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Winston
Estremadoiro |
Tanta verborrea sobre descolonizar la educación
boliviana, de un ministro que fue adoctrinado en Cuba
para parlotear clichés de los 60, que se me agolparon
recuerdos de una tesis de maestría en 1971. Pretendía
contrastar la realidad educativa rural, sopesar la
brecha entre la formulación y la implementación, abismo
que hoy y siempre ha separado la teoría grandilocuente
de la práctica docente, empeñosa y constante, del
maestro de escuela en esos campos de Dios. Mi proyecto
se vino abajo estrepitosamente.
En la sede de gobierno campeaba la cara fea del
centralismo. El Laboratorio de Currículo buscaba
homogenizar programas de estudio en el país, pero eran
tiempos de la ‘revolución cultural’ emuladora de la
China maoísta –como hoy de la isla castrista- y la
producción de materiales educativos se ahogaba en
estéril discusión ideológica. La Dirección Nacional de
Educación Rural se reorganizaba para centralizar los
servicios educativos urbanos y rurales bajo un solo
timón y una sola instrucción –igual que hoy-, en
maremagno confuso de gente venida desde sabe dónde,
tramitando transferencias, ítems, sueldos devengados,
legalizaciones y otras vainas centralizadas.
Pobre joven tonto que creía en la hojarasca de la
propaganda, en medio de la fanfarria que pregonaba el
inicio a horario del año escolar en el país, marché a un
caserío en el altiplano orureño donde observaría el
proceso escolar. Pasó una semana, el maestro no llegó y
volví con las cajas destempladas, amén del cronograma y
el dinero de la beca. Viajé luego a otra aldea, que de
haber sido Orinoca me tuviese ahora de ministrillo, solo
para hacer amistad con los
jilacatas
y rumiar con ellos su bronca ancestral, mientras
aprendía el protocolo del acullico tradicional de la
coca. Porque ni asomos de maestro.
Prueba de conocer lo suficiente, que no es tener mucho
conocimiento en la sesera sino saber dónde buscarlo,
improvisé. A través de un cuestionario de actitudes
sobre el Código de la Educación de 1955, enunciados del
gobierno de Torres y las Resoluciones del Primer
Congreso Pedagógico de 1970, indagué sobre la brecha
entre el blablá de los capitanes del cambio educativo y
la mentalidad del maestro atrincherado en humildes
escuelas rurales. Ha cambiado algo, pero no mucho, desde
entonces al día de hoy.
Nada mejor que los prejuicios de la gente –actitudes
raciales, étnicas y sociales- para enrostrar que el
cambio social es más gradual que lo que desearían los
mesías de plazuela. Con citas de Reyeros, Diez de
Medina, Tamayo y Arguedas, sondeé actitudes que sugieren
que los bolivianos somos conservadores por naturaleza,
atados a nuestros atavismos, y que los maestros, varitas
de reforma, no son la excepción. Ha cambiado algo, pero
no mucho, desde entonces al día de hoy.
Anquilosado y refractario a los cambios del país y del
mundo, es el voluntarismo ideológico de los años 60 en
los nuevos mandamases de la patria. Conste que más que
referirme a la teoría filosófica que da preeminencia a
la voluntad sobre el entendimiento, censuro la actitud
que funda sus previsiones más en el deseo de
imponerlas, que en las posibilidades de que se
lleven a buen término. Ejemplo es la política educativa
de los socialistas etnocéntricos cuyo portavoz es el
ministro Patzi, condenada a otro fracaso costoso para
Bolivia. Además de regresivo, es un voluntarismo
totalitario y racista el que han demostrado en la
imposición a rajatabla en el Congreso Educativo en
Sucre.
Qué castigo el de Bolivia, que como Sísifo, parece
obligada a llevar a la cima la piedra de sus modestos
logros, para luego verla rodar y recomenzar los
esfuerzos. No otra cosa significa tirar a la basura 300
millones de dólares de Reforma Educativa. Buena, mala o
corrupta que pudiera haber sido, ahora vienen con un
libreto castrista-indigenista, que hoy se ensaya en
variante caribeña en la Venezuela de Hugo Chávez.
Mientras el mundo ensambla avances tecnológicos,
innovación organizativa y revolución cibernética, en
Bolivia estamos a punto de perder la libertad de
enseñanza sin resistirlo, incumpliendo el morir antes
que esclavos vivir de nuestro himno.
Pedimos limosna, pero sobra para socializar proyectos de
nueva ley de educación “comunitaria y descolonizadora”,
antes de que haya enfriado el atropello en Sucre, lo que
prueba que todo estaba planeado de antemano. Impondrán
una instrucción atea postrada al régimen. Embutirán una
formación laica, con farsas de respetar culturas,
creencias y valores; dicen rechazar dogmas, pero imponen
el suyo. Como en Venezuela, los colegios serán
manoseados por ‘controladores de
pensum
con criterio revolucionario’; en las aulas pondrán
alumnos adoctrinados como capos y espías del régimen;
sustituirán miles de maestros por otros con cerebros
bien lavados en la nueva doctrina.
El país
se reconoce como multiétnico y plurilingüe, pero surgen
payasos que quieren volver a los quipus, en vez de
avanzar a la revolución informática. Quieren borrar de
un plumazo 480 años de historia y retornar a un
idealizado imperio incaico. Son sociologuitos de mano de
barniz aguado de etnohistoria, ignaros de que fueron
orejones incas los que subyugaron a la minoría aymara.
Inconscientes de que hay docenas de etnias indígenas
amalgamadas con lo europeo en nuestra Bolivia mestiza.
La esperanza yace en que este gobierno atropella donde
no se le resiste. Se parece al seductor torpe, que hurga
por aquí, zuncha por allá, siempre encontrando la mano
casta de la amada que detiene las avanzadas, o planta un
sopapo al atrevido que se pasa de la raya. Entonces el
guapetón se deshace en disculpas y en su doble discurso
aduce malos entendidos. Quede pues claro, que en el tema
de la educación, así como en otros frentes en que el
gobierno intenta aplicar libretos foráneos totalitarios,
¡la consigna es no aflojar!
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