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Winston
Estremadoiro |
La cabra tira
p´al
monte, dirá algún compatriota colla sobre mi propósito
de terciar en la controversia sobre el manifiesto
cruceño
Para seguir desencantando la tierra.
Respondo en las palabras de una guaraya: ¡pero
craro!
Como afirma la canción de Los Beatles, escribo con un
poco de ayuda de mis amigos, así que para documentarme,
una amiga camba me mandó una tongada de adjuntos sobre
el tema. Pretendo darle un sesgo cultural al asunto -en
el sentido antropológico del concepto-, por lo que me
cayó al pelo que una matriarca itonama, para solaz de su
hijo, mi cumpa, se prestó de la Biblioteca Municipal de
Magdalena, el bello
Historia del pueblo Mojo,
decantación de cursillos de animadores de base en las
Parroquias de Moxos. Pirata confeso que soy, fotocopié
con tapa a color y todo, una obra en la que tan valiosos
como el texto, son los dibujos testimoniales de los
mojeños sobre su historia, que me recordaron a Felipe
Guamán Poma de Ayala.
En esos menesteres me llegó la iluminación que provocó
un suceso sin importancia, pero que cambió el rumbo e
hizo navideñas estas líneas. Pacientemente esperaba la
versión anillada del librito, cuando se llenó el recinto
con gente que plastificaba tarjetas, con foto y todo, de
membresía en el Movimiento al Socialismo
(MAS)-Instrumento Político por la Soberanía de los
Pueblos (IPSP), que es el nombre completo del partido
cocalero engarzado en sigla socialista prestada. Pasaban
los minutos que me llevarían a tiempo a la misa de cabo
de año de un amigo, así que se me agotó la paciencia y,
molesto porque mi encargo fue relegado, comenté en voz
alta que tales carnés eran prueba irrefutable de la
même
chose,
la misma vaina, en el vaivén político del país.
Me ratifico. Lo prueban tanto la censurable, aunque
comprensible, tendencia de las personas para ser como
ratones que corren hacia la alacena del que podría ser
el nuevo dueño del queso, cuanto por la reedición que se
nos viene encima, de un gobierno de votos de la
democracia del 99.9% de electores. Como el de la
puka
papeleta, la rosada, en camionadas de arreados por el
MNR, que mi padre censuraba en 1956. Es mal endémico del
populismo.
En eso el bendito paráclito me visitó en la persona de
un hombre humilde. Si no eres racista no te importa si
era blanco, indígena o mestizo, categoría esta última de
la mayoría de los bolivianos y de los latinoamericanos.
Pero era menudo de estatura, quizá por las generaciones
de ancestros malnutridos; enjuto de carnes, tal vez por
una vida de irse a dormir con el estómago haciéndole
reclamos bullangueros de hambre oculta. Como yo seguía
despotricando contra los atropellos de siempre de la
política criolla, me miró a los ojos y dijo con
humildad: señor, tengo carnés de todos los partidos
políticos, es la única forma que tengo de conseguir
trabajo en el PLANE (Plan de Empleo de Emergencia). Fue
como me hubiesen dado un mazazo, que tiró por el suelo
mi arrogancia y apagó de un soplo este mi temperamento
incendiario, impulsivo y cascarrabias.
La Navidad ha sido siempre motivo de tristeza para mí.
Primero, por la saudade de mi país y de mi gente en los
años que viví en el vientre de la ballena, como decía
José Martí. Luego fue mi primogénito cercenado por el
divorcio y después sobrevinieron las pérdidas de seres
queridos, alguno de los cuales estuvo languideciendo
unas nochebuenas con nosotros, pero era como si ya
estuviese ausente.
En el desagradable contexto del torbellino comercial en
que los mercaderes han convertido el nacimiento humilde
del Nazareno que habría de cambiar el mundo, hoy la
Navidad me abofetea el tema de los pobres de mi patria,
cada vez en mayor número en este país disperso y mal
aprovechado. Rayan en centenares, que toman posesión de
esquinas de calles y avenidas para pedir limosna.
Cuentan en miles, que buscan acomodo en veleidades
políticas para conseguir un empleo. Son millones, que
comerán pavo en nochebuenas de ciudades extrañas,
entrecortado con llanto de nostalgia por la picana
boliviana con sus familias. Me atormenta, además, que se
avecine otro gran desengaño de los condenados de la
tierra, como los llamaba Franz Fanon, en un sistema
político que lo más que parece lograr es el relevo de
corruptos por otros podridos en el manejo de la cosa
pública.
Algún amigo me increpó por qué siendo progresista estoy
a contrapelo de los mal llamados movimientos sociales y
a su opción política. No creo que mejore el vino
agitando la borra, insisto. Eso es lo que el permanente
estado de inestabilidad social está haciendo en Bolivia,
cuando para progresar el país necesita paz y trabajo,
respondí.
Pero la valentía de un hombre humilde, que se disfraza
para conseguir una chamba con un carné de partido
político en la cresta de la ola, me llevó a contar mis
bendiciones. Es lo que deberíamos hacer todos en la
Navidad, celebrando el natalicio de un recién nacido
inocente, al que sus padres libraban de inmisericorde
muerte trayéndolo a la vida en un pesebre de Belén.
Bendigo, pues, a Dios por mi familia, por mis amigos,
por mi patria. Pero más aún, en esta Navidad bendigo a
Dios por mi gente humilde.
En el modo creativo que impuso un Vinicius de Moraes que
se calificaba poeta y diplomático, el blanco más negro
de Brasil en su
Samba da Bençao,
digo que es mejor ser alegre que ser triste, que la
alegría es la mejor cosa que existe, que es como una luz
en el corazón. Pero parafraseando, añado que para hablar
de la Navidad con belleza, es preciso un bocado de
tristeza. Y acoto, como en la reflexión de Vinicius de
Moraes, Garoto y Chico Buarque en la canción
Gente Humilde,
que en Navidad me aprieta el pecho una tristeza, del
despecho de no tener cómo luchar, y yo que no soy
creyente, pido a Dios por nuestra gente, que es gente
humilde, qué ganas da de llorar…
¡Feliz Navidad 2005!
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