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Winston
Estremadoiro |
Fuera
por la belleza de la palabra nenúfar, que en mosárabe
significaba loto azul, que deseo sea de nenúfares la
plaga que aqueja a la laguna Alalay de Cochabamba. Digo
plaga porque tal planta acuática se reproduce en forma
acelerada, como empeñada en asfixiar ese remozado espejo
de agua. Quizá es la avanzadilla de loteadores que hacen
fortuna reclutando invasores de parques y predios
ajenos. Sea como fuere, los nenúfares de la laguna
Alalay tienen a conscriptos ocupados en aburrida tarea
de palearlos a tierra firme con rastrillos de largo
mango, en montones acuosos, después de halarlos con sus
raíces flotantes que asemejan luengas cabelleras de
trofeos de jíbaro, mientras otros soldaditos van
acercándolos con sogas que flotan con boyas.
Ya lo
he lamentado antes. Pobrecillos nuestros jóvenes que no
arriesgan la vida en glaciares y ventisqueros en el
aprendizaje de defender la patria, como el soldado
chileno. Los usan en menesteres en que se debería ocupar
presidiarios ociosos, borrachines aporrea mujeres de
excesos de fin de semana, o desocupados del Plan
Nacional de Empleo. Por ello, los conscriptos serán
bisoños y asustados repetes disparando a troche y moche,
como en octubre 2003, si alguna vez el gobierno se
decidiera a imponer el imperio de la ley, ante las
amenazantes huestes de bloqueadores y marchistas
dinamiteros empeñados en gobernar el país desde las
calles.
Cansado
de redoblar el tambor por ese golpe de estado en
democracia que se cierne disfrazado de movimientos
sociales, perdonen la introspección personal de confesar
que ando esperando que Bill Gates, el hombre más rico
del mundo, que surgiera de un garaje cibernético, haga
en mí realidad su predilección por soñadores con la
experiencia del fracaso en plasmar sueños en realidad.
El mío era reciclar basura de papel y hacerla cartón; se
convirtió en pesadilla con los bloqueos salvajes que
cierran las arterias de flujo de la sangre comercial del
país. ¿Cuántos hay como yo?
El otro
día, los soldaditos siempre hambrientos se zampaban los
rellenos de papa de una cholita. Yo los visité en esa
laguna Alalay cuyos canales de inserción de aguas nuevas
están bloqueados, luego de un periplo en una ciclovía
atragantada de basura y escombros por la desidia
municipal. Y aluciné otro sueño de los que pudieran
hacer rico a una persona que no seré yo, ése es mi sino.
Imaginé
lo que fueron los reinos del Paitití beniano. Allí,
grande fue la desilusión hispana de no hallar riquezas
áureas y argentinas. Pero lo destacado de tal
civilización es tenido a menos por los estudiosos
occidentales del país, centrados en un Tiahuanaco del
que ni hicieron el trámite para que fuera Patrimonio
Cultural de la Humanidad, antes de un sitio arqueológico
menor como Samaipata. No figuran mucho en los anales
arqueológicos porque quedan pocos vestigios, pero lo más
importante de la civilización que fuera el gran Paitití,
fue haber dominado el ciclo implacable de las
inundaciones en las pampas de Moxos. ¿Cómo lo hicieron?
Pues aprovechando el
tarope
o jacinto de agua, dentro un esquema en el que esa
planta acuática de vertiginoso reproducir era cosechada
y degradada a tierra vegetal, para ser abono que
enriquecía los rendimientos de siembras en grandes
lomeríos amontonados a pulso, libres del ciclo anual de
inundación en tierras denudadas de sus minerales por el
agua.
Pienso
que en el gran valle cochabambino en proceso de
desertificación por la inexorable urbanización y la tala
de árboles, hay futuro en cultivos intensivos en
parcelas cada vez más pequeñas, que tendrán mayor valor
si son orgánicos, vale decir, desprovistos de insumos
químicos. ¿Por qué no emular entonces el ejemplo de los
domadores de inundaciones? Hacer de los espejos de agua
fábricas flotantes de material vegetal, que degradado y
mezclado con minerales abundantes sirvan de poderoso
fertilizante o alimento animal. Construir catamaranes
que permitan la cosecha controlada de nenúfares en las
lagunas vallunas y jacintos de agua en los llanos
inundados del Beni, para mejorar suelos sin caros
insumos de mano de obra y químicos.
Desperté de mi ensoñación a la pesadilla de vivir en una
república donde el Estado claudica una potestad básica:
tener el monopolio de la fuerza pública y usarlo para
velar por el imperio de las leyes. Bolivia es como la
laguna Alalay, un espejo acuífero con deficiente
oxigenación y renovación de aguas por los bloqueos; que
no recibe aguas nuevas, esas que llegarían por la
laboriosidad sin pausa de sus gentes en diversas
actividades, más la explotación e industrialización de
sus recursos naturales. Como nenúfares de proliferación
afiebrada, las huelgas, bloqueos y algazaras asfixian a
los gobiernos del sistema democrático representativo,
exigiendo reivindicaciones imposibles que obedecen, a
veces, a consignas siniestras.
Ninguna
alusión étnica, vivimos un veranillo indio de calma,
después de rifarnos centenas de millones en destrozos y
actividad económica truncada en otro hito de penosa
agenda social boliviana. Con semejante lastre anual, y
con la estupidez colectiva de nacionalizar los recursos
naturales, seguiremos caja para atrás, aún con la
lástima de países que nos condonan millones de dólares
de la deuda externa.
Ojalá
el gobierno de transición del Presidente Eduardo
Rodríguez, mejore la representación democrática mediante
elecciones –no coacciones- e innove los comicios con una
segunda vuelta que asegure mayorías que gobiernen sin
componendas. Ojalá que actúe como catamarán que extraiga
los excesivos nenúfares de activismos políticos, esos
que buscan asfixiar la democracia representativa y
trocarla en una oclocracia, el desgobierno de la
poblada.
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