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Winston
Estremadoiro |
No, no es ninguna imitación de la contagiosa rima de una
canción, que remedaba sonidos árabes y repetía
bajáme la jaula Jaime, bajámela, bajámela,
que mejor le caería a un Jaime Paz Zamora bajadito de la
jaula, o del árbol, aún más después que el Presidente
Morales le echara en cara el subcampeonato de la
corrupción, ganado de las uñas de los políticos de antes
de la era Evo. Pero el lunes 23 de enero amanecí con la
tonada, arreglada a un mío
tapáme la boca Evo, tapámela, tapámela,
después de la farra de emociones, caras y colores, de la
más espectacular de la asunciones a la presidencia de la
que tenga memoria.
Y es que desde que empecé con estas diatribas en 2001,
le he dado palo a quien hoy es Presidente de los
bolivianos. Desde un enfoque intelectual, porque no creo
que mejore el vino agitando la borra. En un plano
personal, achaco a los activistas que ahora son
ministros, la muerte de un vástago mío: una fábrica que
fagocitó su capital de trabajo y quebró durante los
bloqueos de los que ahora prometen impulsar el sector de
la pequeña industria.
Sin embargo, no puedo sustraerme a la oleada de
optimismo que la esperanza de cambios positivos acredita
al gobierno de don Evo Morales. Y aclaro que no me he
sumado a su legión de aduladores llamándolo así. Ya no
estamos en elecciones, así que no es dable llamarle Evo
a secas, como él mismo recordó a su porra de
congresistas en la ceremonia de su posesión. No
obstante, ojala el hacerle bien a Bolivia le granjee un
familiar llamarle Presidente Evo.
Pero marco distancias de esos en cuyas molleras, cual
cisticercos, está la corrupción que les mina, la
prebenda que les motiva y la incompetencia que les
caracteriza: los tránsfugas políticos que hoy se
amontonan como garrapatas al gobierno. Más aún, desde la
tunda electoral del MAS, el país está dividido entre los
que denuestan al Presidente, quizá mientras alistan
maletas a refugios extranjeros; los de la izquierda
radical triunfalista, con vengativo grito de ‘al
degüelle: ni heridos ni prisioneros’; y una mayoría que
percibe que la vida continúa, aferrándose a la esperanza
de que mejore el país.
Me proclamo entre los últimos, dándole el beneficio de
la duda al desempeño de quien la mayoría absoluta de los
bolivianos ha ungido Presidente. El problema es que el
nuevo gobernante no cuenta con varita mágica que
desvanezca en el aire los problemas nacionales, ni posee
el abracadabra que abra la cornucopia del goce
equitativo de las riquezas de Bolivia.
Hace poco la senadora estadounidense Hillary Clinton,
predijo que la administración Bush será juzgada por la
historia como una de las peores que haya gobernado su
país. “Tenemos una cultura de corrupción, tenemos
compadrerío, tenemos incompetencia”, dijo. Postulo que
similar es la situación de Bolivia, hilvanando que
estamos a tiempo para que el gobierno de Evo Morales no
merezca igual juicio de aquí a poco.
En efecto, pocos pueden sustraerse a la sórdida cultura
de corrupción que pringa las instituciones. En los
políticos, basta asquearse con el video de entretelones
siniestros del alienado Goni, planeando su guerra sucia
en las penúltimas elecciones; lamentar la desilusión
histórica de jóvenes idealistas que de torpes sediciosos
evolucionaron a cardenales ladrones; condenar el
desparpajo de latrocinios de un mandamás constitucional
y su entorno, otrora dictador apoyado por los partidos
mayores. Todos demuestran que a más poder, mayor
podredumbre.
Ese es un primer desafío del gobierno de Evo Morales:
atacar las raíces de la cultura de la corrupción en
Bolivia. Y ha equivocado el camino trastocando
prioridades: en vez de aprobar una ley que castigue el
enriquecimiento ilícito y la corruptela en los trámites
con el Estado, e investigue el origen de fortunas mal
habidas, optó por un gesto cosmético y demagógico de
ahorrar dinero cortando sueldos.
El compadrerío es generalizado mal en el mundo. Raya
desde el nepotismo -dar a parientes las peras del poder,
haciendo ojos ciegos a los méritos de otros y la
eficiencia en las instituciones- hasta el prebendalismo
político, que subalterna el bien del Estado y prioriza
el pago de favores recibidos antes de llegar al poder.
De ello alerta el editorial de
O Estado de São Paulo
del 29 de enero, que predice un desastre, porque “Evo
Morales ha nombrado ministros de su círculo de amigos,
conocidos y esos que al no participar de su gobierno le
atormentarían con obstinada y sistemática oposición.
Pero esta rústica astucia deja a Morales sin posibilidad
de configurar un gobierno eficiente, que sea capaz de
garantizar un mínimo de estabilidad bajo las presentes
condiciones en Bolivia”.
Tomemos el ejemplo de la cancillería. Otrora era botín
de gobernantes que premiaban lealtades o pagaban favores
con embajadas y consulados. Ahora se tiene nuevo
Canciller, que devela su atrevida ignorancia leyendo
arrugas y despreciando libros:
diosampiki
(adiós en aymara) historia diplomática; en vez de irse
por el tronco, se va por las ramas con ridículos ¡jallalla!,
que aparte de impropios, discriminan a la mayoría
boliviana que no es aymara.
Es muy temprano para calibrar la incompetencia en los
nuevos mandamases. Baste sopesar que se nombra embajador
a uno que no habla lenguas indígenas, pero tampoco
francés, que es el idioma diplomático mundial; y menos
inglés, que aparte de ser la lengua franca de los
tiempos, es el idioma del país donde representará a
Bolivia. Y hasta hace poco estaba a contrapelo del
tratado de libre comercio, que urge negociar con EE.UU.
para no aumentar el desempleo.
A pesar de eso y algunas cosas más, sigo esperanzado en
que el Presidente Morales hará un buen gobierno.
Mientras tanto, canto para mis adentros tapáme la
boca Evo, tapámela, tapámela, deseoso de ser hidalgo
en reconocer error en mis apreciaciones sobre él.
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