Winston Estremadoiro

El dilema del Presidente Evo Morales  

Marzo 2006     

 

Winston Estremadoiro

Venía acomodando laboriosamente una armazón para un artículo sobre mi cantaleta de estos tiempos: el peligro de que el más votado de los presidentes constitucionales de la democracia representativa boliviana de los últimos cinco lustros, optase por el camino de la palabrería populista, en vez de convertirse en el estadista de los vientos de cambio que soplan en Bolivia.   

 

Entonces me llamó un amigo desde Santiago de Chile. Boliviano que hizo su vida y triunfó en el hermano país, es uno de esos k’aras que antes de que Evo Morales fuera ungido Presidente de Bolivia, no aflojaba de referirse a él con un apelativo étnico de referencia coprológica. Era casi medianoche, mi cumpa se explayó media hora y su voz tenía ribetes de urgencia y exceso de superlativos, contándome sobre la dramática impresión que causó el Presidente Morales en su visita a Chile.

 

Y no era para menos. Daba para emocionar que 10.000 santiaguinos, los más creídos y recalcitrantes de los chilenos, gritasen al unísono ¡mar para Bolivia! Que la Presidenta Bachelet le hubiese distinguido como al único mandatario visitante, con el que rompiendo el protocolo salió a enfrentar a la prensa; ocasión que el Presidente Morales aprovechó para distensionar aún más el ambiente regalándole un charango, que es de origen boliviano, pero también es trinacional como lo es el tema del mar para Bolivia. Y el asombro de una fría estadística: Evo 178 entrevistas, comparadas a las 80 de Condoleeza Rice y 50 de Hugo Chávez.

 

Pero la historia boliviana está salpicada de episodios que enrostran que una golondrina no hace verano. Bolivia todavía sería la Prusia americana de calar el ejemplo del constructor que fue Andrés de Santa Cruz, en vez de expulsarlo a morir en Francia. La patria tendría tres mares y treinta millones de habitantes en tres millones de kilómetros cuadrados de haber seguido al visionario José Ballivián, en vez de corretearlo a perecer de fiebre amarilla en un penoso exilio brasileño. El país no estaría podrido de termitas corruptas que se comen su alma de madera preciosa, si se hubiese emulado al probo José María Linares y su administración sin tacha.  

      

Porque si el Presidente Morales enorgullece a los bolivianos poniendo al país  en el centro del escenario en sus visitas al exterior, cuelga la pregunta si sus colaboradores dan la talla en la gestión de los asuntos nacionales. ¿Será capaz un canciller boliviano que lee arrugas pero desdeña los libros, de enfrentar la sutileza de la diplomacia profesional y matrera de La Moneda? ¿Tapará la boca Felipe Cáceres a periodistas extranjeros, que se mofan porque ven como amarrar al pichicho con longanizas el nombrar a un cocalero como "zar" antidroga? ¿No es acaso rancia politiquería criolla, una que se prometía erradicar, esa estampida de montoneros que atropellan vidas y carreras en su asalto a las pegas en las instituciones del Estado?

 

Nuestros líderes son propensos a irse por las hojas, no a las raíces de los asuntos de cuya solución depende el bien público. El caso más acuciante es el de priorizar una asamblea constituyente para refundar el país, cuando lo que se necesita es crear empleos para salir al frente del vaciamiento de nuestra gente hacia horizontes de trabajo en otras patrias. Ya lo notan tirios y troyanos. Como el camba que la califica como pérdida de tiempo, un fuego de artificio para “ilusionar al pueblo que ya no sabe cómo arreglárselas para conseguir trabajo, educar a sus hijos, tener seguridad y no morirse de una diarrea”. Como el colla que anda inquieto con eso de “refundar Bolivia, sin aclarar en qué consiste esa refundación. Cambiar de nombre, de símbolos patrios o de himno no resuelve nada. Nadie va a ser más pobre o más rico con este tipo de cambio. ¿Qué es lo que realmente se busca en la Constituyente…?”

 

En el fondo de esta controversia está el dilema actual del Presidente Evo Morales. Seguir los pasos de su padrino venezolano y de su compay el abuelito cubano, es una opción. Emular a su cara brasileño, a su par argentino, a su compañera chilena, todos socialistas de corazón, pero con grados diferentes de realismo capitalista, es la otra. Ahora que Evo Morales dio evidencias de brillar con luz propia en Chile, ojala que opte por despojarse de mesianismos megalómanos y populacheros, por dejar de lado hacerse el j’acha uru o el Bolívar redivivo en esta patria hija predilecta del Libertador.

 

De otra suerte, corre el albur de que al término de su período, si es que llegara a completarlo, salgan al paso de su reelección en el año 2016. Con los datos reales que esclarecidos analistas le recuerdan al padrino venezolano. Echándole en cara que la deuda interna de su nación “creció en 7 años desde $3.570 millones de dólares a $15.545 millones. Y la deuda externa aumento en 18%...” Que luego de 7 años se “admitió haber construido 110.000 unidades de vivienda, pero resulta que los gobiernos del oprobioso pasado construían, en cinco años, casi 500.000 unidades de vivienda”. Que con 18.000 médicos cubanos de por medio, empeoró la incidencia de enfermedades endémicas y tropicales: de 21 mil casos en 1998 pasaron a 60 mil casos de paludismo en 2005… Que la pobreza creció de 42,8 por ciento en 1999 a 53% al cierre de 2004”.

 

En Bolivia, con 60% de su población en la pobreza y 20% de sectores medios en camino a ese penoso umbral por el despojo abusivo de sus fuentes de empleo, queda poco margen para empeorar. Salvo quizá agarrarnos a tiros, como en esa Venezuela de nuevo escudo y bandera reformada, donde la disolución social y la inseguridad ciudadana hace que si en 1998 murieron 4.500 venezolanos por homicidios, en 2004 la cifra aumentó en 300 %: casi 13.000 ciudadanos sufrieron un terrible fin a manos de la violencia criminal.

 

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