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Winston
Estremadoiro |
El titular dominguero Bolivia exige otro sistema
político daba para fantasear y yo soy un alucinado
natural. Pensé que se refería a cambiar la democracia
representativa por una monarquía, que con tanto medio
pelo presumiendo de originario, no podría ser de
peluquín versallesco, a pesar de que abundan los piojos
como en la Francia de peluca empolvada. Como está de
moda hablar de dientes para afuera de socialismo, ¿qué
tal retornar al absolutismo del Tahuantinsuyo, siguiendo
el falaz molde de
El imperio socialista de los Incas,
de ese Louis Baudoin rousseauniano? Ya no habría
alborotos ni huelgas en Bolivia.
Pero no cuajaría la leche. Porque ni pastuzos
colombianos, ni ecuatorianos ni peruanos del norte,
cuyas tierras comprendía el Chinchaysuyo, querrían saber
del desaguisado. Los chilenos no estarían de acuerdo -y
tienen los fierros para impedirlo- con volver a la
frontera incaica que ocupaba el
Contisuyo
en la costa peruana hasta el Río Maule. Se opondrían
desde Iquitos hasta Santa Cruz de la Sierra, tierras del
Antisuyo. Quedaría solito el Collasuyo, que ocupaba gran
parte del occidente boliviano, llegando hasta ese norte
argentino que Marcelo Tinelli aludía el otro día,
anunciando una “saya del altiplano” que bailaron un par
de niños de Jujuy. Después de los desmadres altiplánicos,
¿qué tucumano, salteño, chaqueño, chapaco, quechua
valluno querría saber de aymaras empeñados en
dominarlos? Y quizá exterminarlos, como hicieran con los
chipayas, porque esto del trapeado genocidio no es cosa
de europeos matando indios solamente.
Dejé mis alucinaciones y entré al
artículo de marras, que se refería a la crisis de
representación del país, sin que nada tuviera que ver,
gracias a Dios, con cambiar la democracia
representativa boliviana por el gobierno de una poblada
corporativa de obreros, mineros, campesinos, indios
originarios, maestros trotskistas, cocaleros, gays y
lesbianas lava patas y otras vainas, presididos por un
Evo Morales de
maskapaicha,
esa orla incaica que bien le sienta, ¿no ve?
Respiré aliviado, pero se me subió la presión con otro
titular que nada tenía que ver con el anterior, que por
provocativo y falaz seguramente fue producto de una
fiebre de viernes de soltero: El 75% de los
bolivianos apuesta por la nacionalización. Pensé,
¿será que somos tan cojudos? Si no hay plata para pagar
sueldos, ¿de dónde obtenerla para pagar indemnizaciones
a las petroleras? Se requieren miles de millones de
dólares para hacer de Bolivia un país productor que
industrialice su gas natural; ahora ni los chinos
quieren saber de invertir en nuestro país y se van a
Venezuela, que quizá financia pero no admite en su
tierra alborotos bolivianos. Increíble, Santa Cruz,
ciudad que se beneficia con la radicación de la mayoría
de las empresas petroleras, foráneas y nacionales, “es
el reducto donde la nacionalización de los recursos
energéticos encuentra una mayor aceptación (78.9%).”
Una impresionante colección de gráficos acompañaba los
resultados de la encuesta de magra muestra de 850
personas, realizada en las cuatro ciudades principales
de Bolivia, nada menos que durante la taquicardia
colectiva de sufridas gentes en los caldeados días
previos a defenestrar al incapaz de Carlos Mesa:
suficiente contexto para meter sesgo en las respuestas.
Tuve que desempolvar mi
How to Lie with Statistics,
(Cómo mentir con las estadísticas), librito de 142
páginas de Darrell Huff, con el que exorcizo unas 5.000
de una docena de libros de estadística que me dan dolor
de cabeza mirándome desde mi biblioteca. No que la
estadística deje de ser la parte de apariencia más
empírica, sujeta a prueba, científica, de las ciencias
sociales. Pero la cultura
Light
típica de los tiempos y de los encuestadores, hace de
estos tan peligrosos como monos con navaja por los
supuestos endebles en que basan sus muestras, las
múltiples fallas por comisión u omisión que provocan
sesgos de respuesta, para no hablar de las rimbombantes
conclusiones, con esos demoledores porcentajes que
sustentan sus falacias.
El daño está hecho de confundir a la opinión pública con
tan sesgada noticia sobre un tema tan delicado. Aún yo,
siendo medianamente informado, sigo turulato con la Ley
de Hidrocarburos que fuera aprobada por el Congreso,
elaborada más con el criterio de contentar a tirios y
troyanos, que de seguir la estrella polar del interés
público, con patriotismo, sagacidad y pragmatismo. Pero
creo que los bolivianos son sensatos y no creerán un
titular mentiroso, que extrapola un 75% de compatriotas
a favor de nacionalizar los hidrocarburos, sobre la base
de una encuesta con pies de barro.
Sin embargo, inquieta que un irónico Darrell Huff note
cómo la magia de los numeritos estadísticos ocasiona una
suspensión del sentido común en las gentes. Como cuando
publicaron una aterradora estadística de tantos millones
de casos de cáncer de próstata en Estados Unidos, lo que
significaba que los varones del grupo de edad afectado
tenían 1.1 próstatas cancerosas cada uno. Razón tenía
Benjamín Disraeli, escritor y político británico, quien
decía que “hay tres clases de mentiras: las mentiras,
las malditas mentiras y las estadísticas.” Con una
reflexión similar divertía Mark Twain, quien ponderaba
la fascinación con la extrapolación estadística,
ironizando cómo las gentes aceptan montones de
conjeturas de mezquinas inversiones de hechos reales.
La pena es que los editores de medios escritos, quizá
empeñados en titulares amarillistas para vender
periódicos, no ponderen las bases de reportajes que más
que informar, confunden a la opinión pública, de por sí
mareada con tanto estribillo engañanecios. Esos
eslóganes que hoy, de tanto repetir, como alardearía el
ministro nazi de propaganda Goebbels, hipnotizan aunque
fueran mentirosos.
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