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Winston
Estremadoiro |
No recuerdo los labios de mi primer beso mordelón, pero
sí las lágrimas de un amigo, gringo costarricense él,
cuando me introdujo a Bach y escuchábamos el segundo
movimiento del
Concierto para Dos Violines en Re Menor.
Hoy enhebro una remembranza triste de Alfonso Gumucio
Reyes, con el fondo de la trompeta en sordina de Miles
Davis y el saxo de John Coltrane, cuyos
Kind of Blue
y
Autumn Leaves
acabo de bajar gracias a la magia sobrecogedora del
Internet.
Le mandé un correo a Mariano Baptista Gumucio, amigo y
visionario él por mérito propio, para pedir alguna
anécdota de su tío, y no tener que regurgitar un
reportaje de Mabel Azcui. Mariano, generoso, me ofreció
el libro de Alfonso Crespo sobre su tocayo Gumucio
Reyes. Pedí que lo escaneara, que en minutos estaría en
mi computador, pero confesó su carencia de tales
periféricos cibernéticos. No llegó a tiempo el libro.
Me puse a soñar en ser quien introdujera a Mariano a la
cibernética, devolviendo el favor que me hiciera el
amigo costarricense presentándome a Bach. Imaginen su
rasgo vital de sembrador de cultura dinamizado con la
difusión en
cedés
en las computadoras de colegios del país, de sus
programas
Identidad y Magia de Bolivia
y
Voces en Libertad.
Hoy ellos adornan una televisión estatal que es receptor
pasivo de enlatados. Más aún, como percibí el otro día,
mientras el culto Baptista ha sido relegado a horas
inconvenientes, salen al aire en horario destacado
programas de supuesto corte social, que son burda careta
propagandística de Evo.
Dice el biógrafo José María Santiváñez, que el general
José Ballivián, “anticipándose a su época, comprendió
que las dos grandes necesidades de Bolivia, las dos
fuentes de su progreso, estaban simbolizadas en estas
dos palabras:
caminos,
instrucción.”
Pues he aquí que la primera es el legado de Alfonso
Gumucio Reyes, mientras que la segunda es algo por lo
que será recordado Mariano Baptista Gumucio, tío y
sobrino de una notable estirpe de bolivianos.
Un siglo de inestabilidad política, explotación de la
riqueza minera y expoliación del territorio patrio
habría de transcurrir desde la muerte solitaria en Río
de Janeiro del visionario Ballivián, hasta que la
historia regalara al país otro de su cuño, en la persona
de ese gran servidor público que fue Gumucio Reyes. No
es panegírico sin fundamento. Su currículo de obras y
proyectos esculpe la Bolivia de hoy, y va mucho más allá
de reiniciar las obras de la carretera Cochabamba-Santa
Cruz.
Este trascendental cordón umbilical conectando oriente y
occidente, había sido caballito de batalla de una Santa
Cruz abandonada, pero tan boliviana como los otros
firmantes de la fundación de la república en 1825. Una
Santa Cruz que clamaba puertos de acceso marítimo en los
ríos Paraguay y Madera en 1868; que proponía carretera
entre occidente y oriente y alertaba de un Paraguay
agazapado en el Chaco en su Memorando de 1904. Iniciada
la carretera en 1941, más por estrategia de un EE.UU.
preocupado por un eventual teatro de guerra en
Sudamérica, yació inconclusa como tantos otros proyectos
que no pasaron de gestos a la Bolivia de la llanura,
hasta que Gumucio Reyes hiciera suyo el esfuerzo.
Este notable cochabambino merece un monumento en una
rotonda del primer anillo de los que distinguen la urbe
cruceña, cuya construcción algo le debe. Como la
carretera Santa Cruz-Montero, que convertida en
autopista de múltiples carriles debiera llevar su
nombre. También lleva su rúbrica el ramillete de vías
que han hecho próspero el
hinterland
de la zona integrada aledaña a Santa Cruz: Montero-Buena
Vista, Guabirá-Río Chané, Guabirá-Río Grande,
Saavedra-Mineros-La Loma. A los que dio funcionalidad
económica despertando sus áreas de influencia con el
ingenio azucarero Guabirá, la inmigración japonesa de
Okinawa y San Juan, la colonización colla del norte
cruceño, el proyecto ganadero Abapó-Izozog.
Solo siguiendo los hilos de proyectos de este gran
boliviano daría para un programa de gobierno. Imaginemos
su Vivero San Benito exportando la variedad Gumucio
Reyes de durazno producido en Cochabamba; que su
concepto transpuesto al altiplano engendre cornucopia
que brinde al mundo quinua, amaranto, maca y otros
cultivos andinos, que fueran posibles si se ejecutara su
proyecto hidroeléctrico y de riego del río Desaguadero.
Que Cochabamba despierte al proyecto vial Montepuncu-Puerto
Villarroel, adosando una hidroeléctrica en angostos del
río Sajta, que complemente la hidroeléctrica Corani de
la que Gumucio Reyes fuera inceptor; que empujara sus
estudios pioneros de navegabilidad del río Mamoré, para
llevarlos allende lo poco avanzado hasta hoy en la
hidrovía Ichilo-Mamoré.
La saga de Alfonso Gumucio Reyes tiene epílogo triste,
como la música que me acompañó en estas líneas. Pena que
se haya perdido su testamento político, cuyo concepto
central era desarrollar
el espacio interior boliviano, antes que lo hagan por la
fuerza los países vecinos.
A la Bolivia después de 1952, de la que fuera su más
constructivo exponente, sobrevino en péndulo siniestro
el tiempo de los militares. Nuestro héroe criticaba su
apropiación de proyectos, luego abandonarlos o distraer
sus recursos. Lo encarcelaron durante 8 meses en el
gobierno de Barrientos, por ridículo supuesto desfalco
de 264 pesos de la caja chica del café, invitado a
visitas del Ministerio de Economía presidido por él,
cuando manejaba millones de la ayuda americana de
entonces. No le perdonaban su advocar fuerzas armadas
profesionales y vinculadas al desarrollo.
Hombre de casa alquilada, sin bienes de fortuna, que
desde la temprana muerte de su padre mantuviera a su
familia –y a la mía, cuenta Mariano Baptista Gumucio- en
camiones militares se robaron sus pertenencias. Se salvó
del asalto, oculto, un alfanje musulmán regalo del
Presidente Sukarno de Indonesia. |