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Winston
Estremadoiro |
Me puse a pensar en sociedades convertidas en
suciedades, con la pregunta que se hiciera un lector
laudatorio de mis cavilaciones. Ahora
que Bolivia logró el 51% en las capitalizadas,
cuestionaba, ¿como hará para mantener esa mayoría ante
las cuantiosas inversiones necesarias a futuro, para
desarrollar el negocio petrolero? El abracadabra
palabrero de los magos de nacionalizar sin un mango en
el bolsillo, es la sociedad con Petróleos de Venezuela (PDVSA).
Yo no aventuro respuesta, aunque recomiendo mirar la
letra fina del pago en especie. Y vaticino que la
mayoría del 51% de YPFB será solo en papel. Que los
venezolanos manejarán los hilos y el titiritero será
Hugo Chávez.
El petróleo y el gas natural son negocios caros. De gran
retorno en base a gran inversión, que no es otra cosa
que
el capital requerido para generar una multiplicación en
la producción, y de tecnología
de punta para ser eficaces –dotarse de equipos para
tareas en condiciones difíciles- y ser eficientes, es
decir, ganar más con el menor gasto posible. Tal hecho
da pie para preguntarnos si la movida de nacionalizar
los hidrocarburos para entregar el negocio a Venezuela,
llevará a convertirnos en una potencia gasífera, aunque
sea de segundo nivel como Trinidad y Tobago, o ser
solamente la huele pedos de un caudillo caribeño con
delirios de grandeza.
Quizá la era del gas natural tenga apenas un cuarto de
hora en la historia, porque la tecnología acelerará el
desarrollo de la fusión en frío y resolverá, de una vez
por todas, la actual dependencia energética de los
hidrocarburos. Sea lo que fuere, aún con los 42
trillones de pies cúbicos (TCF) a los que han mermado
sus reservas, hay bastante gas en Bolivia para 500 años
a niveles actuales de consumo. Dicen por ahí que hay 300
TCF de gas, inversiones en exploración de por medio. Si
tal fuera cierto, recién estaríamos a la par de
potentados de reservas de gas en el mundo: Rusia solita
tiene 1.200 TCF. Pero un aspecto pesa a favor de Bolivia
en Sudamérica. La cercanía a los mercados de Brasil,
Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, con una red de
ductos ya en operación, aunque requiere más inversiones.
Nuestro competidor, entiéndase, es Venezuela. Pero tiene
algunos elementos en su contra. Sus 172 TCF de reservas
vienen prendidos de crudo pesado, casi alquitrán. En
cambio, el limpio gas boliviano apareado con gasolina
natural, no requiere de tan enormes inversiones.
Otro obstáculo del competidor es el Gasoducto del Sur.
Lo recuerdan grupos ambientalistas en Venezuela, ante el
desdén del gobierno del faraón Hugo Chávez. El
gigantesco gasoducto de 8.000 Km. y $20.000 millones de
dólares empezaría en Caracas y acabaría en Buenos Aires,
atravesando áreas tan ecológicamente delicadas y
valiosas como los humedales orientales venezolanos, su
Gran Sabana –que es Patrimonio de la Humanidad-, y
perforando de medio a medio, el pulmón del planeta que
es la Amazonia brasileña y sus decenas de ríos.
Razonará cualquier lector acucioso que no tenemos
ninguna vela en tal entierro. No hombre, las ventajas
que tiene Bolivia para convertirse en el nodo energético
de América meridional, están siendo pignoradas al
tutelaje, por no decir vasallaje, del caudillo Chávez
sobre el gobierno del Presidente Morales. El nuevo
patrón venezolano, como haciéndonos un favor, induce a
su pongo a ser parte del proyecto de $20.000 millones de
dólares que le permitirá llevar su gas a Brasil,
Argentina y Chile y arrebatarnos el mercado.
Hay más. Con el asesoramiento venezolano, en Bolivia se
empuja a romper lanzas con petroleras como Petrobrás y
Repsol YPF, entre otras, para entregar el negocio a
PDVSA. Pero en Venezuela se impulsan
megaproyectos bajo el nombre publicitario de “siembra
petrolera’, con el concurso de un nutrido grupo de
transnacionales petroleras que van desde la Chevron-Texaco,
Petrochina y hasta las mismas Petrobrás y Repsol YPF
demonizadas en Bolivia. Son parte de un plan para una
masiva extracción petrolera y gasífera hasta 2012 en
tierra y mar, construir nuevas refinerías, complejos
petroquímicos, oleoductos y gasoductos a lo largo y
ancho del país, que conviertan a Venezuela en la primera
potencia de petróleo y gas del mundo.
De no ser penoso para Bolivia sería motivo de risa. Los
venezolanos nos inducen a pelear con las petroleras,
propiciando una sociedad con PDVSA que más temprano que
tarde se convertirá en suciedad, mientras en su país
acogen a las mismas transnacionales con los brazos, y
los pozos, abiertos. Más aún, ayer la prensa amaneció
con titulares de que se plantea $7.50 por millón de BTU
de gas a Brasil, mientras el precio internacional es de
$5.78 y de bajada, según el Índice Henry Hub; los nuevos
mandamases bolivianos, quizá asesorados por rasputines
caribeños, se ocupan de dañina guerra mediática que
enajena la buena voluntad de países vecinos que son el
mercado de nuestro gas.
Con tal liderazgo llevamos todas las de perder. No causa
extrañeza, entonces, que estudios serios de futurología,
de aquí a 20 años sitúan a Estados Unidos lejos en la
punta, con su economía de 13.000 millardos (miles de
millones) de dólares. En segundo lugar estará esa China
de neoliberalismo en lo económico y férrea férula
comunista en lo político. Seguirán a continuación India,
Japón, los llamados tigres asiáticos, la Comunidad
Europea. Con un Mercosur torpedeado, solo contarán algo
los latinoamericanos México y Brasil. Chile será el país
más avanzado de Sudamérica. En la cola, el bumerán de
países andinos que el vendedor de ilusiones venezolano,
quizá por el delirio de la falta de oxígeno en
Tiahuanaco, ahora propone confederar. En el fondo estará
Bolivia, cuyo PIB (producto interno bruto), me decía un
amigo, es equivalente al de Knoxville, Tennessee, ciudad
de cuarto nivel en la primera potencia mundial.
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