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Winston
Estremadoiro |
En el fragor de las elecciones, se ha ocultado una
controversia que merece tratarse entre los bolivianos
que piensan y sienten aquello de unidad en la diversidad
como piedra angular de una patria común. Todo empezó con
el atropello a la Constitución, que asigna escaños
congresales de acuerdo a la población censada, y que
fuera tratada como regateo de verduleras del mercado. En
ese contexto, el manifiesto
Para seguir desencantando la tierra
de Alcides Pareja Moreno, Susana Seleme Antelo y Ruber
Carvalho Urey, en apretado esbozo enrostra el descuido
de la Bolivia oriental en los primeros 125 años de vida
republicana.
Yo concuerdo y abundo. Prueban el olvido las migajas de
dilapidar el patrimonio territorial del país. Hubo gran
diferencia entre el Ballivián creador del Beni y
Melgarejo, que si no hubiese sido tan ignaro de la
Bolivia del otro lado de los Andes, hubiese negociado un
trozo de río Madera allende las cachuelas, que dieran
puerto al Atlántico por el río Amazonas en ese
abandonado noreste; de milagro no incluyó el Mutún,
junto con su gemelo el Urucúm, cuando regaló a Brasil la
margen izquierda del río Alto Paraguay.
Tan poco importaba el oriente, que las compensaciones
monetarias con que Chile y Brasil se limpiaron la boca
después de engullirse el Litoral y el Acre, se plasmaron
en caminos de fierro que en el caso del Madeira-Mamoré
nunca llegó a ninguna parte; los ferrocarriles al
Pacífico se quedaron en el oeste del país, con ramal de
conveniencia a los socavones de barones mineros que
regían su destino.
Fue negligencia debida al país campamento que engendró
la Bolivia minera, que los alimentos -fideos, aceite,
arroz, azúcar, alcohol y hasta pan- se importaban hasta
1950. Por fin en la segunda mitad del siglo 20, tuvieron
que juntarse chapacos, cruceños, paceños y cochabambinos
–Paz Estenssoro, Chávez Ortiz, Siles Zuazo, Guevara Arce
y Gumucio Reyes-heridos por otro olvido occidental, el
drama del Chaco, para dar cumplimiento a un plan gringo
(Bohan), logrando que Bolivia produzca su propio
sustento abriéndose al oriente.
En el Manifiesto camba encontré poca sustancia que
merezca la reacción, solapada en unos, virulenta en
otros, de intelectuales collas. No resumiré sus
conclusiones, menos los reverberos que provocó en esa
Bolivia volcada hacia el vaivén insulso de la
dependencia de Chile o de Perú.
Pero redoblo el tambor en esta patria tan mestiza como
el resto de la América Latina de la raza cósmica de
Vasconcelos, cuando estamos a las puertas de una
Asamblea Constituyente bocona de originarios y falsos
indios, de algo que proclama el Manifiesto cruceño: la
necesidad imperiosa de cumplir el precepto
constitucional de 1994, que reconoce a Bolivia como un
país multicultural y plurilingüe. Plasmar “un
Estado que reconozca la riqueza de la diversidad, la
fuerza de la pluralidad, la inapreciable valía de
nuestras múltiples identidades y el peso de las razones
regionales”, invocan.
Hay palo para tirios y troyanos en ese tema, porque la
mayoría de los bolivianos siguen de espaldas a la
realidad sociocultural de un país de mayúscula
diversidad de acervo mestizo e indígena. Hecho
incomprensible en una Bolivia que se pregona multiétnica
y pluricultural, persistir en el contrasentido de tener
facultades de sociología plagadas de teorías de
conflicto, en vez de escuelas de antropología que
estudien y destaquen el valor de
todas
las etnias y sus culturas, que en su amasijo histórico
están gestando la nación y la cultura bolivianas.
Tanto los dominantes del occidente que han regido un
país andino centrista en la mayor parte de la historia
republicana, como los relegados bolivianos del oriente
que han conquistado su entorno a pesar del olvido, lo
han hecho a expensas de explotar pueblos indígenas. No
fue cosa nueva, pues la historia precolombina fue una
sucesión de tales subyugaciones; la colonial reemplazó a
los orejones por los hispanos; en el Este, después de
expulsar a los Jesuitas, autores de la más importante y
equitativa ingeniería social desde 1590 hasta 1767,
vinieron los criollos que impusieron su hegemonía
durante la era republicana: en el occidente encuevado,
en el oriente postergado y en el sur olvidado.
Ojalá el Presidente Evo Morales inicie un período
histórico en que las mayorías mestizas e indígenas
asuman el peso específico de su número en el manejo
político del país. Pero seamos vigilantes de que no sea
con una
cantonización
balcánica, similar a la que enriqueció a los mercaderes
de la muerte y parceló Yugoslavia. Bienvenida si es a
través de un proceso de reconocer y ensalzar valores
culturales de
toda
la diversa Bolivia. Así, más pronto que tarde, llegará
el día en que seremos orgullosos de nuestro ser mestizo,
sacando del desván fotos y recuerdos de nuestras abuelas
de pollera y tipoy; un amanecer cuando el indígena
boliviano, en vez de ofenderse, hinchará el pecho de
orgullo étnico cuando se le nombre como indio.
La educación será crucial. Seamos optimistas de que no
se inducirá resentimiento étnico, para enfervorizar a la
plebe en experimentos políticos calcados de otros
países. Prime la sensatez de no echar por la borda la
inversión, así fuera ineficiente y corrupta, del proceso
de reforma educativa, sin ponerle el cascabel al gato a
los maestros más interesados en subvertir que en
enseñar. Confiemos en que la llegada de millares de
extranjeros dizque para alfabetizar, no soslaye a los
bolivianos capaces de ello, que lo han hecho con éxito
en el pasado, sí señor.
Más bien, con tanto desempleo y nuestra juventud yendo a
probar fortuna en menesteres azarosos en patrias
extrañas, bien podríamos matar dos pájaros de un tiro:
que los bolivianos descubran Bolivia, mediante un vasto
programa de empleo en alfabetización y erradicación de
males de la salud debidas a la pobreza.
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