir
experiencias fracasadas. Como romper el cimiento sólido
del D. S. 21060, que pregonan los amnésicos de la nueva
izquierda, olvidando la debacle inflacionaria de casi
30.000% y el país que se moría en 1985. Entonces los
pupilos del despelote permanente cerraron el pico, ante
la mano firme en el timón de un Paz Estenssoro, chapaco
que no sudaba por
ratings
televisivos.
Hoy en día la aria culminante de la ópera, ¿u opería?,
boliviana del nuevo milenio, es la Asamblea
Constituyente. Trama que los vociferantes del coro
radical apenas reprimen en imponerla popular y
revolucionaria: como la de 1971. Las organizaciones
indígenas rechazan un Consejo Pre-autonómico,
imagínense, porque “propone construir convergencias
sobre principios fundamentales del nuevo Estado,…ordenar
el debate público sobre temas centrales sobre el diseño
del Estado Unitario y Autonómico…”
Por eso aplaudo una voz valiente en este maremagno de
contemporización con un experimento de dudoso desenlace.
El Presidente del Tribunal Constitucional ha
advertido que será guardián de la actual Carta Magna
como poder constituido, mientras no sea modificada. El
Dr. Willman Durán hizo una clara diferencia entre la
Asamblea Constituyente de origen y una reformadora o
derivada que es la establecida en la Carta Magna. La
segunda está sometida a los límites explícitos e
implícitos establecidos en la Constitución vigente que
ha de reformar, sea esta reforma total o parcial. Y es
que los límites operan como una característica esencial
de todo Estado de Derecho: no se concibe un Estado de
Derecho sin límites, afirmó.
Por fin un estate quieto a los diversos sectores que hoy
enarbolan la Constituyente como escenario de refundación
de las estructuras del Estado boliviano.
Porque hasta el Arzobispo de Cochabamba aplaude el
proceso “fundante” (neologismo demasiado parecido a
fundente) de la nueva Bolivia, que se propone en la
Asamblea Constituyente. Lo hizo delante del Presidente
Rodríguez, que hace días lamentó
lo que califica como anomia del Estado o ausencia del
cumplimiento de la ley, al tiempo que el líder cocalero
de la
nouvelle gauche
apoyaba el desacato a la ley, que busca esclarecer 27
asesinatos de la llamada justicia comunitaria en
Yapacaní.
El
Monseñor ensalzó “los
valores fundantes como la honestidad, equidad,
legalidad, solidaridad y servicialidad”. Recordé la
Revolución Francesa, que tuvo su Asamblea Constituyente
de radicales girondinos sentados a la izquierda, y
moderados constitucionales monárquicos a la derecha. Y a
Robespierre, que pontificaba:
“¿cuál es el principio fundamental del gobierno
democrático o popular?,… Es la virtud… que no es otra
cosa que el amor a la Patria y a sus leyes… Como la
esencia de la república y la democracia es la igualdad,
el amor a la patria incluye… el amor a la igualdad… Ese
sentimiento sublime supone la preferencia del interés
público ante todos los intereses particulares”.
Tal fundamentalista
presidió el
Comité de Salvación Pública,
al que se le pueden atribuir muchas –él mismo incluido-
de 40.000
víctimas de la refundación gala: ley del embudo
mediante, aproximadamente el 8% fueron nobles, el 6%
miembros del clero, el 14% de clase media y el 70%
obreros y campesinos…
Fuera tema de tesis doctorales de ciencia política, la
disección de cómo calan asociaciones mentirosas en la
conciencia social, a fuerza de repetir medias verdades.
Como el contrasentido de una Asamblea Constituyente
vista como el abracadabra de una nueva Bolivia, con
dinero de limosna extranjera para solventarla.
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