Winston Estremadoiro

Gente humilde  

Diciembre 2005     

 

Winston Estremadoiro

La cabra tira p´al monte, dirá algún compatriota colla sobre mi propósito de terciar en la controversia sobre el manifiesto cruceño Para seguir desencantando la tierra. Respondo en las palabras de una guaraya: ¡pero craro! Como afirma la canción de Los Beatles, escribo con un poco de ayuda de mis amigos, así que para documentarme, una amiga camba me mandó una tongada de adjuntos sobre el tema. Pretendo darle un sesgo cultural al asunto -en el sentido antropológico del concepto-, por lo que me cayó al pelo que una matriarca itonama, para solaz de su hijo, mi cumpa, se prestó de la Biblioteca Municipal de Magdalena, el bello Historia del pueblo Mojo, decantación de cursillos de animadores de base en las Parroquias de Moxos. Pirata confeso que soy, fotocopié con tapa a color y todo, una obra en la que tan valiosos como el texto, son los dibujos testimoniales de los mojeños sobre su historia, que me recordaron a Felipe Guamán Poma de Ayala.

 

En esos menesteres me llegó la iluminación que provocó un suceso sin importancia, pero que cambió el rumbo e hizo  navideñas estas líneas. Pacientemente esperaba la versión anillada del librito, cuando se llenó el recinto con gente que plastificaba tarjetas, con foto y todo, de membresía en el Movimiento al Socialismo (MAS)-Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (IPSP), que es el nombre completo del partido cocalero engarzado en sigla socialista prestada. Pasaban los minutos que me llevarían a tiempo a la misa de cabo de año de un amigo, así que se me agotó la paciencia y, molesto porque mi encargo fue relegado, comenté en voz alta que tales carnés eran prueba irrefutable de la même chose, la misma vaina, en el vaivén político del país.

 

Me ratifico. Lo prueban tanto la censurable, aunque comprensible, tendencia de las personas para ser como ratones que corren hacia la alacena del que podría ser el nuevo dueño del queso, cuanto por la reedición que se nos viene encima, de un gobierno de votos de la democracia del 99.9% de electores. Como el de la puka papeleta, la rosada, en camionadas de arreados por el MNR, que mi padre censuraba en 1956. Es mal endémico del populismo.  

 

En eso el bendito paráclito me visitó en la persona de un hombre humilde. Si no eres racista no te importa si era blanco, indígena o mestizo, categoría esta última de la mayoría de los bolivianos y de los latinoamericanos. Pero era menudo de estatura, quizá por las generaciones de ancestros malnutridos; enjuto de carnes, tal vez por una vida de irse a dormir con el estómago haciéndole reclamos bullangueros de hambre oculta. Como yo seguía despotricando contra los atropellos de siempre de la política criolla, me miró a los ojos y dijo con humildad: señor, tengo carnés de todos los partidos políticos, es la única forma que tengo de conseguir trabajo en el PLANE (Plan de Empleo de Emergencia). Fue como me hubiesen dado un mazazo, que tiró por el suelo mi arrogancia y apagó de un soplo este mi temperamento incendiario, impulsivo y cascarrabias.   

 

La Navidad ha sido siempre motivo de tristeza para mí. Primero, por la saudade de mi país y de mi gente en los años que viví en el vientre de la ballena, como decía José Martí. Luego fue mi primogénito cercenado por el divorcio y después sobrevinieron las pérdidas de seres queridos, alguno de los cuales estuvo languideciendo unas nochebuenas con nosotros, pero era como si ya estuviese ausente.

 

En el desagradable contexto del torbellino comercial en que los mercaderes han convertido el nacimiento humilde del Nazareno que habría de cambiar el mundo, hoy la Navidad me abofetea el tema de los pobres de mi patria, cada vez en mayor número en este país disperso y mal aprovechado. Rayan en centenares, que toman posesión de esquinas de calles y avenidas para pedir limosna. Cuentan en miles, que buscan acomodo en veleidades políticas para conseguir un empleo. Son millones, que comerán pavo en nochebuenas de ciudades extrañas, entrecortado con llanto de nostalgia por la picana boliviana con sus familias. Me atormenta, además, que se avecine otro gran desengaño de los condenados de la tierra, como los llamaba Franz Fanon, en un sistema político que lo más que parece lograr es el relevo de corruptos por otros podridos en el manejo de la cosa pública.

 

Algún amigo me increpó por qué siendo progresista estoy a contrapelo de los mal llamados movimientos sociales y a su opción política. No creo que mejore el vino agitando la borra, insisto. Eso es lo que el permanente estado de inestabilidad social está haciendo en Bolivia, cuando para progresar el país necesita paz y trabajo, respondí. 

 

Pero la valentía de un hombre humilde, que se disfraza para conseguir una chamba con un carné de partido político en la cresta de la ola, me llevó a contar mis bendiciones. Es lo que deberíamos hacer todos en la Navidad, celebrando el natalicio de un recién nacido inocente, al que sus padres libraban de inmisericorde muerte trayéndolo a la vida en un pesebre de Belén. Bendigo, pues, a Dios por mi familia, por mis amigos, por mi patria. Pero más aún, en esta Navidad  bendigo a Dios por mi gente humilde.

 

En el modo creativo que impuso un Vinicius de Moraes que se calificaba poeta y diplomático, el blanco más negro de Brasil en su Samba da Bençao, digo que es mejor ser alegre que ser triste, que la alegría es la mejor cosa que existe, que es como una luz en el corazón. Pero parafraseando, añado que para hablar de la Navidad con belleza, es preciso un bocado de tristeza. Y acoto, como en la reflexión de Vinicius de Moraes, Garoto y Chico Buarque en la canción Gente Humilde, que en Navidad me aprieta el pecho una tristeza, del despecho de no tener cómo luchar, y yo que no soy creyente, pido a Dios por nuestra gente, que es gente humilde, qué ganas da de llorar…    

 

¡Feliz Navidad 2005!

 

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