Winston Estremadoiro

Canapés de afuera para mirar adentro  

Diciembre 2005     

 

Winston Estremadoiro

Por no tener acceso al TimesSelect del New York Times, no leí el artículo de Thomas L. Friedman Thou Shalt Not Destroy the Center, que en tono de admonición de mandamiento divino, recomienda que “no debes destruir el centro”, refiriéndose, espero, al espectro político. Como la zorra frente a las uvas inaccesibles de la fábula de Esopo, me consolé en pensar que de todos modos prefiero a Maureen Dowd, la linda entre los columnistas de ese gran periódico.

 

El título de Friedman hace reflexionar en que parece que existen dos polarizadas opciones en la batalla electoral boliviana. El tercer candidato en discordia, ante el bajón de la intención de voto a su favor, reclama ser el centro político venido a menos. Nada más falaz, como falsa es la dicotomía que se viene machacando: el candidato de la izquierda versus el de la derecha. La verdad es que si se analizan los programas de gobierno (que el de la supuesta izquierda no quiere o no tiene las luces para debatir), los candidatos de nota en las elecciones de 2005 son entrevero de posturas ideológicas que se alinean entre el caudillismo populista en un extremo, y la social democracia en el medio.

 

A las clases de gobierno de Aristóteles -monarquía, aristocracia y democracia- los filósofos griegos posteriores identificaron tres formas degeneradas: tiranía, oligarquía y oclocracia; esta última es el gobierno de la multitud o plebe. En Bolivia ningún partido es oligárquico, por mucho de que tal membrete sea caballito de batalla del candidato populista. En cambio, es evidente la tendencia oclocrática de su tienda política. Lo reafirmaron senadores exponentes de dos extremos -uno, líder sindical campesino; el otro del sector “intelectual”- reiterando la sentencia siniestra de que los llamados movimientos sociales serán los bedeles del futuro gobierno.

 

      Degusté un bocadillo marino con los planteamientos de gobierno en el debate televisivo de los 3 candidatos a la presidencia de Chile. No pude menos que envidiar a los políticos transandinos: no pierden el norte del bien público en sus propuestas. Hicieron gala de conocer los problemas regionales y nacionales de su país, sin confrontar ni vociferar consignas que no se cumplirán. El resultado de sus elecciones genera confianza: al triunfo contundente de Bachelet con 20 puntos de ventaja sobre el segundo, seguirá una segunda vuelta electoral que generará gobernabilidad sin titubeos ni incertidumbre. Mientras tanto, en Bolivia, unos amenazan la guerra de marchas y bloqueos para imponer su preferencia aún antes del voto en las urnas; otros, le dan plazo al gobierno para reivindicar sus pretensiones: sean nacionalizaciones imposibles, ilusos salarios mínimos de miles, rabietas para continuar el carnaval docente en las normales, o planes subversivos por matuteros de autos chutos.

 

Canapés brasileños vinieron de Antonio Cándido y Américo Martín. El primero vaticinó que el Partido de los Trabajadores fundado por Lula en 1980, sería ejemplo de un movimiento democrático y pluralista; a pesar de sus contradicciones internas, suplantaría a los envilecidos partidos del pasado. Muchos de sus allegados esperaban de él algo parecido a la peligrosa patochada de Venezuela bajo la batuta de Hugo Chávez, mas el presidente Lula se concentró en estabilizar la economía de su país. Ha logrado un claro éxito económico: el programa ortodoxo de Lula tuvo su premio en casi todas las variables. Pero su partido político le ha fallado al quedar atrapado en el miasma de la corrupción.

 

El segundo se pregunta por qué Lula es acosado a propósito de la corrupción “mientras que en Venezuela donde el problema es más grave, las denuncias resbalan por la piel del gobierno.” No es que los diputados venezolanos de oposición hayan sido menos enérgicos que los brasileños. Han presentado pruebas e indicios demoledores, que incriminan a jefes del proceso bolivariano, denuncias que se acompañan de documentos contundentes. Sin embargo ninguna autoridad toma cartas en el asunto para no irritar al dueño de sus vidas. ¿Cómo entender eso?, se pregunta Martín. Es porque en Brasil la calidad de la democracia es superior. Los parlamentarios, los medios, los partidos actúan sin miedo porque se saben protegidos por la Constitución.

 

¿Qué pasará en Bolivia bajo un gobierno populista? Hemos evolucionado de andar con el testamento bajo el brazo en la dictadura, a las amenazas de matanga o burundanga, pero primero burundanga después matanga de todas maneras, en esta democracia representativa degradándose a oclocracia. Por eso me cayó mal un canapé de Friedman que se adelantaba con las noticias del New York Times. Decía que “es realmente preocupante la brecha entre los problemas que confronta nuestro país y los minúsculos mandatos que nuestra democracia parece capaz de generar para solucionarlos”. Si tal reflexión le queda bien a la democracia representativa más grande del mundo, le viene como anillo al dedo a esta pobre patria, tan mal gobernada, pésimamente administrada y siempre saqueada.

 

Me terminé de indigestar con un bocado de Carlos Alberto Montaner, que anota que Bolivia es el país más pobre de Sudamérica. En el último medio siglo Brasil ha crecido el 350%, Chile el 200% y Argentina el 75%. Nuestro país, en cambio, apenas un 1%. Los bolivianos que van a votar en las elecciones de 2005 viven tan mal como sus padres en 1980 o como sus abuelos en 1950. La riqueza que generan por cabeza, a valores constantes, es la misma hoy que antes de la tan mentada revolución de 1952. Tanto nadar para morir en la playa, dice. Poética pero triste figura que se ajusta tanto a la economía esmirriada del país, que tiene sumidos en la pobreza y el desempleo a la mayoría, como a una democracia que costara tanto esfuerzo conseguir, en camino a degenerar a una oclocracia corrupta con el populismo.

 

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