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Winston
Estremadoiro |
Retornando de un viaje, revisé más de cien correos que me hicieron cavilar sobre mi perfil en el Internet. La mitad eran de la nueva izquierda llevando agua a su molino. Una veintena, fármacos que me convertirían en dios del sexo; decenas me harían rico especulando en la bolsa, me agredían con virus, o venían de amigos alegrándome con jugosos adjuntos. No podían faltar avisos de haber ganado loterías desconocidas, o una Neglona Potoglande de Nigeria queriendo hacerme cómplice de lavar millones que su difunto esposo robó cuando Ministro.
Tanto mayor, pues, fue mi alegría al recibir una gema de ponencia. Se trata de El Mito del Neoliberalismo del profesor Enrique Ghersi, uno de los colaboradores (el otro es M. Ghibellini) del clásico El otro sendero, atribuido siempre por entero a Hernando de Soto; obra de estudio para los responsables de la política, la economía y la cultura en países pobres, alejándose del yermo de la pugna ideológica, dice un Jean-François Revel relevante también con su Ni Marx ni Jesús.
Arriesgo pasaje al olvido resumiendo una joya a la veintena de su tamaño y pido indulgencia por citar sin comillas: esta no es columna académica. Me anima el espíritu didáctico de que mi amasijo aglutine votos conscientes en las próximas elecciones.
Como sucede con palabras que han hecho fortuna, dice Ghersi, neoliberalismo es un término de varios orígenes. Uno es del austriaco Ludwig von Mises, que contrasta liberalismo clásico con uno nuevo, pero se refería a socialistas que en su tiempo se hacían pasar por liberales.
Otro se atribuye a la creación colectiva de un coloquio convocado por Walter Lippman en 1938, con aportes de la talla de Hayek, Mises, Polanyi y otros que no figuran en mi enciclopedia, pero del que no queda acta salvo notas de Louis Baudin.
Una tercera matriz lo vincula a la economía social de mercado, de origen alemán.
Las escuelas de Friburgo, Munich y Marburgo hicieron mucho por defender y difundir ideas de libertad antes de la caída del Muro de Berlín. Para ellos, neoliberalismo es concepto que marca inequívoca renuncia a ideas genéricas del laissez faire y rechazo total a los sistemas totalitarios: el marco del mercado abarca la dimensión de lo humano, más importante que el mercado mismo.
Un cuarto origen parte de la escuela liberal italiana de entreguerras; se cree que el auge del término en América Latina se nutre de historial siempre teñido de conflicto en las relaciones del liberalismo con la Iglesia.
Más que preocuparse por su origen o acepción real, en nuestros países el neoliberalismo es parte del debate público de la política, en el que la retórica -en el sentido de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia para persuadir- es protagónica en dar o quitar significado a las palabras. Se lo usa peyorativamente o con pretensión de ciencia, ideas o gobiernos que tienen poco que ver con él.
En el mismo El otro sendero, recuerda Ghersi, se impuso un De Soto “que presume de ser un gran vendedor”, para que “se elimine completamente del texto la palabra liberal… y que se la reemplazara por la palabra popular. Así, la economía liberal vino a convertirse en la economía popular; la sociedad liberal, en la sociedad popular; la filosofía liberal, en la popular.
Su explicación fue la de que en esos momentos no era compatible con el buen mercadeo”, supongo que del libro. Friedrich von Hayek advertía sobre la perversión del lenguaje en lo que él llamó palabras-comadreja. Inspirado en viejo mito nórdico que atribuye a la comadreja capacidad de succionar el contenido de un huevo sin quebrar su cáscara, sostuvo que existen palabras que chupan el significado a otras.
El neoliberalismo en boca neo-izquierdista en Bolivia es una palabra-comadreja, solo que en una función diferente: identifica con esta doctrina a lo que no pertenece a ella.
En mi niñez observé que las cucarachas se alborotaban antes de que las tormentas tropicales, anunciadas de lejos por refucilos y truenos, arribaran con rayos y centellas que alguna vez me hicieran rezar con Biblia abierta, antes de que se cayera el cielo en lluvia tan densa que parecía que San Pedro baldeaba la cubierta de la nave planetaria.
Me recuerdan a los políticos en etapa preelectoral.
Empiezan a pulular con antenas largas hurgando esperanzas de la gente. Con sus patas ribeteadas de garfios minúsculos se prenden a cualquier superficie que brinde cobijo para llenar buche o bolsillos, o ambos. Como del insecticida, los salvadores de la patria escapan de cuestiones de fondo del país, o de enfrentar, valientes, sesgos que ideólogos de nuevo cuño cargan a conceptos para ensalzar fantasías neo-estalinistas.
Son maestros de la comadrejología, disciplina que propone Ghersi para estudiar cómo las figuras del lenguaje son utilizadas en alterar el significado de las palabras con propósitos deliberados. En la idea de palabras-comadreja, Hayek urgía a explorar terreno nuevo, así fuera impopular. Aporto con la cucarachalogía, rama que desviste sesgos del análisis discursivo de los politiqueros. Se divide en dos especialidades.
Una, la sapología, que, como se pudiera inferir de correos que me llegan, no es indagación sobre montes venusianos, sino el estudio de los batracios en que mutan los llamados liderazgos emergentes. Se hinchan como sapos insuflando aire caliente en peroratas plenas de conceptos que ni entienden. Como neoliberalismo, que su retórica deformante ha trastocado en dinamita de ataque a la racionalidad en el manejo de la cosa pública.
Otra es la garrapatalogía, que desnuda la acepción vacua de palabras que escudan a quienes migran, tránsfugas, de entrepierna de coronel, a nalga de gringo, a bigote de capitán, a velludo vientre de barbudo. Mañana será a la melena de un Hugo Chávez indígena, pero sin petrodólares ni buenas lecturas.
winston@supernet.com.bo
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