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Winston
Estremadoiro |
Adaptar la situación de un mítico municipio a una ópera
fue inspiración mía, aún antes que cerrara el telón de
maniobras para censurar a un alcalde cochabambino de
mucha tela para cortar sin ser sastre, con la orden
vicepresidencial a concejales de oposición, de no tabear
a su aliado en las pasadas elecciones. Como Teddy
Roosevelt, mandamás gringo que abominaba de los
dictadores, pero los apalancaba si eran sus hijos
de perra.
Después de repasar el libreto del
Rigoletto
de Verdi, ópera seria aunque su protagonista sea un
bufón, concluí que la saga edil solo daba para ópera
bufa, así tuviese
pasión, engaño, infidelidad, amor familiar y venganza
como el drama verdiano.
Dudando que mi escaso talento musical dé la talla, hoy
busco compositor para la música de un libreto de tales
personajes de opereta.
Revisé
Las Bodas de Fígaro
de Mozart. No, el libreto no abriría con Fígaro midiendo
el espacio donde entraría su tálamo nupcial, o ring de
las cuatro perillas como lo llamaba Sofocleto. Empezaría
con un estudiante de sociología en la universidad,
recordado por alzar el puño izquierdo, ensalzar la lucha
de clases, denostar rapacerías de los mandamases y
arengar reivindicaciones de los pobres.
Después del alfa es bueno conocer el omega. La escena
final podría ser un aria lastimera en que el tenor
principal cuestionaría, en la opulencia, si valió la
pena vender su alma al diablo: como el Fausto de Goethe,
pero no en pos de sabiduría sino de riqueza.
Reminiscente de film antiguo del
Drácula
de Bram Stoker, una turba de aldeanos con palos y
antorchas quemaría su mansión, esta vez clavando una
estaca en el pecho del chupa sangre. Fantasía que tal
cosa suceda, porque la lucha contra la corruptela es
fuego de chala, por lo que el coro cantaría la gran
finale:
¡habrá opereta para rato!, que suena lindo en italiano,
repetido in crescendo hasta un magistral cierre abrupto.
Entre medio irán escenas tragicómicas. El contrapunto
del pupilo adulador y su tutor político, donde el
aprendiz luego muerde la mano que le dio el hueso. La
aria del esposo ebrio de poder repudiando a la que se
chupó las cenas de té con marraqueta, tomando nueva
cónyuge entre cortesanas (en la acepción de una
que sirve obsequiosamente a un superior, no de mujer de
costumbres libres),
de la comuna. Dará para jocoso dueto, que las
dos mujeres canten uno de fingida cortesía, como el
Via resti servita
(acepta mis deferencias) de la ópera de Mozart.
Situaciones de ópera bufa inspira la mezzosoprano, que
en voz chillona se jactaría de negocios logrados a la
sombra del poder, usando vehículos y personal municipal.
David Copperfield haría la escenografía de la magia de
miles de plantines esfumados sin registro; del toque de
varita mágica, rayitos de peluquería y nada de marihuana
de por medio, que trocaría a una María en su hermana
Juana.
Después, periodistas sacarían los trapitos sucios al sol
y el bufón sería un humilde chofer que paga el pato. El
tenor principal arrancaría con una estridente aria de
frases como ‘apreciaciones incorrectas’, ‘dignidad’,
‘especulación y equívocos’, ‘daño a mi entorno
familiar’. Entraría un coro de plañideras que se
rasgarían las vestiduras, clamando una afrenta a los
derechos humanos de mujeres. Pensé plagiar un “No llores
por mí Cochabamba” del musical
Evita
de Andrew Lloyd Webber, pero prefiero italiana tipo
Laura Antonelli, que traduzca una aria en que la falsa
apenada lloraría lágrimas de cocodrilo pidiendo perdón
“a ese pueblo porque estamos por ellos, pero si ellos
piden que me repliegue a mi casa a mis labores
personales, lo voy a
hacer”. Se replegaría, pero de azafata de tienda
política opuesta al antiguo mentor de su esposo. En este
último arbitrio, el tenor principal pondría hasta
avioneta, descuidando el cargo para el que jurara y
quizá hasta desviando recursos.
En una ópera bufa, un componente a lo Mahler –triste y
sombrío- es tarea difícil. Un trío de bajos con fondo de
melancólicos cellos, evocaría el manantial soterrado de
corrupción cuyas aguas hacen ricachones de pobretones.
Una escena será de maletas de dinero de
sentajes
de miles de venteros en esas llagas urbanas de urbes
cada vez más
calcutizadas;
millonadas mensuales que dicen algunos que haciendo
escarnio de las leyes, quizá no llegan a las arcas
ediles. En escenario lleno de colorida y hedionda basura
en las calles por flojera del tenor principal, que a esa
hora recién estaría tomando su café, a media mañana
ocurriría un hilarante entrevero de pelea entre vecinos
airados, paquitos ediles y matuteros navideños asentados
todavía en Alasitas, con ganas de quedarse hasta
carnaval, San Juan, La Asunta, cumpleaños de la patria,
efemérides departamental y día de los muertos.
La corrupción da para novedoso teatro
verité
en esta ópera bufa. Los nepotismos denunciados por algún
concejal, serían acallados con pedazos de la misma
torta. Millones de dineros de la gente, recursos de
Participación Popular, se esconderían sin paliar
necesidades de los barrios. Remataría el acto una
impactante escena
avant
garde:
medio centenar de hombres y mujeres de bruces en el
suelo con el poto al aire; una volqueta de la empresa de
basura les vertería tierra negra (obtenida si reciclasen
material orgánico), sembrando nabos en sus espaldas y
probando que tal insania es posible en el mítico
municipio.
Como en las películas, insertaré un “todo parecido con
personas de la vida real es pura coincidencia”, no sea
que manden un Sparafucille, el sicario de la ópera
Rigoletto, a cobrar supuestos agravios de mi
afiebrado magín. Pero son de libreto de ópera bufa tales
escenas, casi arquetípicas en la comedia de la vida. Y
ocurren aquí, allá y acullá en Bolivia, país de avivados
que cuando llegan al poder, venden su alma al súcubo de
la corrupción y al íncubo del abuso de poder.
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