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Winston
Estremadoiro |
Por no tener acceso al
TimesSelect
del New York Times, no leí el artículo de Thomas L.
Friedman
Thou Shalt Not Destroy the Center,
que en tono de admonición de mandamiento divino,
recomienda que “no debes destruir el centro”,
refiriéndose, espero, al espectro político. Como la
zorra frente a las uvas inaccesibles de la fábula de
Esopo, me consolé en pensar que de todos modos prefiero
a Maureen Dowd, la linda entre los columnistas de ese
gran periódico.
El título de Friedman hace reflexionar en que parece que
existen dos polarizadas opciones en la batalla electoral
boliviana. El tercer candidato en discordia, ante el
bajón de la intención de voto a su favor, reclama ser el
centro político venido a menos. Nada más falaz, como
falsa es la dicotomía que se viene machacando: el
candidato de la izquierda versus el de la derecha. La
verdad es que si se analizan los programas de gobierno
(que el de la supuesta izquierda no quiere o no tiene
las luces para debatir), los candidatos de nota en las
elecciones de 2005 son entrevero de posturas ideológicas
que se alinean entre el caudillismo populista en un
extremo, y la social democracia en el medio.
A las clases de gobierno de Aristóteles -monarquía,
aristocracia y democracia- los filósofos griegos
posteriores identificaron tres formas degeneradas:
tiranía, oligarquía y oclocracia; esta última es el
gobierno de la multitud o plebe. En Bolivia ningún
partido es oligárquico, por mucho de que tal membrete
sea caballito de batalla del candidato populista. En
cambio, es evidente la tendencia oclocrática de su
tienda política. Lo reafirmaron senadores exponentes de
dos extremos -uno, líder sindical campesino; el otro del
sector “intelectual”- reiterando la sentencia siniestra
de que los llamados movimientos sociales serán los
bedeles del futuro gobierno.
Degusté un bocadillo marino con los planteamientos
de gobierno en el debate televisivo de los 3 candidatos
a la presidencia de Chile. No pude menos que envidiar a
los políticos transandinos: no pierden el norte del bien
público en sus propuestas. Hicieron gala de conocer los
problemas regionales y nacionales de su país, sin
confrontar ni vociferar consignas que no se cumplirán.
El resultado de sus elecciones genera confianza: al
triunfo contundente de Bachelet con 20 puntos de ventaja
sobre el segundo, seguirá una segunda vuelta electoral
que generará gobernabilidad sin titubeos ni
incertidumbre. Mientras tanto, en Bolivia, unos amenazan
la guerra de marchas y bloqueos para imponer su
preferencia aún antes del voto en las urnas; otros, le
dan plazo al gobierno para reivindicar sus pretensiones:
sean nacionalizaciones imposibles, ilusos salarios
mínimos de miles, rabietas para continuar el carnaval
docente en las normales, o planes subversivos por
matuteros de autos chutos.
Canapés brasileños vinieron de Antonio Cándido y Américo
Martín. El primero vaticinó que
el Partido de los Trabajadores fundado por Lula en 1980,
sería ejemplo de un movimiento democrático y pluralista;
a pesar de sus contradicciones internas, suplantaría a
los envilecidos partidos del pasado. Muchos de sus
allegados esperaban de él algo parecido a la peligrosa
patochada de Venezuela bajo la batuta de Hugo Chávez,
mas el presidente Lula se concentró en estabilizar la
economía de su país. Ha logrado un claro éxito
económico: el programa ortodoxo de Lula tuvo su premio
en casi todas las variables. Pero su partido político le
ha fallado al quedar atrapado en el miasma de la
corrupción.
El segundo se pregunta por qué Lula es acosado a
propósito de la corrupción “mientras que en Venezuela
donde el problema es más grave, las denuncias resbalan
por la piel del gobierno.” No es que los diputados
venezolanos de oposición hayan sido menos enérgicos que
los brasileños. Han presentado pruebas e indicios
demoledores, que incriminan a jefes del proceso
bolivariano, denuncias que se acompañan de documentos
contundentes. Sin embargo ninguna autoridad toma cartas
en el asunto para no irritar al dueño de sus vidas.
¿Cómo entender eso?, se pregunta Martín. Es porque en
Brasil la calidad de la democracia es superior. Los
parlamentarios, los medios, los partidos actúan sin
miedo porque se saben protegidos por la Constitución.
¿Qué
pasará
en Bolivia bajo un gobierno populista? Hemos
evolucionado de andar con el testamento bajo el brazo en
la dictadura, a las amenazas de matanga o
burundanga, pero primero burundanga después
matanga de todas maneras, en esta democracia
representativa degradándose a oclocracia. Por eso me
cayó mal un canapé de Friedman que se adelantaba con las
noticias del New York Times. Decía que “es realmente
preocupante la brecha entre los problemas que confronta
nuestro país y los minúsculos mandatos que nuestra
democracia parece capaz de generar para solucionarlos”.
Si tal reflexión le queda bien a la democracia
representativa más grande del mundo, le viene como
anillo al dedo a esta pobre patria, tan mal gobernada,
pésimamente administrada y siempre saqueada.
Me
terminé de indigestar con un bocado de Carlos Alberto
Montaner,
que anota que Bolivia es el país más pobre de
Sudamérica. En el último medio siglo Brasil ha crecido
el 350%, Chile el 200% y Argentina el 75%. Nuestro país,
en cambio, apenas un 1%. Los bolivianos que van a votar
en las elecciones de 2005 viven tan mal como sus padres
en 1980 o como sus abuelos en 1950. La riqueza que
generan por cabeza, a valores constantes, es la misma
hoy que antes de la tan mentada revolución de 1952.
Tanto nadar para morir en la playa, dice. Poética pero
triste figura que se ajusta tanto a la economía
esmirriada del país, que tiene sumidos en la pobreza y
el desempleo a la mayoría, como a una democracia que
costara tanto esfuerzo conseguir, en camino a degenerar
a una oclocracia corrupta con el populismo.
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