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Winston
Estremadoiro |
¿Cuál es la agenda electoral en materia de tierras?,
preguntaba un ejecutivo del INRA a menos de dos meses de
las elecciones generales, no las de 2005 sino de 2002.
No ha perdido vigencia su preocupación, en este país
donde todo cambia para seguir igual. Pero no creo que
democratizar acceso a la tierra de gente de escasos
recursos mengue la pobreza, equilibre la desigualdad
social, palie las deficientes condiciones de vida en el
medio rural. Repartir tierras no es varita mágica contra
la miseria, más bien disemina la plaga de campesinos
pobres, tumba árboles y quema chacos, que todos los años
regalan mil incendios forestales y pandemias de
infección ocular, en complicidad con tronqueros,
pichicateros, agricultores extensivos y ganaderos
buscando rebrotes de la pampa a lo fácil.
Cavilé sobre el tema leyendo la propuesta de LIDEMA,
(Liga de Defensa del Medio Ambiente) que lo
incorporará en la nueva Constitución Política del Estado
a partir de la Asamblea Constituyente. Con el fin de
hacer sostenible el desarrollo de Bolivia, proponen
muchos derechos y pocos deberes ambientales. Siguen la
onda del país de inebriarse de derechos que favorecen,
sin entrar a las agruras de que se tome conciencia de
sus límites o se tenga dinero para imponer su
cumplimiento. Peor todavía es la coincidencia de
entelequias irreales en posturas políticas que hoy están
en boga
ad nauseam.
Si como propone LIDEMA, proteger el medio ambiente y la
biodiversidad, informar sobre acciones que les afectan,
y restaurar, reparar o resarcir daños ambientales son
deberes, urge hacer conciencia sobre temas urgentes en
Bolivia. En la actualidad, si no fuera por
financiamiento externo, poco se sabría, por ejemplo,
sobre el Corredor de Conservación Vilcabamba-Amboró,
prodigiosa curva de Andes orientales peruano-bolivianos,
que es uno de los sitios biológicamente más diversos de
la Tierra, que alberga una cadena de 19 áreas
protegidas.
En Bolivia, el enemigo principal son los tronqueros,
estirpe depredadora aliada de campesinos a los que el
medio ambiente amenaza, no cobija, cuando provienen de
regiones donde los árboles no existen. Hace poco,
comunarios tuvieron al Parque Madidi de rehén, exigiendo
un camino acuchillador de ese espléndido tesoro de
biodiversidad. Los enamorados del
bon sauvage
llenan su boca con las Tierras Comunitarias de Origen (TCO);
deberían percatarse que algunas venderían sus bosques
por pigricias para no morir de tuberculosis o para
comprar una pizca de modernidad, como refrigeradores a
kerosén, energético precursor de convertir hojas verdes
en polvo blanco, otro tentador negocio. ¿Y qué del
Parque Isiboro-Sécure, con sus Trinitarios atenazados
por ganaderos y cocaleros? Está aquejado del cáncer de
colonos, que en los 70 ocupaban 2.000 hectáreas: sabe
Dios cuántas son con la metástasis prohijada por los
ahijados de Evo Morales, el casi Presidente cocalero.
Hasta el Amboró, parque adulado de la cruceñidad, está
amenazado por la republiqueta de colonos
masistas
y
emesetistas
de Yapacaní.
Con las primeras lluvias vino la amnesia colectiva
sobre la tragedia anual de incendios forestales
provocados por los chaqueos. ¿Sabían que se fotografían
desde los satélites, pareciendo una réplica dañina de
las estrellas en los montes bolivianos? Es preocupante
el crecimiento exponencial de esta afrenta
medioambiental, una que no quita el sueño a gobiernos ni
a candidatos de las elecciones.
Medioambientalistas: por lo menos hagan una huelguita de
hambre el año próximo, por agosto, para engordar
llamando la atención sobre este problema. Propicien un
impuesto para castigar envases no retornables o no
reciclables; para fomentar el retorno a las bolsas de
tela de nuestras abuelas yendo al mercado; para censurar
el abuso de las de plástico que hacen adefesios de
campos suburbanos. Armen un barullo de censura pública,
para que congresales persistan en prohibir la
legalización de autos chutos; chatarra cuya
contaminación está arruinando el aire que respiramos,
está matando gente con su muerte súbita en calles que
transitan nuestros compatriotas, que no son ni japonesas
ni danesas. Mediambientalistas: percátense de la
paradoja que los que explotan los recursos naturales son
buenos guardianes de la preservación. Lo demuestran
empresas petroleras y mineras controladas; son
sancionadas por daños o percances medioambientales,
salvo esas de mandamases nacionales que hacen de los
peces del río Pilcomayo una amenaza ambiental a la
salud, por el contenido de restos dañinos de los
deslaves de sus minas.
Hoy que celebramos el liderazgo mundial de Bolivia en
bosques certificados, reflexionemos que se debe a pasos
serios de instituciones, empresas y comunidades en poner
en práctica la sostenibilidad en el manejo de los
bosques. Ampliemos la sinergia entre entes estatales
como el Consejo para la Certificación Forestal
Voluntaria (CFV), las cámaras forestales, TCO y
propiedades privadas, para ser el ejemplo mundial de
esta forma de conservación. Porque si en nuestro país
hay algo más de 600.000 Km2 de diversos tipos de
florestas, hay mucho que avanzar arriba de los 20.000
Km2 de bosques certificados que hoy nos honran.
No arriesguemos el látigo de arena en el destino de
Bolivia, castigo de la naturaleza sobre el que advierte
el Dr. Antonio Andaluz. El Codo de los Andes, además de
ser parte del Corredor de Conservación Vilcabamba-Amboró,
nutre con sus lluvias la zona agrícola más productiva
del país. Los vientos del Atlántico chocan con él a la
altura del Manuripi-Heath (paralelo 12°), giran hacia el
sur y bañan la zona integrada del norte cruceño, que hoy
contribuye con el 20% del PIB boliviano. Hoy las lluvias
están menguando por la devastación cocalera en el
Chapare y la reducción de los bosques orientales por la
tala de monte y los incendios. |