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Winston
Estremadoiro |
Una noche en un bar de Santa Cruz frecuentado por petroleros, un neozelandés que ha dado la vuelta al mundo buscando hidrocarburos, no sé si por capcioso o filosófico, preguntó estentóreo: ¿alguien sabe dónde está el Campo Escondido? Me intrigó la pregunta. Cerca de Escondido, en el Chaco, contó, causé un disturbio por comida, cuando llegué a una aldea de matacos haciendo un giro equivocado de camino.
Era penosa la miseria de esas gentes, apenas vestidos en frío de surazo con poleras raídas y sin siquiera chinelas en los pies. Decidí volver a Villamontes y adquirir un paquete de alimentos básicos: arroz, azúcar, fideos. Mi error fue comprar pan, sí, pan común y corriente. De vuelta con las vituallas en paquetes individuales, había una veintena de niños a los que quise dar pan sacándolo de las bolsas. Fue tremendo el tumulto: los matacos son tan pobres que un pan de 20 centavos es raro manjar.
Me humedeció los ojos la anécdota, no sé si de rabia o pena, cotejándola con vivencias de compatriotas paupérrimos en villorrios a lo largo y ancho de Bolivia.
Me atosiga de vergüenza existencial que nuestro país sea tan rico y tan pobre, tan hermoso y tan horrible, maldita sea. Pero tan penoso prólogo sirve de fondo para tratar la coexistencia de dos mundos en las zonas donde se encuentran yacimientos de petróleo y gas.
Allí moran los que con el gentilicio de moda llaman originarios, siendo que como en el manicomio, no todos son los que están, ni están todos los que son.
Para mí, los guaraníes cercanos a Margarita lo son, no tanto los cocaleros vecinos a Kanata; los matacos de los alrededores de La Vertiente lo son, no tanto los cambas de la zona de Naranjillos.
Pero la pobreza es el común denominador de los vecinos de plantas de proceso de gas como las citadas.
Alucina el contraste entre relucientes instalaciones petroleras y la pobreza que las circunda. Las petroleras son sensibles a tal brecha: financian programas asistenciales de diverso cuño y éxito, que enternecen con fotos de niños indígenas el frío entorno de cifras en sus memorias anuales, y suavizan la percepción negativa que de ellas se tiene en la sociedad en general. Observé esto en una visita a la planta Margarita, de la empresa Repsol YPF, en la provincia O´Connor de Tarija.
Entre el pozo X1, en la cima de una serranía que otea tres arrugas serranas del sudeste chaqueño -Itaguazuti, Caipipendi y Aguaragüe-, y los pozos X2 y X3 ubicados en una planicie de tuscales, visitamos caseríos guaraníes.
Con alguna formación en antropología aplicada, soy sensible a los riesgos de intervenir en la vida y cultura de los pueblos. Por ejemplo, al descubrirse hidrocarburos en su territorio, a los Huaorani de selvas amazónicas de Ecuador, les cayó un alud de mediambientalistas, petroleros y misioneros.
Luego, a un Huaorani le pidieron definir “comunista”; -alguien de Cuba, dijo; -¿y dónde está Cuba?; -en Francia, respondió, y acotó que cuando muere un comunista no puede ir al cielo.
Los guaraníes de Margarita no son como ellos. Muestran diversos grados de aculturación y su grado de inserción en la sociedad boliviana tiene ribetes buenos, malos y feos, igual que nuestra adaptación en la sociedad globalizada de hoy.
Uno de sonoro nombre, Crescencio Sandalio, fue nuestro cicerone, inicialmente por un proyecto generador de empleo que bien podría emular el Servicio de Caminos. Consiste en viveros comunales de especies forestales nativas, que luego Repsol YPF compra, para que los propios nativos reforesten bermas y áreas de retiro de caminos del entorno de la planta de gas y pozos adyacentes en Zapaterambía, Cumanderoti y Yuati.
Cobijado en Confucio y su precepto de que bueno es darle un pescado a un pobre, pero mejor es enseñarle a pescar, en las dos primeras va viento en popa el proyecto “Endulza tu vida”. Innovó hábitos extractivos de miel silvestre: introdujo reinas italianas, proveyó avíos y un experto argentino instruyó en su uso durante 2 años.
Ya han logrado una apicultura de buen nivel y excelente miel.
Los proyectos “Casa para todos” y “Pinta tu vida de salud” concurren en dos fases de un esfuerzo de mejorar la calidad de vida. Empezó con un plan piloto de 20 viviendas tipo, adaptadas al ambiente chaqueño en diseño y materiales, con la salvedad de que los propios lugareños las construyen.
En convenio con la ONG Pro Habitat, Repsol YPF ha ampliado el programa a 180 casas más. Aparte de evitar con techos adecuados los nidos de vinchucas, en una región donde el mal de Chagas es endémico, el subsiguiente “Pinta tu vida con salud” adornará las viviendas con una pintura especial aprobada por la OMS, ya usada en Centroamérica y África, que combate los odiosos vectores esterilizando las hembras.
Recursos, tecnología y autoayuda confluyen en este proyecto que está cambiando el paisaje urbanístico, otrora de chozas miserables en Yuati, Cumanderoti, Itaparara y Palos Blancos.
No todo es miel y leche.
En Yuati, entre el bullicio de niños guaraníes jugando en cancha multifuncional mientras el maestro riberalteño de ancestro japonés les observa, contrasta el después y el antes, en escuelita nueva a la que le faltan aulas, por lo que siguen usando el galponcillo viejo de barro y tacuara.
Al lado, una posta médica a la que la Prefectura le puso barda al frente, letrero manda parte y personal ocasional e insuficiente. Ningún remilgo sobre intervenir en la cultura indígena tenían activistas políticos que observé vendiendo su charque electorero.
Caso curioso es un vagón menonita, primorosamente pintado, que transportaba a niños de la escuela de Yuati a sus casas desparramadas en un radio de 4 a 5 Km. No hay quien parche las llantas pinchadas, por lo que los caballos de tiro, también menonitas, andan por ahí aprendiendo a ramonear en esos chaparrales de Dios sin pastizales.
winston@supernet.com.bo
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