Winston Estremadoiro

Disyuntivas del Presidente Morales  

Enero 2006     

 

Winston Estremadoiro

En el viernes prenavideño en el lugar de siempre, uno de mis amigos, burlón, apuntó que mi atuendo –zapatos negros, pantalón blanco y camisa azul oscuro- eran colores de la bandera del Movimiento al Socialismo (MAS). Bueno, retruqué, por lo menos mejoré de aquella vez en que otro, petimetre futre él, me miró de pies a cabeza para luego sentenciar que me vestía en la boutique Mecagoenlaelegancia. Tal ocurrencia sirvió de introito para que picoteásemos lo despreciable que son los tránsfugas que hoy pululan los pasillos del partido ganador: hay unos de frondoso currículo en varias tiendas políticas. Ciframos esperanzas en que los Torquemada del Tribunal de la Santa Pureza Política del MAS los manden a la hoguera del desdén.    

 

No hay duda que es preciso doblar la hoja y empezar en una en blanco desde que Evo Morales ganó la presidencia por mayoría absoluta. Hay algunas disyuntivas en el horizonte.

 

Poco antes del 18 de diciembre, los movimientistas se ufanaban de que su partido, como ave fénix, había revivido de las cenizas en que lo dejó el gonismo: con media docena de diputados serían los que decidirían quien llegaba a presidente. Cuestión de talegazos y pegas iba a ser ese votar y no elegir al que estábamos acostumbrados, si la diferencia entre el primer y segundo candidato ratificaba las encuestas de intención de voto.

 

Una buena cosa de la paliza electoral de 2005, pues, es una atmósfera política diáfana como el aire después de una nutrida lluvia. Como el polvo de la sequía, se ha lavado la perspectiva de esos conciliábulos entre gallos y media noche, que negociaban acuerdos de toma y daca que estamos percudidos de aguantar. Hoy los árboles lucen, como cantaba García Lorca, verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas, con la esperanza de que los elegidos del nuevo Congreso, conducirán sus sesiones como una ópera seria para mejorar el país. Basta esa opereta tragicómica donde la forma es más que el fondo al tratar los intereses públicos.

 

Tal es la disyuntiva inicial que enfrenta Evo Morales Presidente, quien maneja los hilos con el respaldo político necesario, pero está atirantado por quienes le asesoran y jalan por tendencias moderadas y extremistas contrapuestas: ¿priorizará la raíz sobre la hojarasca?  

 

Desde siempre he adjuntado mi dirección de correo electrónico al pie de mis artículos. Como tarjeta navideña, tuve la amenaza de que “nos quedaremos en el gobierno para siempre y sabremos poner en su lugar a reaccionarios como tú que ni siquiera son bolivianos: que viva Evo y los originarios, ¡jallalla!” Era de un Alejandro que quizá nació un más autóctono Alejo, pero firmaba un yanagringo Alex. Le contesto citando a Voltaire: “no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo”: es válido para él, para mí y para todos quienes creemos en una Bolivia libre y democrática.

 

El incidente enfoca luces sobre dos disyuntivas del Presidente Morales. Se nota en titulares que un día hablan de razzias, de masacres blancas vengativas en determinadas instituciones –la Corte Nacional Electoral y el Poder Judicial, entre otras- pero no en todas aquellas donde se concentra la podredumbre de la corrupción. Otro día amanece el elegido con rasgos de estadista, como cuando anuncia el evitar disenso con prefectos autónomos, también elegidos pero de persuasión diferente.

 

Es necesario un golpe de timón, pero una disyuntiva es: ¿gobernará Evo Morales como Lula da Silva o como Hugo Chávez? El presidente brasileño se maneja dentro los marcos de una sólida democracia representativa. A su vez, con el respaldo de millardos de superávit petrolero, el mandatario venezolano ha cambiado las reglas del juego democrático a su imagen y semejanza para perpetuarse en el poder.    

 

Inclusión versus exclusión es otra disyuntiva. Se me crispa la nuca cada vez que el presidente electo arenga la media verdad de mayorías “quechuaymara”, o cuando exacerba resentimientos étnicos con falacias de moda, como el ribete ‘originario’, que es tan inexacto como aquel de ‘indígena’, que nada más quiere decir oriundo del país.

 

Primero, porque no soy ni quechua ni aymara, apenas un criollo variante camba amazónico con casi dos siglos de raigambre en mi Bolivia. Como la mayoría de compatriotas, ésta es mi patria y aquí me quedo con los huesos de mis ancestros. Segundo, porque los quechuas han sido y son rivales tradicionales de los aymaras; éstos han sojuzgado a los Uru-Chipaya, y quizá expulsaron de Tiahuanaco a los originarios Puquina; aquellos son oriundos del ahora Ecuador que se asentaron por mandato Inca en el valle cochabambino, “relocalizando” sabe Dios dónde a los originarios Kanata. A veces tercian un condescendiente ‘guaraní’ en el discurso racista indianista, que flaco favor hace a una veintena de etnias orientales: de guaraní tienen tanto como los coreanos de chinos, en gran parte de la media luna del norte paceño, Pando, Beni, Santa Cruz y Tarija.

 

Suma y multiplica, no restes y dividas; gobierna para todos en vez de divide ut regnes de la máxima de Maquiavelo, es otra disyuntiva de quien debiera ser un buen mandatario para toda la diversa nación boliviana.

 

En el ocaso del neoliberalismo bajo el nuevo gobierno, la economía del país está en cifras positivas y en trámite de apertura al mundo. El Estado en un rol rector y la globalización del comercio han hecho de China una potencia; han permitido reducir índices de pobreza en Chile como en ninguna otra nación sudamericana. ¿Quién puede oponerse a proyectos visionarios, a esquemas para generar empleo en el que el Estado asuma un rol directriz? Pero eso está lejos de la postura fetal de retraerse de la integración comercial, para involucionar a ser pelele de alguno. Apertura al mundo o encuevarse es pues otra disyuntiva del Presidente Evo Morales.

 

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