Winston Estremadoiro

Hilachas estúpidas sobre el gas  

Octubre 2005     

 

Winston Estremadoiro

Un amigo me envió el cuento de hadas más corto: había una vez un príncipe que preguntó a la princesa: ¿te quieres casar conmigo?, y ella le dijo: no. Y el príncipe vivió feliz muchos años yendo a pescar, a cazar, a jugar golf todos los días y a tomar mucha cerveza y tirarse pedos cuando quería.  

 

Me hizo pensar en qué sería el país de no estar casado con su democracia populachera. Ésta que propicia el reino de los más, que son ignorantes arrebañados. Ésta que engendra clase política de rateros, politiqueros y vivillos que medran de ella para hacerse ricos. Ésta que exporta a los mejores, sin fomentar una élite que lleve al país a días venturosos. Ésta cuyos elegidos irrespetan tanto la Carta Magna, que desprecian al guardián Tribunal Constitucional. Ésta que vive amedrentada por señores del despelote, tan dañinos como esos de la guerra que se extirpan a sangre y fuego.

 

El escenario no podía haber sido más propicio hace un par de años: las exportaciones crecían, inclusive en rubros no tradicionales; demanda y buenos precios para minerales auguraban un despertar de socavones; las reservas de gas redefinían al país como el centro del eje energético y de vinculación bioceánica de Sudamérica. Entonces devino octubre y marzo y julio y su máquina de moler carne para fabricar falsos héroes. Y se vendrá enero si es que no sale elegido el cocalero. Y agosto, si la Asamblea Constituyente no pare engendro bolivariano: para colmo, uno sin morlacos del petróleo.

 

Semejante fondo tragicómico sirve para comentar las hilachas que muestra la estupidez boliviana respecto al gas natural. De la que alguna vez me decía un amigo gringo que era una rara neurosis de fijación, eso de pegarse un tiro en el pie cuando se estaba calentando para una carrera al progreso con el gas.  

 

 Una primera hilacha es negar que las reservas de gas se dan en directa proporción a millonarias inversiones en explorar y desarrollar campos. Claro, cuesta reconocer que la capitalización del malvado Goni las propició; que YPFB no las encontró porque cual garrapatas chupaban su presupuesto de exploración para pagar supernumerarios.

 

Otra hilacha provinciana es que somos los únicos con reservas de gas natural. Chile la restriega en nuestra cara: tiene varias ofertas para traer GNL en buques metaneros y desembarcarlo en Quintero, puerto de $400 millones que pudiera haber sido un Patillos casi boliviano. Allí, el combustible se regasificará e inyectará a ductos que alimenten refinerías, distribuidoras de gas y centrales eléctricas que consumirán hasta 20 millones de m3 diarios. A esta demanda se suma la de operadoras de plantas eléctricas y gasoductos del Norte Grande: otros 6 millones de m3/día. Los proveerá Perú, maniatando otra corrida de cadena a esta Bolivia sin mar. Pero cual cisticerco en la mollera nacional, se fijó una postura extorsiva de gas por mar en la relación con Chile. Lo sensato era tratar el gas como un comodín de la integración binacional, para el desarrollo del altiplano boliviano y el desierto chileno, empezando por el puerto gasífero próximo a su megapuerto en Mejillones, amén de otras complementariedades. En una década, el corredor al norte de Arica hubiese sido fruta madura lista para k´achirla, como cantan Los Kharkas. Y hubiésemos tenido recursos para construir un puerto marítimo.  

 

      Ahora -cantemos con Gardel- cuesta abajo en la rodada, las ilusiones pasadas ya no las puedo entender: será a sopapos de amas de casa cansadas de pelear por una garrafa de gas en barriadas bolivianas, que tendremos que reconocer y enmendar unas hilachas más de la estupidez sobre el tema.

 

Una es que por mucho que algún candidato hecho al Inca con bastón de mando y chicote en mano vocifere nacionalizar los recursos naturales en Bolivia, tal estupidez no se dará. Pero es dañino para el país el efecto térmico que hace a las petroleras transferir sus presupuestos de inversión a otras partes. Ni que fueran tontas prefiriendo arriesgar su plata a vaivenes de la politiquería boliviana del gas, a su falta de incentivos debido a la carga fiscal que promedia el 70% del valor de venta de los hidrocarburos, a la toma de campos y el cierre de válvulas por cualquier motivo. A la total incertidumbre.

 

Hoy se escuchan voces de alarma de que el país tendrá desabastecimiento de Gas Licuado de Petróleo (GLP), primero, y luego déficit de producción de líquidos, si no se despejan cortapisas de la nueva Ley de Hidrocarburos y las empresas no tienen incentivos para invertir. Claro, ¿tiene sentido pedir a las que no son hermanitas de la caridad, la burrada de invertir en lo que se vende a $27 por barril en Bolivia, si con la misma inversión pueden obtener $65 en el resto del mundo?

 

Aquí surge una hilacha estúpida casi sacrosanta por intocable: la subvención de hidrocarburos. Qué forma necia de nivelar el déficit fiscal subvencionando gasolina escasa y diesel importado. Que favorece a transporte público chuto y chatarrero que contamina las ciudades; que regala dinero de escuelas y hospitales, a transportistas reacios a cuidar carreteras pagando peajes según leyes de carga. ¡Que tienen el tupé de exigir un 3% del IDH, por la manfinfla!

 

Otra hilacha se lleva la palma de la estulticia. Si las petroleras retacean inversiones para sacar el GLP al gas que se vende a Brasil y Argentina, y se mendiga crédito de  millones de dólares para construir una nueva planta de GLP, ¿por qué no se da curso a proyectos llave en mano como el de la Planta de GLP y Acción Social Conexa en Caraparí? No se tira pelota a empresas boliviano-paraguayas interesadas en instalar una planta procesadora de gas en el Chaco tarijeño, para asegurar la provisión de GLP al norte argentino, al sur boliviano y al Paraguay.

 

¿Será necesario que la intervención extranjera nos sopapee para rescatarnos de la estupidez?

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