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Winston
Estremadoiro |
Empecé este artículo casi un mes después de que el
Tribunal Constitucional soltara la bomba, y pasaran
trece pesados días más antes de que el Presidente
Rodríguez apagara la mecha con su decreto el otro día.
Neófito que soy en leyes y mero ballestero de la
política, opino que en el futuro ojala sea la Corte
Nacional Electoral que proceda de oficio a repartir
escaños, de acuerdo al último Censo.
Hasta mi sardonia se contagió de acartonada seriedad por
la guerra de escaños, tema de politiquería nacional que
no merece tal batahola. Quizá fue por leer
Ensayo sobre las revoluciones bolivianas
de Gustavo Adolfo Navarro, hombre de avanzada que
firmaba como Tristán Marof, donde encontré similitudes
en lo que él calificaba como “la pobreza de la
fraseología inútil y atrabiliaria de los discursos del
Tata Belzu” y su gobierno “de despilfarro y tremendo
desorden”, con la cháchara de un populista de moda, si
es que llegase a Presidente. Pero no es sobre Evo
Morales mi tamborilear de hoy, aunque ese engendro
populista protagoniza el melodrama nacional: se le
aguantan hasta amenazas sediciosas de insurrección, si
es que las cosas no salen como quiere.
Tristán Marof lleva a reflexionar que por agradar a la
plebe y sosegar a los críticos, la política criolla
rehuye llamar pan al pan y vino al vino. Perla de ese
culebreo falaz es la compensación inversa positiva
propuesta por un diputado.
Tamaño bocado socapaba el atropello al Tribunal
Constitucional en la pulseta sobre escaños. Como
armadura en cuerudo pecho, en recóndito rincón escondía
el prorrogarse aunque sea por unos mesecitos. Cómo no,
si se trata de una pega de casi 44 sueldos mínimos al
mes, ociosos suplentes “al partido” a veces, talegazos
de cuando en vez por aprobar leyes, cargos para
allegados así sean analfabetos, viáticos y pasajes para
viajes. Como ese último a la Ciudad Eterna de la
Comisión de Constitución, mientras en la Roma boliviana
el Nerón populista amenazaba que ardería en llamas.
La compensación inversa positiva fue risible disfraz de
un chantaje a la Constitución. Como cuando la madre nos
purgaba con horrible aceite castor, y exigíamos un
chocolate de premio para sacar su feo sabor de la boca,
cívicos de La Paz, Oruro y Potosí pidieron un pedazo
extra del pastel de impuestos del Impuesto a
Hidrocarburos (IDH). Menos mal que un mesurado
Presidente entró en liza y sanseacabó.
Tratando el tema, observo que hay
compensación
inversa positiva
ilusa y real.
Ejemplo de la preconizada por magín afiebrado es la del
Comité de Defensa de la Paceñidad, que arguye
que es simpleza señalar que uno o dos escaños no
significan nada. Un escaño representa 4 o 5 distritos,
unas 20 zonas, una población de 150 mil habitantes.
Pidieron 5 escaños más para el Departamento, por cuanto
en los últimos años ha recibido migración de 450.000
personas. ¿Será que no se hizo bien el trabajo censal
del 2001?
Mucho más real es la migración que documentan en Santa
Cruz. El
Instituto Nacional de Estadística (INE) y la Cámara de
Industria y Comercio (CAINCO), señalan que de los
494.148 inmigrantes que radicaban en el departamento
cruceño en 2001, 125.157 eran cochabambinos, 98.585
chuquisaqueños y 79.724 paceños. El resto eran oriundos
de Potosí, Oruro, Tarija, Pando y Beni (incluyendo su
actual Prefecto). O sea que el escaño que se le restó a
Santa Cruz, en cifras del Comité de Defensa de la
Paceñidad, significa que más del 30% de los collas
emigrantes quedarán en un limbo electoral, lo que atenta
contra el precepto constitucional de representación
democrática en base a la población.
También hace aguas la posición del Comité Cívico
Potosinista. Según sus voceros, la lógica de la
“oligarquía camba” es que les corresponden 4 escaños,
“pero eso no es cierto” ya que solo están tomando en
cuenta el factor demográfico “olvidando,
intencionalmente, el nivel de desarrollo de las
regiones”. Uno, hablar de la oligarquía camba es
desconocer la naturaleza representativa del Comité Pro
Santa Cruz, que es incuestionable. Dos, aún si una élite
cruceña mandara en su tierra, pues lo está haciendo
mejor que sus contrapartes occidentales. Nadie negará
que Santa Cruz es la locomotora de la economía nacional,
logro de dos décadas en que su economía aumentó su
porción del Producto Interno Bruto (PIB) nacional de
16.6% en 1970 al 27% en 1990. El 2002 aportó al PIB con
el 30,3%; se estima un 33% en 2005. Tres, no es por el
carnaval, el majadito o las Magníficas que emigran a
Santa Cruz. La atracción tiene que ver con “el mayor
acceso a oportunidades de empleo y mejores condiciones
de vida, debido al mayor grado de desarrollo alcanzado
en ese distrito”, según lo reconoce el propio INE. ¿Será
que con compensación inversa positiva retornarían los
emigrantes a Potosí, Oruro o La Paz? No lo creo, porque
como declara el presidente de los residentes paceños,
“me vine a Santa Cruz por empleo. Aquí no hay paros ni
huelgas, todos trabajan”.
Los distritos receptores de emigrantes –Santa Cruz y
Cochabamba- son más bien los merecedores de compensación
inversa positiva, porque el flujo migratorio lleva al
límite la capacidad de atención de los servicios básicos
a la mayor población. Más aún, según
el Fondo de las Naciones Unidas para la Población
(UNFPA) y el Gobierno, estas cuestiones son más que
números, “sino que se centran en las personas, en la
necesidad del ejercicio de sus derechos y entre éstos,
su derecho a la equidad e igualdad y el aporte de esta
igualdad en el marco del desarrollo”. Sean cambas o
collas.
Pero la
compensación inversa positiva ha calado hondo. Lo
evidenció un
amigo lujurioso, quien me confesó que su visible cojera
se debía a una patada de su cónyuge: le pedí una
compensación inversa positiva como premio, la noche del
viernes pasado que llegué a casa temprano y de pocas
copas, se lamentó. |