Winston Estremadoiro

Los nenúfares de la laguna Alalay  

Junio 2005     

 

Winston Estremadoiro

Fuera por la belleza de la palabra nenúfar, que en mosárabe significaba loto azul, que deseo sea de nenúfares la plaga que aqueja a la laguna Alalay de Cochabamba. Digo plaga porque tal planta acuática se reproduce en forma acelerada, como empeñada en asfixiar ese remozado espejo de agua. Quizá es la avanzadilla de loteadores que hacen fortuna reclutando invasores de parques y predios ajenos. Sea como fuere, los nenúfares de la laguna Alalay tienen a conscriptos ocupados en aburrida tarea de palearlos a tierra firme con rastrillos de largo mango, en montones acuosos, después de halarlos con sus raíces flotantes que asemejan luengas cabelleras de trofeos de jíbaro, mientras otros soldaditos van acercándolos con sogas que flotan con boyas.

 

Ya lo he lamentado antes. Pobrecillos nuestros jóvenes que no arriesgan la vida en glaciares y ventisqueros en el aprendizaje de defender la patria, como el soldado chileno. Los usan en menesteres en que se debería ocupar presidiarios ociosos, borrachines aporrea mujeres de excesos de fin de semana, o desocupados del Plan Nacional de Empleo. Por ello, los conscriptos serán bisoños y asustados repetes disparando a troche y moche, como en octubre 2003, si alguna vez el gobierno se decidiera a imponer el imperio de la ley, ante las amenazantes huestes de bloqueadores y marchistas dinamiteros empeñados en gobernar el país desde las calles.

 

Cansado de redoblar el tambor por ese golpe de estado en democracia que se cierne disfrazado de movimientos sociales, perdonen la introspección personal de confesar que ando esperando que Bill Gates, el hombre más rico del mundo, que surgiera de un garaje cibernético, haga en mí realidad su predilección por soñadores con la experiencia del fracaso en plasmar sueños en realidad. El mío era reciclar basura de papel y hacerla cartón; se convirtió en pesadilla con los bloqueos salvajes que cierran las arterias de flujo de la sangre comercial del país. ¿Cuántos hay como yo?

 

El otro día, los soldaditos siempre hambrientos se zampaban los rellenos de papa de una cholita. Yo los visité en esa laguna Alalay cuyos canales de inserción de aguas nuevas están bloqueados, luego de un periplo en una ciclovía atragantada de basura y escombros por la desidia municipal. Y aluciné otro sueño de los que pudieran hacer rico a una persona que no seré yo, ése es mi sino.

 

Imaginé lo que fueron los reinos del Paitití beniano. Allí, grande fue la desilusión hispana de no hallar riquezas áureas y argentinas. Pero lo destacado de tal civilización es tenido a menos por los estudiosos occidentales del país, centrados en un Tiahuanaco del que ni hicieron el trámite para que fuera Patrimonio Cultural de la Humanidad, antes de un sitio arqueológico menor como Samaipata. No figuran mucho en los anales arqueológicos porque quedan pocos vestigios, pero lo más importante de la civilización que fuera el gran Paitití, fue haber dominado el ciclo implacable de las inundaciones en las pampas de Moxos. ¿Cómo lo hicieron? Pues aprovechando el tarope o jacinto de agua, dentro un esquema en el que esa planta acuática de vertiginoso reproducir era cosechada y degradada a tierra vegetal, para ser abono que enriquecía los rendimientos de siembras en grandes lomeríos amontonados a pulso, libres del ciclo anual de inundación en tierras denudadas de sus minerales por el agua.

 

Pienso que en el gran valle cochabambino en proceso de desertificación por la inexorable urbanización y la tala de árboles, hay futuro en cultivos intensivos en parcelas cada vez más pequeñas, que tendrán mayor valor si son orgánicos, vale decir, desprovistos de insumos químicos. ¿Por qué no emular entonces el ejemplo de los domadores de inundaciones? Hacer de los espejos de agua fábricas flotantes de material vegetal, que degradado y mezclado con minerales abundantes sirvan de poderoso fertilizante o alimento animal. Construir catamaranes que permitan la cosecha controlada de nenúfares en las lagunas vallunas y jacintos de agua en los llanos inundados del Beni, para mejorar suelos sin caros insumos de mano de obra y químicos.

 

Desperté de mi ensoñación a la pesadilla de vivir en una república donde el Estado claudica una potestad básica: tener el monopolio de la fuerza pública y usarlo para velar por el imperio de las leyes. Bolivia es como la laguna Alalay, un espejo acuífero con deficiente oxigenación y renovación de aguas por los bloqueos; que no recibe aguas nuevas, esas que llegarían por la laboriosidad sin pausa de sus gentes en diversas actividades, más la explotación e industrialización de sus recursos naturales. Como nenúfares de proliferación afiebrada, las huelgas, bloqueos y algazaras asfixian a los gobiernos del sistema democrático representativo, exigiendo reivindicaciones imposibles que obedecen, a veces, a consignas siniestras.

 

Ninguna alusión étnica, vivimos un veranillo indio de calma, después de rifarnos centenas de millones en destrozos y actividad económica truncada en otro hito de penosa agenda social boliviana. Con semejante lastre anual, y con la estupidez colectiva de nacionalizar los recursos naturales, seguiremos caja para atrás, aún con la lástima de países que nos condonan millones de dólares de la deuda externa.

 

Ojalá el gobierno de transición del Presidente Eduardo Rodríguez, mejore la representación democrática mediante elecciones –no coacciones- e innove los comicios con una segunda vuelta que asegure mayorías que gobiernen sin componendas. Ojalá que actúe como catamarán que extraiga los excesivos nenúfares de activismos políticos, esos que buscan asfixiar la democracia representativa y trocarla en una oclocracia, el desgobierno de la poblada.

 

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