Winston Estremadoiro

El Beni y una visión de su progreso  

Noviembre 2005     

 

Winston Estremadoiro

El 18 de noviembre de 2005 se cumplen 164 años de la Batalla de Ingavi, y uno menos desde que el vencedor José Ballivián fundara el departamento del Beni, en el primer aniversario de ese hito liberador de Bolivia. Cabe rememorar el contexto de su fundación, hoy que la banda está tronando en Trinidad.

 

Las gentes del inmenso territorio boliviano allende los Andes orientales, eran o salvajes gentíos, o herederos del sistema patriarcal jesuítico. O lo que quedaba de él, ya que al descabezamiento de los Jesuitas en 1767, siguió un régimen servil de abuso a mansos indígenas de las misiones. Ballivián los emancipó a rango de ciudadanos libres el 6 de agosto de 1842. Entusiasmado por el futuro del comercio de productos de tan industriosos pueblos, creó el departamento del Beni sobre la base de misiones del antiguo Moxos, añadiendo las provincias de Caupolicán y Yuracarés. Hoy la primera es parte de La Paz; la segunda es lo que queda del Parque Nacional Isiboro-Sécure, en pugna entre Beni y Cochabamba, mientras se lo parcelan de a poco los cocaleros de Evo Morales. En esa inestable Bolivia, a las puertas de larga noche de caudillos y asonadas, no se concretaron los caminos que el vencedor de Ingavi pergeñara: Reyes-Guanay, Reyes-Apolobamba, Magdalena-Yungas, Cochabamba-Moleto. ¿Mucho Reyes? Bueno, Reyes iba a ser Ciudad Ballivián, la capital del Beni.

 

La anarquía tocó las puertas del país y dejó inermes a la rapacidad de criollos, principalmente cruceños y paceños, a los indígenas. Llegaron primero a extraer cascarilla o chinchona, la quinina que curaba la malaria de europeos en marcha a doblegar pueblos en África y Asia; luego devino el auge de la goma elástica. Ambos auges tuvieron la variable independiente –sin la cual no hubiesen podido ser- de la fatiga de los indígenas. Si se pregunta por qué el Beni es hoy bastión de un partido, quizá la respuesta yace en que el otro hito emancipador del Beni indígena ocurrió en 1953. No que se les hubiera dotado de tierras, sino que con la Reforma Agraria adquirieron libertad de desplazamiento, aspecto de dicha norma poco notado pero importante.   

 

 ¿Qué es el Beni hoy en día? En primer lugar es naturaleza: casi un quinto de las 60 áreas protegidas del país están dentro sus confines. La conservación de los humedales en las pampas mojeñas, segundas en extensión a los llanos de Venezuela, adquiere ribetes de urgencia cuando en la seca se enciende un llano en llamas de sus pampas, que contrastan con ese inmenso espejo de agua con pecas de lagunas, que es Moxos en la época de lluvias.

 

El Beni es también diversidad de etnias como no tiene ninguna otra región de Bolivia. De las 37 lenguas que se hablan o se hablaban en el país, 23 están en el Beni, razón ésta que mueve a risa, cuando se habla de revivir culturas indígenas mediante la escolarización en lengua materna, más aún después de la expulsión del Instituto Lingüístico de Verano, cofradía evangelista equivalente a los jesuitas en los 60. Sin aludir a la desigualdad social y económica de ellos en relación a la cultura dominante de los carayana o blancos, la mayoría de las etnias benianas están mestizadas en mayor o menor grado.

 

Algún analista cruceño, con desparpajo rayano en la liviandad, preguntaba el otro día ¿qué les dicen a los benianos de Magdalena?: ¿magdalenianos?, ¿magdalenienses? No faltó uno a quien no le pesó llamar de larga distancia, para aclarar que se llaman Itonamas, su abolengo étnico. Algo que trae a colación la identificación de benianos –carayana e indígena por igual- con su pueblo y su etnia de origen. Y es que el Beni es una nación de pueblos, como decía Ambrosio García Rivera. Con 58.481 Km2 menos que un Ecuador de más de 13 millones de gentes, el Beni tiene menos de 400.000 habitantes.

 

Se tarda más en viajar de Reyes a Magdalena que de La Paz a París, observaba mi ilustre tío poeta reyesano. Y el Beni es una inmensidad desarticulada y sin energía barata. Vegeta la navegación en sus ríos, que otrora progresara del batelón a la lancha a vapor. El brinco del carretón a la avioneta, accesible solo a los pudientes, tapuja urgencias de vertebrar su vastedad. La carretera Santa Cruz-Trinidad tardó más de 25 años en ser realidad. El tramo Cotapata-Santa Bárbara de 50 Km., ya en 12 años de construcción y sin salida del túnel a la vista, hace suponer que tardará un siglo la carretera de La Paz al Beni, aún cuando a Ambrosio García Rivera se le deben sus puentes, que permiten viaje largo y polvoriento hasta Riberalta.  

 

Hitos económicos en que se asienta su realidad son la ganadería mojeña y la industria extractiva del norte, que hoy se benefician en otros distritos. El Beni tiene 10 veces más vacas que gente; sin entrar a la controversia de que si le conviene la ganadería de cría, mientras Santa Cruz come la tajada del león con la de engorde, destaca que la mayoría de los ganaderos benianos son pequeños, con hatos de 500 a 2.000 cabezas. Les convendría una simbiosis de turismo y conservación, con programas de hospedería turística en sus estancias, o el fomento de nuevos rubros de pecuaria, como la crianza de piyos o de jochis, en auge en otros países, entre otros.

 

Es tiempo de que el Beni configure una visión propia de su desarrollo, sustentado en cinco pilastras: conservar su naturaleza, exaltar sus etnias fomentando el progreso de sus indígenas, propiciar el turismo sostenible y ecológico, mejorar la competitividad ganadera y afianzar industrias extractivas del norte. Los caminos, el acceso al gas natural, y el proyecto binacional de la hidroenergía de las cachuelas norteñas, propiciarán sinergias entre esas cinco columnas. Serían médula y nervio de una nueva óptica de progreso, para que el Beni deje de guardar su hermoso futuro, como canta el himno, porque hasta acceso al mar tendría.

Cerrar Ventana