El dilema después del 2 de julio  

Julio 2006     

 

Winston Estremadoiro

La semana antes del 2 de julio, arreciaban las opiniones sobre la autonomía y los candidatos a constituyentes en mi refugio de los viernes contra el estrés. Tímido, se acercó el garzón que nos atiende -colla él- y dirigiéndose a mí, el único camba, terció: ¿es cierto que si gana el Sí tendré que sacar pasaporte para viajar a Santa Cruz a visitar a mis parientes? Pensé que era broma, hasta que me quitó la sonrisa la arenga presidencial en la Plaza San Francisco, repitiendo uno de los eslóganes mentirosos -junto con el de los oligarcas cruceños, que habían sido medio millón- de la campaña como vociferante líder sindical por el No a las autonomías.

 

El resultado del referéndum sigue dividiendo el país. Confirma los departamentos autonómicos, que ya se conocían como media luna, y los tres de occidente que optan por el centralismo. Es interesante el voto del Sí en las regiones vallunas, más aún si el departamento líder del movimiento autonomista, Santa Cruz, no asumió plenamente el rol de portaestandarte autonómico nacional que le tocaba. Sopesando el voto racional y el voto consigna (que mi padre llamaba ‘puka papeleta’, por las camionadas de ‘ukureños’ en la democracia de papeleta única después de 1952), aún en porcentajes perdidosos es sugestivo el voto consciente del dúo de Cochabamba y Chuquisaca, que oscilan en un término medio entre el trío del No (La Paz, Oruro y  Potosí), y el cuarteto de la media luna del Sí (Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando).

 

Los resultados de la elección de constituyentes, si bien ratifican el liderazgo del partido de gobierno en el electorado boliviano, no dan el 80% de mayoría que pretendían para controlar la Asamblea Constituyente. En las palabras conciliadoras del ministro de la Presidencia cuando felicitaba al prefecto de Santa Cruz (y enhorabuena por tener la hidalguía de hacerlo), el mensaje para el gobierno resalta la necesidad de concertar, no enfrentar; conciliar, no discrepar. Tanto en las autonomías departamentales, como en la Constituyente, para lograr un país más equitativo, pero también más productivo, el bien público es la estrella polar que debe orientar a los elegidos para navegar la magna Asamblea hacia puerto seguro. Abominar la entelequia politiquera y preocuparse más de la economía. Despojarse de los eslóganes vacuos del discurso apegado a ideologías obsoletas. Dejar de marcar el paso a la injerencia de países interesados en esquemas rancios de alineación política.

 

¿Será conciliador el Presidente o seguirá de palabrero dirigente sindical? Porque en resumidas cuentas, el dilema del Presidente Morales sigue siendo la opción por la democracia representativa o por el caudillismo autocrático: ser un estadista democrático, siguiendo el ejemplo de sus vecinos Lula, Kirchner, Tabaré o Bachelet, o ensayar el libreto de sus asesores caribeños para ser un caudillo como su padrino venezolano. La primera alternativa es más difícil: seguir el camino de un buen estadista democrático. Hacer una excelente gestión con el apoyo de una mayoría inédita del electorado, aguantar el desgaste político que tal opción ocasiona, y alternar en el ejercicio electoral limpio en la democracia representativa. Esa que hemos tenido el privilegio de ejercer los bolivianos el pasado 2 de julio. 

 

Cada vez se conoce más en nuestro país sobre los peligros de la segunda opción. Como una carambola, lo impuesto o intentado en Bolivia con Evo Morales ya ha tenido su historia en la Venezuela de Hugo Chávez. Primero se atacaron las instituciones cuyas reformas de los últimos años estaban todavía en proceso de cuajar. Después, el país se llenó de médicos cubanos, cuando lo que debiera hacerse es dar empleo a nuestros galenos, volcándolos hacia los problemas de salud de los más necesitados, no sin antes imbuirles mayor vocación hipocrática. Teniendo experiencia en exitosos, aunque efímeros, esfuerzos en alfabetizar, se opta por programas en que enseñar las letras es disfraz de proselitismo político; revolucionaria es Michele Bachelet, que propone en un lustro poner a disposición de todo niño chileno una computadora y enseñar a sacarle el jugo.

 

Zunchan en búsqueda de flancos débiles donde arremeter con medidas calcadas de Chávez. Un ejemplo es tirar por la borda millonarias inversiones en reforma educativa, so pretexto de educación ‘descolonizadora’. Y después rematarla con el pretendido exilio de la formación religiosa de hace unos días. ¿Quizá era un paso previo a ‘nacionalizar’ los establecimientos religiosos en Bolivia? Recularon cuando católicos y cristianos juntaron fuerzas para hacerles frente. Vendrá la creciente agresividad discursiva y de hecho de los gobiernistas, ya manifiesta en la reciente consulta en las urnas, emanando un tufillo de grupos de choque en Venezuela. Falta nomás que les repartan fusiles Kalashnikov.

 

Pero los ríos de dinero del petróleo marcan la diferencia entre Venezuela y Bolivia. Porque el caudillo venezolano puede darse el tupé de insultar al presidente Bush, en tanto que las ventas de petróleo a Estados Unidos continúen su voluminoso ritmo. Pero su ahijado en Bolivia juega al penoso papel de a Dios rogando y con el mazo dando. Se contrarían las políticas de la embajada estadounidense, y por debajo de cuerda ruegan que continúe la asistencia gringa para cubrir el déficit fiscal. Rechazan los acuerdos de libre comercio con el mayor mercado mundial, para después lloriquear para prorrogar ciertas ventajas arancelarias, que benefician a industrias que dan empleo a centenares en el reducto masista y gringófobo de El Alto.

 

Ante tan reiteradas muestras de insensatez, no causará extrañeza la mayor de ellas: intentar la burla de la cualidad vinculante del referéndum para las 4 autonomías departamentales. Seguir con el libreto caribeño para ser dictador del voto consigna.

 

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