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Winston
Estremadoiro |
Santa Cruz le quedó chica a su Feria, se me vino a la
mente caminándola el 23 de septiembre pasado. Respaldan
mi aserto la congestión vehicular para llegar a ella, la
multitud haciendo cola en las boleterías, la muchedumbre
caminando pecho con espalda por sus avenidas de boliches
repletos de gente, la galanura y obsequiosidad de sus
azafatas, la diversidad cada vez mayor de presentaciones
de los puntos cardinales del orbe, los cócteles
rebosantes de ejecutivos orondos de su quehacer, los
espectáculos cada vez más variados y de mayor cartel.
Salí 6 horas después, sin haber visto ni un tercio de
sus atractivos, a asombrarme de los acampados de comidas
y bebidas que rodean el recinto ferial. Son parte
también de la terapia de choque que es el movimiento
económico generado en esta fiesta cruceña, en el
contexto de una economía nacional agobiada por la
crisis.
La historia de la EXPOCRUZ comenzó en 1962, como una
muestra ferial ganadera en una granja de la Facultad de
Veterinaria de la Universidad Gabriel René Moreno.
Después, ese eje formidable de voluntades agrupado en la
Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO) y la Cámara de
Industria y Comercio de Santa Cruz (CAINCO), adquirió el
terreno ferial, que hoy cuenta con infraestructura y
servicios propios de un evento de nivel internacional.
No ha perdido el norte de su origen. Después de 43 años
de empeño, en la EXPOCRUZ se destacan, mostrando al país
y al mundo los frutos del tesón, unas magníficas
sopesadas por buenos traseros, aparato reproductor bien
puesto y torneadas piernas; les hacen la manicura y las
peinan con esmero; las someten a ejercicios y buena
alimentación; las fotografían de todo ángulo. No se
trata de aquellas por las que es más conocida Santa Cruz
de la Sierra. Estas son de cuatro patas: la ganadería de
cría en la que destaca la raza Nelore, introducida
también hace 4 décadas de Brasil, que hoy ha
evolucionado a un quehacer de tecnología de punta en
alta genética. En la Feria destacan una media docena de
remates, pasarela de magníficas que mejoran la
productividad de hatos ganaderos en Santa Cruz,
rebalsando al Beni y llegando, inclusive, a países como
Ecuador, Nicaragua y Paraguay.
Estuve en uno de ellos, en la hacienda de un boliviano
casado con linda peruana, que aparte de producir
espléndidos ejemplares de Nelore, incursionó en la
crianza de caballos de raza Paso Peruano. Con tanto
éxito, que han presentado sus potrillos y yeguas en
exigentes ferias del Perú, como la Mamacona, ganando
muchos galardones. Estos equinos caminan y trotan con
tanta suavidad para el jinete, que de tener uno Simón
Bolívar, el apodo de
culo´e hierro
que distinguió al Libertador no hubiese sido tan
merecido. El 24 de septiembre se remataron 5 hermosos
caballos, la mayoría palominos de crines y cola
platinadas. Fueron adjudicados a compradores peruanos,
lo que me hizo sospechar que se están llevando los
mejores vientres y padrillos de vuelta a su país.
Volví al conflictivo occidente boliviano, en medio de la
batahola por los escaños parlamentarios, una que
mellando la Constitución pretende escamotear mayor
representación parlamentaria a esa Santa Cruz de
emigrantes potosinos, orureños y paceños, que han
aumentado su población acogidos a la hospitalidad de la
que hacen ley los cruceños.
Pensé en ese potencial altiplánico cuyo despertar recién
se atisba: la ganadería de auquénidos. Chile, vecino que
presume de altiplánico porque por razones estratégicas
tomó posesión de laderas orientales de volcanes y cerros
fronterizos, hoy en día tiene un hato de vicuñas y
alpacas mayor que el nuestro; ídem con el Perú. Y soñé
con una Cámara Agropecuaria del Occidente que promueva
mejorar la cría de auquénidos. Para exportar carne y
charque de llama sin colesterol; para sustentar de
fibras un prometedor sector de textiles, que ya está
exportando moda boliviana con lanas finas de alpaca y
vicuña.
Entonces se me vino encima la dura realidad.
Potosí pareciera vivir de sus lauros de tiempos
coloniales, dependiente de lo que el centralismo le
asigna de una torta exigua. Tienen riquezas sin
explotar, pero el potencial que hoy destaca es un género
de políticos que, cual perros del hortelano, no comen ni
dejan comer. Torpedearon hace años el desarrollo del
litio del salar de Uyuni, solo para enterarse que
también hay salares en Argentina. Hace poco derruyeron
un hotel de sal que atraía turistas a esa mancha salina,
que se ve desde la luna como un espejito juguetón. Hoy
amenazan ponerle el garrote asfixiador a San Cristóbal,
millonario emprendimiento argentífero, antes de que
salga un vagón de mineral de plata.
Adiós Oruro del alma, linda ciudad de mis sueños,
pareciera ser la tonada que más se canta sobre la gran
Villa de Pagador minera y ferrocarrilera, que la
hicieran Meca de inmigrantes de cien orígenes. Hoy,
desposeída de sus mejores brazos a la emigración a
Cochabamba y Santa Cruz, su idea de constituirse en
puerto seco del Pacífico se ha ensombrecido por la
satrapía contrabandista en Sabaya.
Chuquiago no es la linda La Paz de antaño, amarrada a su
hermano siamés de El Alto, que la atraca de navegar al
progreso cada vez que tiene algún reclamo particular.
Está condenada a atrincherarse en la zona sur, siendo la
sede de gobierno de un Estado débil, que pareciera
claudicar el monopolio de la fuerza pública para imponer
la ley.
Ojala que la iniciativa de cruceños y alteños de aunar
esfuerzos para buscar el progreso de El Alto, encuentre
eco en los criadores de Santa Cruz, para propiciar el
desarrollo de una ganadería auquénida de buen nivel
tecnológico en el altiplano potosino, orureño y paceño.
Una que mejore sus llamas, alpacas y vicuñas, bregando
40 años en la selección y difusión genética de sus
mejores animales. Algo que bien debiera hacerse con los
políticos del país. |