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Winston
Estremadoiro |
Un amigo me envió el cuento de hadas más corto: había
una vez un príncipe que preguntó a la princesa: ¿te
quieres casar conmigo?, y ella le dijo: no. Y el
príncipe vivió feliz muchos años yendo a pescar, a
cazar, a jugar golf todos los días y a tomar mucha
cerveza y tirarse pedos cuando quería.
Me hizo pensar en qué sería el país de no estar casado
con su democracia populachera. Ésta que propicia el
reino de los más, que son ignorantes arrebañados. Ésta
que engendra clase política de rateros, politiqueros y
vivillos que medran de ella para hacerse ricos. Ésta que
exporta a los mejores, sin fomentar una élite que lleve
al país a días venturosos. Ésta cuyos elegidos
irrespetan tanto la Carta Magna, que desprecian al
guardián Tribunal Constitucional. Ésta que vive
amedrentada por señores del despelote, tan dañinos como
esos de la guerra que se extirpan a sangre y fuego.
El escenario no podía haber sido más propicio hace un
par de años: las exportaciones crecían, inclusive en
rubros no tradicionales; demanda y buenos precios para
minerales auguraban un despertar de socavones; las
reservas de gas redefinían al país como el centro del
eje energético y de vinculación bioceánica de
Sudamérica. Entonces devino octubre y marzo y julio y su
máquina de moler carne para fabricar falsos héroes. Y se
vendrá enero si es que no sale elegido el cocalero. Y
agosto, si la Asamblea Constituyente no pare engendro
bolivariano: para colmo, uno sin morlacos del petróleo.
Semejante fondo tragicómico sirve para comentar las
hilachas que muestra la estupidez boliviana respecto al
gas natural. De la que alguna vez me decía un amigo
gringo que era una rara neurosis de fijación, eso de
pegarse un tiro en el pie cuando se estaba calentando
para una carrera al progreso con el gas.
Una primera hilacha es negar que las reservas de gas se
dan en directa proporción a millonarias inversiones en
explorar y desarrollar campos. Claro, cuesta reconocer
que la capitalización del malvado Goni las propició; que
YPFB no las encontró porque cual garrapatas chupaban su
presupuesto de exploración para pagar supernumerarios.
Otra hilacha provinciana es que somos los únicos con
reservas de gas natural. Chile la restriega en nuestra
cara: tiene
varias ofertas para traer GNL en buques metaneros y
desembarcarlo en Quintero, puerto de $400 millones que
pudiera haber sido un Patillos casi boliviano. Allí, el
combustible se regasificará e inyectará a ductos que
alimenten refinerías, distribuidoras de gas y centrales
eléctricas que consumirán hasta 20 millones de m3
diarios. A esta demanda se suma la de operadoras de
plantas eléctricas y gasoductos del Norte Grande: otros
6 millones de m3/día. Los proveerá Perú, maniatando otra
corrida de cadena a esta Bolivia sin mar. Pero
cual cisticerco en la mollera nacional,
se
fijó una postura extorsiva de gas por mar en la relación
con Chile. Lo sensato era tratar el gas como un comodín
de la integración binacional, para el desarrollo del
altiplano boliviano y el desierto chileno, empezando por
el puerto gasífero próximo a su megapuerto en
Mejillones, amén de otras complementariedades. En una
década, el corredor al norte de Arica hubiese sido fruta
madura lista para
k´achirla,
como cantan Los Kharkas. Y hubiésemos tenido recursos
para construir un puerto marítimo.
Ahora -cantemos con Gardel- cuesta abajo en la
rodada, las ilusiones pasadas ya no las puedo entender:
será a sopapos de amas de casa cansadas de pelear por
una garrafa de gas en barriadas bolivianas, que
tendremos que reconocer y enmendar unas hilachas más de
la estupidez sobre el tema.
Una es que por mucho que algún candidato hecho al Inca
con bastón de mando y chicote en mano vocifere
nacionalizar los recursos naturales en Bolivia, tal
estupidez no se dará. Pero es dañino para el país el
efecto térmico que hace a las petroleras transferir sus
presupuestos de inversión a otras partes. Ni que fueran
tontas prefiriendo arriesgar su plata a
vaivenes de la politiquería boliviana del gas, a su
falta de incentivos debido a la carga fiscal que
promedia el 70% del valor de venta de los hidrocarburos,
a la toma de campos y el cierre de válvulas por
cualquier motivo. A la total incertidumbre.
Hoy se escuchan
voces de alarma de que
el país tendrá desabastecimiento de Gas Licuado de
Petróleo (GLP), primero, y luego déficit de producción
de líquidos, si no se despejan
cortapisas de la nueva Ley de Hidrocarburos y las
empresas no tienen incentivos para invertir. Claro,
¿tiene sentido pedir a las que no son hermanitas de la
caridad, la burrada de invertir en lo que se vende a $27
por barril en Bolivia, si con la misma inversión pueden
obtener $65 en el resto del mundo?
Aquí surge una hilacha estúpida casi sacrosanta por
intocable: la subvención de hidrocarburos. Qué forma
necia de nivelar el déficit fiscal subvencionando
gasolina escasa y diesel importado. Que favorece a
transporte público chuto y chatarrero que contamina las
ciudades; que regala dinero de escuelas y hospitales, a
transportistas reacios a cuidar carreteras pagando
peajes según leyes de carga. ¡Que tienen el tupé de
exigir un 3% del IDH, por la
manfinfla!
Otra hilacha se lleva la palma de la estulticia. Si las
petroleras retacean inversiones para sacar el GLP al gas
que se vende a Brasil y Argentina, y se mendiga crédito
de millones de dólares para construir una nueva planta
de GLP, ¿por qué no se da curso a proyectos llave en
mano como el de la Planta de GLP y Acción Social Conexa
en Caraparí? No se tira pelota a empresas
boliviano-paraguayas interesadas en instalar una planta
procesadora de gas en el Chaco tarijeño, para asegurar
la provisión de GLP al norte argentino, al sur boliviano
y al Paraguay.
¿Será
necesario que la intervención extranjera nos sopapee
para rescatarnos de la estupidez? |