La consigna es no aflojar  

Agosto 2006     

 

Winston Estremadoiro

Tanta verborrea sobre descolonizar la educación boliviana, de un ministro que fue adoctrinado en Cuba para parlotear clichés de los 60, que se me agolparon recuerdos de una tesis de maestría en 1971. Pretendía contrastar la realidad educativa rural, sopesar la brecha entre la formulación y la implementación, abismo que hoy y siempre ha separado la teoría grandilocuente de la práctica docente, empeñosa y constante, del maestro de escuela en esos campos de Dios. Mi proyecto se vino abajo estrepitosamente.

 

En la sede de gobierno campeaba la cara fea del centralismo. El Laboratorio de Currículo buscaba homogenizar programas de estudio en el país, pero eran tiempos de la ‘revolución cultural’ emuladora de la China maoísta –como hoy de la isla castrista- y la producción de materiales educativos se ahogaba en estéril discusión ideológica. La Dirección Nacional de Educación Rural se reorganizaba para centralizar los servicios educativos urbanos y rurales bajo un solo timón y una sola instrucción –igual que hoy-, en maremagno confuso de gente venida desde sabe dónde, tramitando transferencias, ítems, sueldos devengados, legalizaciones y otras vainas centralizadas.

 

Pobre joven tonto que creía en la hojarasca de la propaganda, en medio de la fanfarria que pregonaba el inicio a horario del año escolar en el país, marché a un caserío en el altiplano orureño donde observaría el proceso escolar. Pasó una semana, el maestro no llegó y volví con las cajas destempladas, amén del cronograma y el dinero de la beca. Viajé luego a otra aldea, que de haber sido Orinoca me tuviese ahora de ministrillo, solo para hacer amistad con los jilacatas y rumiar con ellos su bronca ancestral, mientras aprendía el protocolo del acullico tradicional de la coca. Porque ni asomos de maestro.

 

Prueba de conocer lo suficiente, que no es tener mucho conocimiento en la sesera sino saber dónde buscarlo, improvisé. A través de un cuestionario de actitudes sobre el Código de la Educación de 1955, enunciados del gobierno de Torres y las Resoluciones del Primer Congreso Pedagógico de 1970, indagué sobre la brecha entre el blablá de los capitanes del cambio educativo y la mentalidad del maestro atrincherado en humildes escuelas rurales. Ha cambiado algo, pero no mucho, desde entonces al día de hoy.

 

Nada mejor que los prejuicios de la gente –actitudes raciales, étnicas y sociales- para enrostrar que el cambio social es más gradual que lo que desearían los mesías de plazuela. Con citas de Reyeros, Diez de Medina, Tamayo y Arguedas, sondeé actitudes que sugieren que los bolivianos somos conservadores por naturaleza, atados a nuestros atavismos, y que los maestros, varitas de reforma, no son la excepción. Ha cambiado algo, pero no mucho, desde entonces al día de hoy.

 

Anquilosado y refractario a los cambios del país y del mundo, es el voluntarismo ideológico de los años 60 en los nuevos mandamases de la patria. Conste que más que referirme a la teoría filosófica que da preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento, censuro la actitud que funda sus previsiones más en el deseo de imponerlas, que en las posibilidades de que se lleven a buen término. Ejemplo es la política educativa de los socialistas etnocéntricos cuyo portavoz es el ministro Patzi, condenada a otro fracaso costoso para Bolivia. Además de regresivo, es un voluntarismo totalitario y racista el que han demostrado en la imposición a rajatabla en el Congreso Educativo en Sucre.

 

Qué castigo el de Bolivia, que como Sísifo, parece obligada a llevar a la cima la piedra de sus modestos logros, para luego verla rodar y recomenzar los esfuerzos. No otra cosa significa tirar a la basura 300 millones de dólares de Reforma Educativa. Buena, mala o corrupta que pudiera haber sido, ahora vienen con un libreto castrista-indigenista, que hoy se ensaya en variante caribeña en la Venezuela de Hugo Chávez. Mientras el mundo ensambla avances tecnológicos, innovación organizativa y revolución cibernética, en Bolivia estamos a punto de perder la libertad de enseñanza sin resistirlo, incumpliendo el morir antes que esclavos vivir de nuestro himno.

 

Pedimos limosna, pero sobra para socializar proyectos de nueva ley de educación “comunitaria y descolonizadora”, antes de que haya enfriado el atropello en Sucre, lo que prueba que todo estaba planeado de antemano. Impondrán una instrucción atea postrada al régimen. Embutirán una formación laica, con farsas de respetar culturas, creencias y valores; dicen rechazar dogmas, pero imponen el suyo. Como en Venezuela, los colegios serán manoseados por ‘controladores de pensum con criterio revolucionario’; en las aulas pondrán alumnos adoctrinados como capos y espías del régimen; sustituirán miles de maestros por otros con cerebros bien lavados en la nueva doctrina.

 

El país se reconoce como multiétnico y plurilingüe, pero surgen payasos que quieren volver a los quipus, en vez de avanzar a la revolución informática. Quieren borrar de un plumazo 480 años de historia y retornar a un idealizado imperio incaico. Son sociologuitos de mano de barniz aguado de etnohistoria, ignaros de que fueron orejones incas los que subyugaron a la minoría aymara. Inconscientes de que hay docenas de etnias indígenas amalgamadas con lo europeo en nuestra Bolivia mestiza.

 

La esperanza yace en que este gobierno atropella donde no se le resiste. Se parece al seductor torpe, que hurga por aquí, zuncha por allá, siempre encontrando la mano casta de la amada que detiene las avanzadas, o planta un sopapo al atrevido que se pasa de la raya. Entonces el guapetón se deshace en disculpas y en su doble discurso aduce malos entendidos. Quede pues claro, que en el tema de la educación, así como en otros frentes en que el gobierno intenta aplicar libretos foráneos totalitarios, ¡la consigna es no aflojar!

 

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