Winston Estremadoiro

Busco compositor para ópera bufa  

Enero 2006     

 

Winston Estremadoiro

Adaptar la situación de un mítico municipio a una ópera fue inspiración mía, aún antes que cerrara el telón de maniobras para censurar a un alcalde cochabambino de mucha tela para cortar sin ser sastre, con la orden vicepresidencial a concejales de oposición, de no tabear a su aliado en las pasadas elecciones. Como Teddy Roosevelt, mandamás gringo que abominaba de los dictadores, pero los apalancaba si eran sus hijos de perra.

 

Después de repasar el libreto del Rigoletto de Verdi, ópera seria aunque su protagonista sea un bufón, concluí que la saga edil solo daba para ópera bufa, así tuviese pasión, engaño, infidelidad, amor familiar y venganza como el drama verdiano. Dudando que mi escaso talento musical dé la talla, hoy busco compositor para la música de un libreto de tales personajes de opereta.

 

Revisé Las Bodas de Fígaro de Mozart. No, el libreto no abriría con Fígaro midiendo el espacio donde entraría su tálamo nupcial, o ring de las cuatro perillas como lo llamaba Sofocleto. Empezaría con un estudiante de sociología en la universidad, recordado por alzar el puño izquierdo, ensalzar la lucha de clases, denostar rapacerías de los mandamases y arengar reivindicaciones de los pobres.

 

Después del alfa es bueno conocer el omega. La escena final podría ser un aria lastimera en que el tenor principal cuestionaría, en la opulencia, si valió la pena vender su alma al diablo: como el Fausto de Goethe, pero no en pos de sabiduría sino de riqueza. Reminiscente de film antiguo del Drácula de Bram Stoker, una turba de aldeanos con palos y antorchas quemaría su mansión, esta vez clavando una estaca en el pecho del chupa sangre. Fantasía que tal cosa suceda, porque la lucha contra la corruptela es fuego de chala, por lo que el coro cantaría la gran finale: ¡habrá opereta para rato!, que suena lindo en italiano, repetido in crescendo hasta un magistral cierre abrupto.

 

Entre medio irán escenas tragicómicas. El contrapunto del pupilo adulador y su tutor político, donde el aprendiz luego muerde la mano que le dio el hueso. La aria del esposo ebrio de poder repudiando a la que se chupó las cenas de té con marraqueta, tomando nueva cónyuge entre cortesanas (en la acepción de una que sirve obsequiosamente a un superior, no de mujer de costumbres libres), de la comuna. Dará para jocoso dueto, que las dos mujeres canten uno de fingida cortesía, como el Via resti servita (acepta mis deferencias) de la ópera de Mozart.

 

Situaciones de ópera bufa inspira la mezzosoprano, que en voz chillona se jactaría de negocios logrados a la sombra del poder, usando vehículos y personal municipal. David Copperfield haría la escenografía de la magia de miles de plantines esfumados sin registro; del toque de varita mágica, rayitos de peluquería y nada de marihuana de por medio, que trocaría a una María en su hermana Juana.

 

Después, periodistas sacarían los trapitos sucios al sol y el bufón sería un humilde chofer que paga el pato. El tenor principal arrancaría con una estridente aria de frases como ‘apreciaciones incorrectas’, ‘dignidad’, ‘especulación y equívocos’, ‘daño a mi entorno familiar’. Entraría un coro de plañideras que se rasgarían las vestiduras, clamando una afrenta a los derechos humanos de mujeres. Pensé plagiar un “No llores por mí Cochabamba” del musical Evita de Andrew Lloyd Webber, pero prefiero italiana tipo Laura Antonelli, que traduzca una aria en que la falsa apenada lloraría lágrimas de cocodrilo pidiendo perdón “a ese pueblo porque estamos por ellos, pero si ellos piden que me repliegue a mi casa a mis labores personales, lo voy a hacer”. Se replegaría, pero de azafata de tienda política opuesta al antiguo mentor de su esposo. En este último arbitrio, el tenor principal pondría hasta avioneta, descuidando el cargo para el que jurara y quizá hasta desviando recursos.

 

En una ópera bufa, un componente a lo Mahler –triste y sombrío- es tarea difícil. Un trío de bajos con fondo de melancólicos cellos, evocaría el manantial soterrado de corrupción cuyas aguas hacen ricachones de pobretones. Una escena será de maletas de dinero de sentajes de miles de venteros en esas llagas urbanas de urbes cada vez más calcutizadas; millonadas mensuales que dicen algunos que haciendo escarnio de las leyes, quizá no llegan a las arcas ediles. En escenario lleno de colorida y hedionda basura en las calles por flojera del tenor principal, que a esa hora recién estaría tomando su café, a media mañana ocurriría un hilarante entrevero de pelea entre vecinos airados, paquitos ediles y matuteros navideños asentados todavía en Alasitas, con ganas de quedarse hasta carnaval, San Juan, La Asunta, cumpleaños de la patria, efemérides departamental y día de los muertos.

 

La corrupción da para novedoso teatro verité en esta ópera bufa. Los nepotismos denunciados por algún concejal, serían acallados con pedazos de la misma torta. Millones de dineros de la gente, recursos de Participación Popular, se esconderían sin paliar necesidades de los barrios. Remataría el acto una impactante escena avant garde: medio centenar de hombres y mujeres de bruces en el suelo con el poto al aire; una volqueta de la empresa de basura les vertería tierra negra (obtenida si reciclasen material orgánico), sembrando nabos en sus espaldas y probando que tal insania es posible en el mítico municipio.

 

Como en las películas, insertaré un “todo parecido con personas de la vida real es pura coincidencia”, no sea que manden un Sparafucille, el sicario de la ópera Rigoletto, a cobrar supuestos agravios de mi afiebrado magín. Pero son de libreto de ópera bufa tales escenas, casi arquetípicas en la comedia de la vida. Y ocurren aquí, allá y acullá en Bolivia, país de avivados que cuando llegan al poder, venden su alma al súcubo de la corrupción y al íncubo del abuso de poder.

 

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