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Winston
Estremadoiro |
El penúltimo día de 2005 cavilaba que el primer día del
Año Nuevo será como cualquier otro. Saldrá el sol
glorioso como siempre, festejado por la algarabía de
trinos madrugadores. En esa hora mágica, estaré comiendo
fricasé con amigos, luego dormiré el desvelo del baile
despidiendo el año viejo y saludando el nuevo, almorzaré
una picana recalentada para curar la resaca, alternaré
con la familia, haré el amor con mi amada, escribiré
mucho, leeré más y me deprimiré poco, pasearé por el
jardín a la hora de la oración celebrando las rosas en
flor y la higuera preñada de frutos, y escucharé música
mientras bebo vino. Es mi pálpito que uno tiene que
hacer lo que más le gusta el primer día del año, así se
replicará tal agenda durante lo venidero. Bueno che,
concedo que algunas actividades no todos los días.
Con el año nuevo vienen las resoluciones de mejora
personal, que no cargaré a la cuenta de la paciencia de
mis lectores. Eso sí, se me ocurrió una lista de cosas
que me gustaría que cambien en el 2006, en un gobierno
surgido del voto democrático de la mayoría absoluta de
bolivianos, uno que promete reformas de verdad.
Optimista que soy, listé en columna a la izquierda
instituciones o sectores; a la derecha, adjetivos que
les descalifican. Resultó un salpicón que merece
reflexión, porque al aguantarlo medimos todos en el
rasero de la corrupción que postra a Bolivia. Con el
aburrido
chancatapún
de rap de guetos de ociosos neoyorquinos, póngase en la
mira de impuestos a falsos indios, transportistas
abusadores, políticos tránsfugas de partidos epifitos,
abogados chicaneros, jueces aerolitos y policías
garrapatas. Por falta de espacio, quedaron en el tintero
contrabandistas vampiros, gremiales cuerudos, burócratas
vividores, constructores coimeros, universitarios
mediocres y empresarios saqueadores.
Ahora que tendremos un presidente ‘indígena’, es hora
que acaben las exclusiones. En el exterior el Presidente
electo declaró que vamos a dejar de ser un país
limosnero: entonces que todos los bolivianos paguen
impuestos. Salvo los bolsones de miseria de originarios
de verdad, que los paguen el resto de terratenientes,
indígenas o no. En pueblos contrabandistas; en ciudades
intermedias de muchos hechos a los pobrecitos, cuando en
presteríos y fiestas de vírgenes fenicias, gastan más de
lo que ganan en un año profesionistas que se quemaron
las pestañas un lustro.
Que emitan factura los transportistas dueños de buses,
cada uno de los cuales vale más que una fábrica pequeña,
que suben el precio de pasajes “de acuerdo a la oferta y
la demanda”, cuando les viene en gana. Echen a la calle
a reguladores de engorde, a los que se les podría haber
ocurrido poner una caseta en cada terminal de buses,
para recibir reclamos de pasajeros que viajaron con el
Jesús en la boca con chóferes ebrios o somnolientos; que
soportaron una noche de olores de comida, gases
subrepticios y patas hediondas amenizados de ronquidos,
en buses cuyas ventanas no se pueden abrir, con el
pasillo embutido de polizontes.
Transparencia Internacional anota que en Bolivia el
tufillo de la corrupción huele más en boca de pozo que
no es petrolero: en los partidos políticos, en la
policía y en los estrados judiciales. Soy desconfiado
cuando no escéptico del nuevo experimento político de
refundar el país, porque ¿quién puede negar que
innovadores anteriores de corte populista –PIR, MNR y
MIR, entre otros- parieron una clase política corrupta
de idealistas que degradaron a colgadores,
revolucionarios que se tornaron en cuperos, reformadores
que trocaron a cardenales rateros? Y sin pagar
impuestos.
La Policía Nacional sigue corcoveando el mono de la
corrupción desde que tomara bandos y se volviera
política. Hoy con uno, mañana con otro es su vaivén
penoso, mientras la institución pierde su noble norte y
resbala a ser una estructura de exacción del pueblo al
que debieran servir. Ingresos que no generan impuestos
en todo trámite policial, sálvenos Dios de incidente
criminal en que se los requiera, dan sustento a
triángulo de generales de oropel en la punta y paquitos
deshilachados en la base.
Como al criminal que metieron a la chirola no por
asesino sino por impuestos, es preciso agarrar el hilo
conductor de la maraña de abogados coludidos con bancos
usureros, que cobran miles de dólares y no facturan.
Tómense exámenes a jueces aerolitos, esos que caen del
cielo a cargos jurisdiccionales sin hacer carrera ni
tener logros académicos. No en vano reclaman los buenos
administradores de justicia que se descarte el ‘Windows’
del Poder Judicial. ¿Bronca a Bill Gates?, indagué. No,
hombre, que acaben los nombramientos de los que entran
por la ventana por “muñeca” de algún padrino, me
dijeron.
Por eso inquieta que incierto como lectura en hojas de
coca se perfila lo que vendrá en 2006. Cómo no, si una
de cal y otra de arena parecen los propósitos del
Presidente electo. Por ejemplo, cal viva que escalda fue
anunciar que disminuirá su sueldo a la mitad; jerarcas,
congresistas y sabe quienes más, deberán atenerse a la
norma de que nadie debe ganar más que el primer
mandatario. Tiene más de rédito político que de efecto
positivo en arcas estatales; huele a demagogia que
invita a su amiga la corruptela al banquete de siempre.
En cambio, arena que aglutina el calicanto nacional es
la conciliación de prioridades del nuevo mandatario con
el Comité Pro-Santa Cruz. Atrás quedaron los epítetos de
bloqueador y oligarcas que distanciaban a Evo Morales de
los cívicos cruceños. El presidente electo demandó la
complementariedad entre su conciencia social y el saber
hacer de empresarios de la locomotora cruceña.
¿Se dará la amalgama de conciencia social y
profesionalidad honesta en el manejo de la cosa pública
en Bolivia a partir de 2006? Un buen inicio es que todos
paguen impuestos.
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