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Winston
Estremadoiro |
En el viernes prenavideño en el lugar de siempre, uno de
mis amigos, burlón, apuntó que mi atuendo –zapatos
negros, pantalón blanco y camisa azul oscuro- eran
colores de la bandera del Movimiento al Socialismo
(MAS). Bueno, retruqué, por lo menos mejoré de aquella
vez en que otro, petimetre futre él, me miró de pies a
cabeza para luego sentenciar que me vestía en la
boutique Mecagoenlaelegancia. Tal ocurrencia sirvió de
introito para que picoteásemos lo despreciable que son
los tránsfugas que hoy pululan los pasillos del partido
ganador: hay unos de frondoso currículo en varias
tiendas políticas. Ciframos esperanzas en que los
Torquemada del Tribunal de la Santa Pureza Política del
MAS los manden a la hoguera del desdén.
No hay duda que es preciso doblar la hoja y empezar en
una en blanco desde que Evo Morales ganó la presidencia
por mayoría absoluta. Hay algunas disyuntivas en el
horizonte.
Poco antes del 18 de diciembre, los movimientistas se
ufanaban de que su partido, como ave fénix, había
revivido de las cenizas en que lo dejó el gonismo: con
media docena de diputados serían los que decidirían
quien llegaba a presidente. Cuestión de talegazos y
pegas iba a ser ese votar y no elegir al que estábamos
acostumbrados, si la diferencia entre el primer y
segundo candidato ratificaba las encuestas de intención
de voto.
Una buena cosa de la paliza electoral de 2005, pues, es
una atmósfera política diáfana como el aire después de
una nutrida lluvia. Como el polvo de la sequía, se ha
lavado la perspectiva de esos conciliábulos entre gallos
y media noche, que negociaban acuerdos de toma y daca
que estamos percudidos de aguantar. Hoy los árboles
lucen, como cantaba García Lorca, verde que te quiero
verde, verde viento, verdes ramas, con la esperanza de
que los elegidos del nuevo Congreso, conducirán sus
sesiones como una ópera seria para mejorar el país.
Basta esa opereta tragicómica donde la forma es más que
el fondo al tratar los intereses públicos.
Tal es la disyuntiva inicial que enfrenta Evo Morales
Presidente, quien maneja los hilos con el respaldo
político necesario, pero está atirantado por quienes le
asesoran y jalan por tendencias moderadas y extremistas
contrapuestas: ¿priorizará la raíz sobre la hojarasca?
Desde siempre he adjuntado mi dirección de correo
electrónico al pie de mis artículos. Como tarjeta
navideña, tuve la amenaza de que “nos quedaremos en el
gobierno para siempre y sabremos poner en su lugar a
reaccionarios como tú que ni siquiera son bolivianos:
que viva Evo y los originarios, ¡jallalla!”
Era de un Alejandro que quizá nació un más autóctono
Alejo, pero firmaba un
yanagringo
Alex. Le contesto citando a Voltaire: “no
estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía
para que usted pudiera decirlo”: es válido para él, para
mí y para todos quienes creemos en una Bolivia libre y
democrática.
El incidente enfoca luces sobre dos disyuntivas del
Presidente Morales. Se nota en titulares que un día
hablan de
razzias,
de masacres blancas vengativas en determinadas
instituciones –la Corte Nacional Electoral y el Poder
Judicial, entre otras- pero no en todas aquellas donde
se concentra la podredumbre de la corrupción. Otro día
amanece el elegido con rasgos de estadista, como cuando
anuncia el evitar disenso con prefectos autónomos,
también elegidos pero de persuasión diferente.
Es necesario un golpe de timón, pero una disyuntiva es:
¿gobernará Evo Morales como Lula da Silva o como Hugo
Chávez? El presidente brasileño se maneja dentro los
marcos de una sólida democracia representativa. A su
vez, con el respaldo de millardos de superávit
petrolero, el mandatario venezolano ha cambiado las
reglas del juego democrático a su imagen y semejanza
para perpetuarse en el poder.
Inclusión versus exclusión es otra disyuntiva. Se me
crispa la nuca cada vez que el presidente electo arenga
la media verdad de mayorías “quechuaymara”,
o cuando exacerba resentimientos étnicos con falacias de
moda, como el ribete ‘originario’, que es tan inexacto
como aquel de ‘indígena’, que nada más quiere decir
oriundo del país.
Primero, porque no soy ni quechua ni aymara, apenas un
criollo variante camba amazónico con casi dos siglos de
raigambre en mi Bolivia. Como la mayoría de
compatriotas, ésta es mi patria y aquí me quedo con los
huesos de mis ancestros. Segundo, porque los quechuas
han sido y son rivales tradicionales de los aymaras;
éstos han sojuzgado a los Uru-Chipaya, y quizá
expulsaron de Tiahuanaco a los originarios Puquina;
aquellos son oriundos del ahora Ecuador que se asentaron
por mandato Inca en el valle cochabambino,
“relocalizando” sabe Dios dónde a los originarios Kanata.
A veces tercian un condescendiente ‘guaraní’ en el
discurso racista indianista, que flaco favor hace a una
veintena de etnias orientales: de guaraní tienen tanto
como los coreanos de chinos, en gran parte de la media
luna del norte paceño, Pando, Beni, Santa Cruz y Tarija.
Suma y multiplica, no restes y dividas; gobierna para
todos en vez de
divide ut regnes
de la máxima de Maquiavelo, es otra disyuntiva de quien
debiera ser un buen mandatario para toda la diversa
nación boliviana.
En
el ocaso del neoliberalismo bajo el nuevo gobierno, la
economía del país está en cifras positivas y en trámite
de apertura al mundo. El Estado en un rol rector y la
globalización del comercio han hecho de China una
potencia; han permitido reducir índices de pobreza en
Chile como en ninguna otra nación sudamericana. ¿Quién
puede oponerse a proyectos visionarios, a esquemas para
generar empleo en el que el Estado asuma un rol
directriz? Pero eso está lejos de la postura fetal de
retraerse de la integración comercial, para involucionar
a ser pelele de alguno. Apertura al mundo o encuevarse
es pues otra disyuntiva del Presidente Evo Morales.
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