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Winston
Estremadoiro |
Venía acomodando laboriosamente una armazón para un
artículo sobre mi cantaleta de estos tiempos: el peligro
de que el más votado de los presidentes constitucionales
de la democracia representativa boliviana de los últimos
cinco lustros, optase por el camino de la palabrería
populista, en vez de convertirse en el estadista de los
vientos de cambio que soplan en Bolivia.
Entonces me llamó un amigo desde Santiago de Chile.
Boliviano que hizo su vida y triunfó en el hermano país,
es uno de esos
k’aras
que antes de que Evo Morales fuera ungido Presidente de
Bolivia, no aflojaba de referirse a él con un apelativo
étnico de referencia coprológica. Era casi medianoche,
mi cumpa se explayó media hora y su voz tenía ribetes de
urgencia y exceso de superlativos, contándome sobre la
dramática impresión que causó el Presidente Morales en
su visita a Chile.
Y no era para menos. Daba para emocionar que 10.000
santiaguinos, los más creídos y recalcitrantes de los
chilenos, gritasen al unísono ¡mar para Bolivia! Que la
Presidenta Bachelet le hubiese distinguido como al único
mandatario visitante, con el que rompiendo el protocolo
salió a enfrentar a la prensa; ocasión que el Presidente
Morales aprovechó para distensionar aún más el ambiente
regalándole un charango, que es de origen boliviano,
pero también es trinacional como lo es el tema del mar
para Bolivia. Y el asombro de una fría estadística: Evo
178 entrevistas, comparadas a las 80 de Condoleeza Rice
y 50 de Hugo Chávez.
Pero la historia boliviana está salpicada de episodios
que enrostran que una golondrina no hace verano. Bolivia
todavía sería la Prusia americana de calar el ejemplo
del constructor que fue Andrés de Santa Cruz, en vez de
expulsarlo a morir en Francia. La patria tendría tres
mares y treinta millones de habitantes en tres millones
de kilómetros cuadrados de haber seguido al visionario
José Ballivián, en vez de corretearlo a perecer de
fiebre amarilla en un penoso exilio brasileño. El país
no estaría podrido de termitas corruptas que se comen su
alma de madera preciosa, si se hubiese emulado al probo
José María Linares y su administración sin tacha.
Porque si el Presidente Morales enorgullece a los
bolivianos poniendo al país en el centro del escenario
en sus visitas al exterior, cuelga la pregunta si sus
colaboradores dan la talla en la gestión de los asuntos
nacionales. ¿Será capaz un canciller boliviano que lee
arrugas pero desdeña los libros, de enfrentar la
sutileza de la diplomacia profesional y matrera de La
Moneda? ¿Tapará la boca Felipe Cáceres a periodistas
extranjeros, que se mofan porque
ven como amarrar al pichicho con longanizas
el nombrar a un cocalero como
"zar" antidroga? ¿No es acaso rancia politiquería
criolla, una que se prometía erradicar, esa estampida de
montoneros que atropellan vidas y carreras en su asalto
a las pegas en las instituciones del Estado?
Nuestros líderes son propensos a irse por las hojas, no
a las raíces de los asuntos de cuya solución depende el
bien público. El caso más acuciante es el de priorizar
una asamblea constituyente para refundar el país, cuando
lo que se necesita es crear empleos para salir al frente
del vaciamiento de nuestra gente hacia horizontes de
trabajo en otras patrias. Ya lo notan tirios y troyanos.
Como el camba que la califica como pérdida
de tiempo, un fuego de artificio para “ilusionar al
pueblo que ya no sabe cómo arreglárselas para conseguir
trabajo, educar a sus hijos, tener seguridad y no
morirse de una diarrea”. Como el colla que anda inquieto
con eso de “refundar
Bolivia, sin aclarar en qué consiste esa refundación.
Cambiar de nombre, de símbolos patrios o de himno no
resuelve nada. Nadie va a ser más pobre o más rico con
este tipo de cambio. ¿Qué es lo que realmente se busca
en la Constituyente…?”
En el fondo de esta controversia está el dilema actual
del Presidente Evo Morales. Seguir los pasos de su
padrino venezolano y de su
compay
el abuelito cubano, es una opción. Emular a su
cara
brasileño, a su par argentino, a su compañera chilena,
todos socialistas de corazón, pero con grados diferentes
de realismo capitalista, es la otra. Ahora que Evo
Morales dio evidencias de brillar con luz propia en
Chile, ojala que opte por despojarse de mesianismos
megalómanos y populacheros, por dejar de lado hacerse el
j’acha uru
o el Bolívar redivivo en esta patria hija predilecta del
Libertador.
De otra suerte, corre el albur de que al término de su
período, si es que llegara a completarlo, salgan al paso
de su reelección en el año 2016. Con los datos reales
que
esclarecidos analistas le recuerdan al padrino
venezolano.
Echándole en cara que la
deuda interna de su nación “creció en 7 años desde
$3.570 millones de dólares a $15.545 millones. Y la
deuda externa aumento en 18%...” Que luego de 7 años se
“admitió haber construido 110.000 unidades de vivienda,
pero resulta que los gobiernos del oprobioso pasado
construían, en cinco años, casi 500.000 unidades de
vivienda”. Que con 18.000 médicos cubanos de por medio,
empeoró la incidencia de enfermedades endémicas y
tropicales: de 21 mil casos en 1998 pasaron a 60 mil
casos de paludismo en 2005… Que la pobreza creció de
42,8 por ciento en 1999 a 53% al cierre de 2004”.
En Bolivia, con 60% de su población en la pobreza y 20%
de sectores medios en camino a ese penoso umbral por el
despojo abusivo de sus fuentes de empleo, queda poco
margen para empeorar. Salvo quizá agarrarnos a tiros,
como en esa Venezuela de nuevo escudo y bandera
reformada, donde la disolución social y la inseguridad
ciudadana hace que si en 1998 murieron 4.500 venezolanos
por homicidios, en 2004 la cifra aumentó en 300 %: casi
13.000 ciudadanos sufrieron un terrible fin a manos de
la violencia criminal.
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