Winston Estremadoiro

Algunas cosas que cambiaría en 2006  

Enero 2006     

 

Winston Estremadoiro

El penúltimo día de 2005 cavilaba que el primer día del Año Nuevo será como cualquier otro. Saldrá el sol glorioso como siempre, festejado por la algarabía de trinos madrugadores. En esa hora mágica, estaré comiendo fricasé con amigos, luego dormiré el desvelo del baile despidiendo el año viejo y saludando el nuevo, almorzaré una picana recalentada para curar la resaca, alternaré con la familia, haré el amor con mi amada, escribiré mucho, leeré más y me deprimiré poco, pasearé por el jardín a la hora de la oración celebrando las rosas en flor y la higuera preñada de frutos, y escucharé música mientras bebo vino. Es mi pálpito que uno tiene que hacer lo que más le gusta el primer día del año, así se replicará tal agenda durante lo venidero. Bueno che, concedo que algunas actividades no todos los días.

 

Con el año nuevo vienen las resoluciones de mejora personal, que no cargaré a la cuenta de la paciencia de mis lectores. Eso sí, se me ocurrió una lista de cosas que me gustaría que cambien en el 2006, en un gobierno surgido del voto democrático de la mayoría absoluta de bolivianos, uno que promete reformas de verdad.

 

Optimista que soy, listé en columna a la izquierda instituciones o sectores; a la derecha, adjetivos que les descalifican. Resultó un salpicón que merece reflexión, porque al aguantarlo medimos todos en el rasero de la corrupción que postra a Bolivia. Con el aburrido chancatapún de rap de guetos de ociosos neoyorquinos, póngase en la mira de impuestos a falsos indios, transportistas abusadores, políticos tránsfugas de partidos epifitos, abogados chicaneros, jueces aerolitos y policías garrapatas. Por falta de espacio, quedaron en el tintero contrabandistas vampiros, gremiales cuerudos, burócratas vividores, constructores coimeros, universitarios mediocres y  empresarios saqueadores.

 

Ahora que tendremos un presidente ‘indígena’, es hora que acaben las exclusiones. En el exterior el Presidente electo declaró que vamos a dejar de ser un país limosnero: entonces que todos los bolivianos paguen impuestos. Salvo los bolsones de miseria de originarios de verdad, que los paguen el resto de terratenientes, indígenas o no. En pueblos contrabandistas; en ciudades intermedias de muchos hechos a los pobrecitos, cuando en presteríos y fiestas de vírgenes fenicias, gastan más de lo que ganan en un año profesionistas que se quemaron las pestañas un lustro.

 

Que emitan factura los transportistas dueños de buses, cada uno de los cuales vale más que una fábrica pequeña, que suben el precio de pasajes “de acuerdo a la oferta y la demanda”, cuando les viene en gana. Echen a la calle a reguladores de engorde, a los que se les podría haber ocurrido poner una caseta en cada terminal de buses, para recibir reclamos de pasajeros que viajaron con el Jesús en la boca con chóferes ebrios o somnolientos; que soportaron una noche de olores de comida, gases subrepticios y patas hediondas amenizados de ronquidos, en buses cuyas ventanas no se pueden abrir, con el pasillo embutido de polizontes.

 

Transparencia Internacional anota que en Bolivia el tufillo de la corrupción huele más en boca de pozo que no es petrolero: en los partidos políticos, en la policía y en los estrados judiciales. Soy desconfiado cuando no escéptico del nuevo experimento político de refundar el país, porque ¿quién puede negar que innovadores anteriores de corte populista –PIR, MNR y MIR, entre otros- parieron una clase política corrupta de idealistas que degradaron a colgadores, revolucionarios que se tornaron en cuperos, reformadores que trocaron a cardenales rateros? Y sin pagar impuestos.

 

La Policía Nacional sigue corcoveando el mono de la corrupción desde que tomara bandos y se volviera política. Hoy con uno, mañana con otro es su vaivén penoso, mientras la institución pierde su noble norte y resbala a ser una estructura de exacción del pueblo al que debieran servir. Ingresos que no generan impuestos en todo trámite policial, sálvenos Dios de incidente criminal en que se los requiera, dan sustento a triángulo de generales de oropel en la punta y paquitos deshilachados en la base.

 

Como al criminal que metieron a la chirola no por asesino sino por impuestos, es preciso agarrar el hilo conductor de la maraña de abogados coludidos con bancos usureros, que cobran miles de dólares y no facturan. Tómense exámenes a jueces aerolitos, esos que caen del cielo a cargos jurisdiccionales sin hacer carrera ni tener logros académicos. No en vano reclaman los buenos administradores de justicia que se descarte el ‘Windows’ del Poder Judicial. ¿Bronca a Bill Gates?, indagué. No, hombre, que acaben los nombramientos de los que entran por la ventana por “muñeca” de algún padrino, me dijeron.

 

Por eso inquieta que incierto como lectura en hojas de coca se perfila lo que vendrá en 2006. Cómo no, si una de cal y otra de arena parecen los propósitos del Presidente electo. Por ejemplo, cal viva que escalda fue anunciar que disminuirá su sueldo a la mitad; jerarcas, congresistas y sabe quienes más, deberán atenerse a la norma de que nadie debe ganar más que el primer mandatario. Tiene más de rédito político que de efecto positivo en arcas estatales; huele a demagogia que invita a su amiga la corruptela al banquete de siempre. En cambio, arena que aglutina el calicanto nacional es la conciliación de prioridades del nuevo mandatario con el Comité Pro-Santa Cruz. Atrás quedaron los epítetos de bloqueador y oligarcas que distanciaban a Evo Morales de los cívicos cruceños. El presidente electo demandó la complementariedad entre su conciencia social y el saber hacer de empresarios de la locomotora cruceña.

 

¿Se dará la amalgama de conciencia social y profesionalidad honesta en el manejo de la cosa pública en Bolivia a partir de 2006? Un buen inicio es que todos paguen impuestos.

 

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