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Winston
Estremadoiro |
Ah, las decantaciones
barlamentarias
son miel pura a veces. Como cuando un amigo alardeaba
que su hijo había pasado con honores el examen de la
barra para ejercer de abogado en Estados Unidos. Le salí
al frente, melancólico, con que pienso que es trágico
que los hijos de mis amigos, y uno de mi sangre,
gringuito él, no estén apuntalando esta desvalida patria
nuestra.
Mi amigo trabajó 40 años en Estados Unidos. Ya tan
usadito que ni píldora levanta moribundos le hace
efecto, retornó al país y se compró un penthouse.
Amenazaba orondo con dejarnos fuera de la lista de
invitados a un cóctel en su nido de jubilado, hasta que
un contertulio de lengua afilada le aguó el festejo. Qué
joder, le dijo, en Bolivia uno del que mostraron por la
tele su choza humilde, con ganchos donde colgaba su
ropita hace 40 años, dicen que en un par de gestiones
como diputado, ya es dueño de edificio de varios pisos
en una avenida. Doy beneficio de la duda, banderilleó,
sobre si los morlacos provienen de dietas y viáticos, de
cuotas ‘voluntarias’ de afiliados a sindicatos
cocaleros, de aporte de pichicateros a la lucha heroica
por la hoja sagrada, o al manejo a voluntad de fondos de
ONGs y de padrino venezolano. Pero un departamento en 40
años de sudar en gringolandia, picó el alacrán, es piojo
tuerto comparado con el edificio del que en 10 años de
bloqueador y politiquero hasta quizá llegue a
Presidente.
Intervine para prevenir amarguras entre amigos. ¿Qué
medidas revolucionarias cambiarían Bolivia?, pregunté.
Así inicié una encuesta sin pretensión científica que me
llevó, como un Diógenes, a buscar luces en una cuestión
cuando menos mistifori, que, por si acaso, quiere decir
cosas o hechos cuya naturaleza no se puede deslindar con
suficiente claridad.
Cernir tanto material dará para mucho. Empezaré por un
punto que destacó un amigo berlinés: la urgencia de
imponer formación a los bolivianos. Imponer, sí, porque
nuestra gente responde al autoritarismo, tónica
dominante de los cien años después de que el Inca
Pachacuti doblegó el altiplano; casi 3 siglos desde la
celada a Atahualpa en Cajamarca hasta 1825; digamos unos
50 años de caudillos de presidencia en la grupa de sus
caballos; y otro tanto de esa democracia montonera de la
puka-papeleta
y sus coletazos de 1952 en adelante.
Lo primero que hay que cambiar es la maña nacional de
desafiar la autoridad, dijo el prusiano. Hoy cualquier
gremio se enfrenta a las instituciones. El match de box
de siempre es poblada versus gobierno, quizá por los
abusos de la censurada corrupción en el aparato estatal,
una a la que la mayoría aspira para llenarse los
bolsillos. En Europa se eligen gobernantes y por 5 años
todos chitones dejando gobernar: el sistema democrático
se acepta y respeta; en Bolivia, solo de dientes para
afuera y para peor del país, todo lo que hace el
anterior gobierno es bosta de vaca.
Lo segundo es imbuir respeto a los derechos de otros. En
mi país, dijo el teutón, la ruptura de la paz es figura
jurídica que pena a los infractores con 5 años de
cárcel. En un país pobre como este, con la misma lógica
que cuando se tapona una vena se enchufa una sonda hasta
llegar al punto bloqueado y limpiarlo con un taladro,
debiera haber una ley prohibiendo bloquear las arterias
de Bolivia, escasas y caras que son. Castigar delitos de
lesa patria: bloquear caminos, cerrar válvulas de gas,
ocupar pozos petroleros, invadir predios ajenos, asaltar
minas y ocupar fábricas. Y que no se pierda la brújula
ética cohonestándolos a título de derechos humanos: de
boca ya los hay en exceso, mientras la miseria –la peor
de sus afrentas- azota a gran parte de los bolivianos.
Yo no creo en aparecidos ni salvadores de la patria,
sean de piel blanca, cobriza o velluda; menos aún en
esos pitufos de relleno de la papeleta electoral, dijo
el alemán. Solo un pueblo de pocas luces y ansioso por
el desempleo, puede sufrir tanta amnesia como para
elegir de mandamás a un cocalero bloqueador. Solo gente
hastiada de los rateros de esa clase política de
predicadores de blablá y tránsfugas oportunistas, de
bronca optaría no por el mejor de los regulares, sino
por el pésimo entre los malos.
Una amiga cuyos padres vendieron su casa a precio de
gallina muerta, para salir del país durante el miedo a
los soviets asambleístas de 1971, preguntó con ojos
medrosos: ¿qué vamos a hacer si sube el cocalero? Pues
nada, le dijo, implacable, el teutón. Pero si te sirve
de consuelo –remató- un experto en OVNIS, siembras
circulares, diseños de luces y cruces luminosas,
sostiene que anuncian la presencia de ayuda
interplanetaria pacífica y benéfica en intención. Son
señales de la próxima venida de Maitreya, el maestro
mundial de la Era de Acuario. Él y su grupo de sabios
son gurús extraterrestres que vendrán al país para
enseñar a salir de los problemas, a transformar nuestras
estructuras políticas, sociales y económicas, a crear un
orden social más justo.
Paliducha si comparada a la solvencia de nuestros
salvadores de la patria, ironicé la esperanza en
Maitreya tarareando “los marcianos llegaron ya, y
llegaron bailando chachachá”, mientras el germano
peroraba. Entonces leí en el telepronter que el Mutún
puede traer inversiones al país en el orden de $5.000
millones. Tal proyecto sería posible, pensé, hasta que
alguno de los principales del cocalero -el
nacionalizador de hidrocarburos, el paladín
despenalizador de la coca o el tira bombas inventor del
capitalismo andino- metiese la cuchara y vociferase de
guardar el hierro en piedras para los bolivianos: como
el litio en estado de sal y el gas en estado de
ventosidad terráquea. En tanto que el cocalero
disfrazado de buenito desautorizase tal burrada, en una
de sus variadas contramarchas cosméticas para seducir a
los votantes, mejor nomás apostamos a Maitreya. |