Winston Estremadoiro

Medallas áureas de optimismo  

Agosto 2005     

 

Winston Estremadoiro

El otro día los titulares daban cuenta de la primera medalla de oro boliviana en los Juegos Bolivarianos. La ganó una linda compatriota nacida en Lima, en la especialidad de tiro --deportivo, valga la aclaración, vejetes rabo verde.

 

No fue la única medalla de oro del día. La otra la merecen representantes empresariales de Santa Cruz y de los sectores sociales de El Alto, comiendo juntos empanadas de jigote en la capital oriental. Ojalá que con refresco de mokochinchi, que no es otra cosa que durazno valluno pelado, secado, hervido y endulzado con azúcar camba: símbolo de esa Santa Cruz que es crisol de nacionalidad en diversidad de la patria.

 

Otrora discordes en concordia, ahora planean juntos conseguir $1.500 millones para inversiones en ambas ciudades y generar empleo. Otra medalla de oro la merece un amigo, símbolo él de la variopinta mezcla de gentes y costumbres de Bolivia, acervo tan digno de atesorar como nuestra biodiversidad de flora y fauna. Es un orgulloso beniano, variante itonama (que, por si no lo saben, son mis paisanos de Magdalena), casado con una linda cochabambina. Vivió casi una década de su vida en Nueva York, retornando sin hacerse al gringo --y eso que su ancestro alemán lo permitiría sin que hiciera el ridículo.

 

Mi cumpa representa en Bolivia a un consorcio de dos firmas internacionales. Metal-Tech fabrica, entre otras cosas, filamentos de wólfram o tungsteno, indispensables en las ubicuas bombillas que iluminan nuestros aposentos; tiene su sede en Israel y oficina en Londres, donde cotiza en la Bolsa de Valores; invierte en países tan diversos como Kirguizistán, Angola y Colombia.

 

Su socia Euromet es una comercializadora de metales con sede en Londres. Ambas han formado consorcio para invertir en Bolivia, detalle que con la pésima imagen que tenemos de marchistas, bloqueadores y huelguistas de hambre, solo prueba lo audaces, valientes o visionarios que son. Lo que me impresionó de este emprendimiento es la novedad de que el consorcio Metal Tech-Euromet pretende hacerlo a través de joint ventures, no con empresarios del rubro, sino con las cooperativas mineras de Bolivia.

 

Tienen negociaciones en curso con las cooperativas de Kami, en Cochabamba, y Bolsa Negra, en La Paz. Con la primera ya tienen un acuerdo preliminar aprobado por su Asamblea General, máxima instancia consultiva de los cooperativistas. Ike Rosenberg, hombre de forja socialista en kibuts israelíes, no pestañeará de presentarse ante aguerridos mineros de Bolsa Negra, para explicar los alcances de un entendimiento que derive en una sociedad de riesgo compartido, que hará socios de un liderazgo global en la minería de wólfram y otros metales a los cooperativistas.

 

A la fecha, han exportado casi 50 toneladas de wólfram a la planta que Metal-Tech tiene en Israel (tiene otra en China). Exportar muchas más es objetivo general, con opción de instalar una planta en Bolivia, si es que el potencial lo justifica. Un geólogo graduado en Stanford armará equipo con pares nacionales para cuantificar reservas. Un estudio cuyo costo no es agua de borrajas, señalará el camino a seguir.

 

Si no se justifica invertir, el diagnóstico quedará para orientación de los cooperativistas. Si positivo, un joint venture con los arrendatarios, asegurará la venta de su producción a la planta procesadora por 10 a 25 años renovables, a precios del London Metal Bulletin; y que se instale una planta procesadora en Bolivia. ¿Qué implicancias tiene tal arreglo para cooperativas mineras?

 

Uno, que se elimina la intermediación, vinchuca que chupa gran parte del excedente de las cadenas productivas tanto agrícolas como mineras. Dos, que las cooperativas estarán en un toma y daca directo asociados con industriales del metal, viabilizando el acceso a medios de transferencia técnica que mejore su producción. Tres, que tales bastiones de mineros conscientizados en rezongos marxistas, tendrán oportunidad de recibir buenos y estables ingresos, que les lleven a probar el manjar del lucro permanente capitalista, en vez del vitriolo de la revolución permanente trotskista.

 

Se me llenó el alma de optimismo. Yo que soy propenso a la melancolía, contemplé con renovada fe el árbol de manzano de mi casa, que, como mi Bolivia, pelea hoy un virus sistémico que lo tiene patuleco, pero no por ello deja de ser refugio de diversidad ornitológica de sayubúes, tordos músicos, tiluchis, chigualos, chiguancos, benteveos, tordos renegridos, cardenales, naranjeros, gorriones y hasta dos cotorras bulliciosas que anidan en enhiesta palmera vecina. Ni me arredro con nuevas de que los mineros asumieron la postura política de apoyar a un partido de izquierda zigzagueante, cuyo candidato ahora vacila de su cantaleta de matar el negocio de los hidrocarburos con nacionalizaciones sin indemnizar.

 

Menos consecuencia ideológica hubiesen demostrado apoyando a otro, también sinuoso, que anda hecho al zurdo lanzando dardos a empresas petroleras y ofreciendo abrogar el cimiento sólido del Decreto 21060. Mantengo el optimismo porque mediante iniciativas como las que se vislumbran de la alianza entre empresarios y dirigentes sociales en El Alto y Santa Cruz, con proyectos como los que se perfilan de empresas foráneas progresistas como Metal-Tech y Euromet, poco a poco nuestra democracia evolucionará del voto consigna al voto consciente. Uno en el que gremios empecinados en determinada posición radical en lo político, no podrán controlar a sus allegados en recintos electorales donde ejerzan su derecho al sufragio secreto.

 

En emprendimientos concretos como los citados, con empleos la gente recupera dignidad. Con trabajo digno y bien remunerado, ¿quién querrá saber de politiqueros erráticos y charlatanes a la hora de seducir el voto?

 

winston@supernet.com.bo

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