Winston Estremadoiro

Exaltación de un visionario  

Noviembre 2005     

 

Winston Estremadoiro

No recuerdo los labios de mi primer beso mordelón, pero sí las lágrimas de un amigo, gringo costarricense él, cuando me introdujo a Bach y escuchábamos el segundo movimiento del Concierto para Dos Violines en Re Menor. Hoy enhebro una remembranza triste de Alfonso Gumucio Reyes, con el fondo de la trompeta en sordina de Miles Davis y el saxo de John Coltrane, cuyos Kind of Blue y Autumn Leaves acabo de bajar gracias a la magia sobrecogedora del Internet.

 

Le mandé un correo a Mariano Baptista Gumucio, amigo y visionario él por mérito propio, para pedir alguna anécdota de su tío, y no tener que regurgitar un reportaje de Mabel Azcui. Mariano, generoso, me ofreció el libro de Alfonso Crespo sobre su tocayo Gumucio Reyes. Pedí que lo escaneara, que en minutos estaría en mi computador, pero confesó su carencia de tales periféricos cibernéticos. No llegó a tiempo el libro.

 

Me puse a soñar en ser quien introdujera a Mariano a la cibernética, devolviendo el favor que me hiciera el amigo costarricense presentándome a Bach. Imaginen su rasgo vital de sembrador de cultura dinamizado con la difusión en cedés en las computadoras de colegios del país, de sus programas Identidad y Magia de Bolivia y Voces en Libertad. Hoy ellos adornan una televisión estatal que es receptor pasivo de enlatados. Más aún, como percibí el otro día, mientras el culto Baptista ha sido relegado a horas inconvenientes, salen al aire en horario destacado programas de supuesto corte social, que son burda careta propagandística de Evo.

 

Dice el biógrafo José María Santiváñez, que el general José Ballivián, “anticipándose a su época, comprendió que las dos grandes necesidades de Bolivia, las dos fuentes de su progreso, estaban simbolizadas en estas dos palabras: caminos, instrucción.” Pues he aquí que la primera es el legado de Alfonso Gumucio Reyes, mientras que la segunda es algo por lo que será recordado Mariano Baptista Gumucio, tío y sobrino de una notable estirpe de bolivianos.

 

Un siglo de inestabilidad política, explotación de la riqueza minera y expoliación del territorio patrio habría de transcurrir desde la muerte solitaria en Río de Janeiro del visionario Ballivián, hasta que la historia regalara al país otro de su cuño, en la persona de ese gran servidor público que fue Gumucio Reyes. No es panegírico sin fundamento. Su currículo de obras y proyectos esculpe la Bolivia de hoy, y va mucho más allá de reiniciar las obras de la carretera Cochabamba-Santa Cruz.

 

Este trascendental cordón umbilical conectando oriente y occidente, había sido caballito de batalla de una Santa Cruz abandonada, pero tan boliviana como los otros firmantes de la fundación de la república en 1825. Una Santa Cruz que clamaba puertos de acceso marítimo en los ríos Paraguay y Madera en 1868; que proponía carretera entre occidente y oriente y alertaba de un Paraguay agazapado en el Chaco en su Memorando de 1904. Iniciada la carretera en 1941, más por estrategia de un EE.UU. preocupado por un eventual teatro de guerra en Sudamérica, yació inconclusa como tantos otros proyectos que no pasaron de gestos a la Bolivia de la llanura, hasta que Gumucio Reyes hiciera suyo el esfuerzo.

 

Este notable cochabambino merece un monumento en una rotonda del primer anillo de los que distinguen la urbe cruceña, cuya construcción algo le debe. Como la carretera Santa Cruz-Montero, que convertida en autopista de múltiples carriles debiera llevar su nombre. También lleva su rúbrica el ramillete de vías que han hecho próspero el hinterland de la zona integrada aledaña a Santa Cruz: Montero-Buena Vista, Guabirá-Río Chané, Guabirá-Río Grande, Saavedra-Mineros-La Loma. A los que dio funcionalidad económica despertando sus áreas de influencia con el ingenio azucarero Guabirá, la inmigración japonesa de Okinawa y San Juan, la colonización colla del norte cruceño, el proyecto ganadero Abapó-Izozog.

 

Solo siguiendo los hilos de proyectos de este gran boliviano daría para un programa de gobierno. Imaginemos su Vivero San Benito exportando la variedad Gumucio Reyes de durazno producido en Cochabamba; que su concepto transpuesto al altiplano engendre cornucopia que brinde al mundo quinua, amaranto, maca y otros cultivos andinos, que fueran posibles si se ejecutara su proyecto hidroeléctrico y de riego del río Desaguadero. Que Cochabamba despierte al proyecto vial Montepuncu-Puerto Villarroel, adosando una hidroeléctrica en angostos del río Sajta, que complemente la hidroeléctrica Corani de la que Gumucio Reyes fuera inceptor; que empujara sus estudios pioneros de navegabilidad del río Mamoré, para llevarlos allende lo poco avanzado hasta hoy en la hidrovía Ichilo-Mamoré.   

   

La saga de Alfonso Gumucio Reyes tiene epílogo triste, como la música que me acompañó en estas líneas. Pena que se haya perdido su testamento político, cuyo concepto central era desarrollar el espacio interior boliviano, antes que lo hagan por la fuerza los países vecinos.

 

A la Bolivia después de 1952, de la que fuera su más constructivo exponente, sobrevino en péndulo siniestro el tiempo de los militares. Nuestro héroe criticaba su apropiación de proyectos, luego abandonarlos o distraer sus recursos. Lo encarcelaron durante 8 meses en el gobierno de Barrientos, por ridículo supuesto desfalco de 264 pesos de la caja chica del café, invitado a visitas del Ministerio de Economía presidido por él, cuando manejaba millones de la ayuda americana de entonces. No le perdonaban su advocar fuerzas armadas profesionales y vinculadas al desarrollo.

 

Hombre de casa alquilada, sin bienes de fortuna, que desde la temprana muerte de su padre mantuviera a su familia –y a la mía, cuenta Mariano Baptista Gumucio- en camiones militares se robaron sus pertenencias. Se salvó del asalto, oculto, un alfanje musulmán regalo del Presidente Sukarno de Indonesia.

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