Winston Estremadoiro

Encuestas mentirosas y engañanecios  

Junio 2005     

 

Winston Estremadoiro

El titular dominguero Bolivia exige otro sistema político daba para fantasear y yo soy un alucinado natural. Pensé que se refería a cambiar la democracia representativa por una monarquía, que con tanto medio pelo presumiendo de originario, no podría ser de peluquín versallesco, a pesar de que abundan los piojos como en la Francia de peluca empolvada. Como está de moda hablar de dientes para afuera de socialismo, ¿qué tal retornar al absolutismo del Tahuantinsuyo, siguiendo el falaz molde de El imperio socialista de los Incas, de ese Louis Baudoin rousseauniano? Ya no habría alborotos ni huelgas en Bolivia.

 

Pero no cuajaría la leche. Porque ni pastuzos colombianos, ni ecuatorianos ni peruanos del norte, cuyas tierras comprendía el Chinchaysuyo, querrían saber del desaguisado. Los chilenos no estarían de acuerdo -y tienen los fierros para impedirlo- con volver a la frontera incaica que ocupaba el Contisuyo en la costa peruana hasta el Río Maule. Se opondrían desde Iquitos hasta Santa Cruz de la Sierra, tierras del Antisuyo. Quedaría solito el Collasuyo, que ocupaba gran parte del occidente boliviano, llegando hasta ese norte argentino que Marcelo Tinelli aludía el otro día, anunciando una “saya del altiplano” que bailaron un par de niños de Jujuy. Después de los desmadres altiplánicos, ¿qué tucumano, salteño, chaqueño, chapaco, quechua valluno querría saber de aymaras empeñados en dominarlos? Y quizá exterminarlos, como hicieran con los chipayas, porque esto del trapeado genocidio no es cosa de europeos matando indios solamente.  

 

      Dejé mis alucinaciones y entré al artículo de marras, que se refería a la crisis de representación del país, sin que nada tuviera que ver, gracias a Dios, con cambiar la  democracia representativa boliviana por el gobierno de una poblada corporativa de obreros, mineros, campesinos, indios originarios, maestros trotskistas, cocaleros, gays y lesbianas lava patas y otras vainas, presididos por un Evo Morales de maskapaicha, esa orla incaica que bien le sienta, ¿no ve?

 

Respiré aliviado, pero se me subió la presión con otro titular que nada tenía que ver con el anterior, que por provocativo y falaz seguramente fue producto de una fiebre de viernes de soltero: El 75% de los bolivianos apuesta por la nacionalización. Pensé, ¿será que somos tan cojudos? Si no hay plata para pagar sueldos, ¿de dónde obtenerla para pagar indemnizaciones a las petroleras? Se requieren miles de millones de dólares para hacer de Bolivia un país productor que industrialice su gas natural; ahora ni los chinos quieren saber de invertir en nuestro país y se van a Venezuela, que quizá financia pero no admite en su tierra alborotos bolivianos. Increíble, Santa Cruz, ciudad que se beneficia con la radicación de la mayoría de las empresas petroleras, foráneas y nacionales, “es el reducto donde la nacionalización de los recursos energéticos encuentra una mayor aceptación (78.9%).”

 

Una impresionante colección de gráficos acompañaba los resultados de la encuesta de magra muestra de 850 personas, realizada en las cuatro ciudades principales de Bolivia, nada menos que durante la taquicardia colectiva de sufridas gentes en los caldeados días previos a defenestrar al incapaz de Carlos Mesa: suficiente contexto para meter sesgo en las respuestas. Tuve que desempolvar mi How to Lie with Statistics, (Cómo mentir con las estadísticas), librito de 142 páginas de Darrell Huff, con el que exorcizo unas 5.000 de una docena de libros de estadística que me dan dolor de cabeza mirándome desde mi biblioteca. No que la estadística deje de ser la parte de apariencia más empírica, sujeta a prueba, científica, de las ciencias sociales. Pero la cultura Light típica de los tiempos y de los encuestadores, hace de estos tan peligrosos como monos con navaja por los supuestos endebles en que basan sus muestras, las múltiples fallas por comisión u omisión que provocan sesgos de respuesta, para no hablar de las rimbombantes conclusiones, con esos demoledores porcentajes que sustentan sus falacias.    

 

El daño está hecho de confundir a la opinión pública con tan sesgada noticia sobre un tema tan delicado. Aún yo, siendo medianamente informado, sigo turulato con la Ley de Hidrocarburos que fuera aprobada por el Congreso, elaborada más con el criterio de contentar a tirios y troyanos, que de seguir la estrella polar del interés público, con patriotismo, sagacidad y pragmatismo. Pero creo que los bolivianos son sensatos y no creerán un titular mentiroso, que extrapola un 75% de compatriotas a favor de nacionalizar los hidrocarburos, sobre la base de una encuesta con pies de barro.

 

Sin embargo, inquieta que un irónico Darrell Huff note cómo la magia de los numeritos estadísticos ocasiona una suspensión del sentido común en las gentes. Como cuando publicaron una aterradora estadística de tantos millones de casos de cáncer de próstata en Estados Unidos, lo que significaba que los varones del grupo de edad afectado tenían 1.1 próstatas cancerosas cada uno. Razón tenía Benjamín Disraeli, escritor y político británico, quien decía que “hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas.” Con una reflexión similar divertía Mark Twain, quien ponderaba la fascinación con la extrapolación estadística, ironizando cómo las gentes aceptan montones de conjeturas de mezquinas inversiones de hechos reales.

 

La pena es que los editores de medios escritos, quizá empeñados en titulares amarillistas para vender periódicos, no ponderen las bases de reportajes que más que informar, confunden a la opinión pública, de por sí mareada con tanto estribillo engañanecios. Esos eslóganes que hoy, de tanto repetir, como alardearía el ministro nazi de propaganda Goebbels, hipnotizan aunque fueran mentirosos.

 

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